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Capitulo 5: Renacer entre el hielo

  El viento cortaba como cuchillas, desgarrando la quietud del paisaje, pero al mismo tiempo llevaba consigo una melodía extra?a, como un canto perdido entre las monta?as. El sol, tímido al principio, comenzaba a despuntar en el horizonte. Sus finos rayos atravesaban los cristales de hielo, ti?endo el paisaje con destellos dorados que parecían sacados de un sue?o.

  De pie, inmóvil ante la vastedad, Drunken observaba. Su mirada se perdía en el horizonte, dejando que los recuerdos del pasado y las inquietudes del futuro se entrelazaran en su mente. La misión que lo había llevado hasta allí aún no comenzaba, pero el momento estaba cerca.

  Habían pasado ya varios días desde que Lirael y los demás partieron. Ahora era su turno. Frente a él, se alzaba la entrada de una cueva gigantesca, cuyas paredes estaban adornadas con runas y símbolos antiguos, como si una lengua olvidada tratara de hablarles desde los abismos del tiempo.

  —?Hace cuánto que estás aquí? —preguntó Eldric, acercándose al borde de la escarpa para contemplar el paisaje.

  —No ha pasado mucho tiempo —respondió Drunken sin apartar la vista de la cueva—. Normalmente me despierto temprano para preparar la comida de las chicas, aunque esta vista... esta vista ha hecho que mis pensamientos se deslicen más allá de los recuerdos.

  —No te preocupes. Shaknir se hizo cargo de la cocina. Es un excelente cocinero, así que tenemos algo de tiempo para hablar —dijo Eldric, sentándose sobre la fría nieve. Había aprendido a convivir con el frío, y aunque el hielo se colaba bajo su ropa, se sentía cómodo en la quietud del momento—. ?Desde hace cuánto conoces a Elira? Es curioso que nunca haya hablado de ti.

  La pregunta no fue casual. Drunken la reconoció como un intento de indagar, disfrazado de charla. No le molestaba; entendía que el tiempo y las circunstancias recientes despertaban esas dudas.

  —Elira y yo nos conocimos cuando éramos jóvenes —empezó Drunken, su voz grave y tranquila, como si hablara con el peso de una vida compartida—. Fuimos reclutados por un hombre que decía conocer la verdad sobre el mundo, sobre todo lo que existió antes de que el hielo lo cubriera todo. Pasamos mucho tiempo juntos. Vivimos muchas aventuras, perdimos gente, luchamos... hasta que un día, todo cambió. Fuimos traicionados.

  El viento soplaba con fuerza, como si quisiera arrancarle las palabras, pero Drunken no cedió. Cerró los ojos, dejando que la brisa golpeara su rostro.

  —Ese hombre quería los vestigios solo para él, no para cambiar el mundo. Logramos sobrevivir, pero nada volvió a ser igual. Durante una misión, le arrebatamos uno de los libros que contenía pistas sobre los vestigios. Yo quería investigarlo, asegurarme de que ese poder no cayera en las manos equivocadas. Pero ella... ella no lo vio así. Pensaba que la única forma de evitar que alguien usara ese poder era destruirlo.

  Drunken dejó que el aire helado entrara en su pecho por un momento. No se sentó; prefería mantenerse erguido, como si el frío mismo lo mantuviera en pie.

  —Peleamos por el libro. Al final, ella ganó, lo quemó. Toda una vida de investigaciones, arrojada a las llamas. Ella quería olvidarlo todo y vivir tranquilos... pero yo no pude. Sabía que habría más pistas. El poder sigue ahí. Así que ella tomó su camino, y yo el mío. Y aquí estamos.

  Las palabras flotaron en el aire, cargadas de significado. No eran solo recuerdos; eran decisiones, caminos que los habían llevado hasta este punto.

  Eldric apretó los pu?os, sintiendo el peso de esa división. ?Habría elegido él quemar el libro?. Compartía parte del pensamiento de Drunken: él haría todo para evitar que ese poder cayera en malas manos. Pero tampoco creía que Elira estuviera del todo equivocada.

  Mientras tanto, en el campamento improvisado, las gemelas terminaban de comer lo que Shaknir había preparado. El aroma aún flotaba en el aire, cálido y reconfortante, en contraste con el frío cortante del exterior. La comida, simple en apariencia, estaba cargada de sabor y hecha con esmero.

  —?Y bien? ?Les gustó? —preguntó Shaknir con una sonrisa orgullosa. No necesitaba probarla para saber que había quedado bien; lo sabía con solo verla.

  —Realmente está delicioso. Muchas gracias por la comida, Shaknir —comentó Almira con una sonrisa sincera, saboreando cada bocado con calma—. Incluso Serwin lo disfrutó. Y eso que ella es muy exigente con la comida, ?verdad?

  Su voz llevaba una nota de picardía, y soltó una risita. Serwin era meticulosa, incluso en lo que comía... pero esa vez no había dejado ni una sola migaja en el plato.

  —?Cállate! —replicó Serwin, algo sonrojada, bajando la mirada. Sabía que su hermana tenía razón, pero no le gustaba que lo dijeran en voz alta.

  Shaknir soltó una leve carcajada. Por un instante, el ambiente se llenó de una calidez rara en esos tiempos, como la efímera sensación de un hogar perdido.

  Serwin se levantó, sacudiendo un poco de nieve de sus botas, y caminó hacia el borde del campamento. Desde allí, podía ver parte del sendero que bajaba entre los riscos. A lo lejos, la entrada a la cueva. Nada se movía más allá de la bruma, pero sentía algo. No lo veía, pero lo percibía: un peso extra?o en el pecho, como si la tierra contuviera el aliento.

  —?Crees que lo hayan encontrado? —preguntó sin apartar la vista del horizonte.

  Almira se acercó a su lado. Sabían de quién hablaba: Lirael, Elyndra, Haleth... y el silencio que los envolvía como un presagio.

  —No lo sé —respondió su hermana en un susurro—. Pero si algo les pasó, lo sentiremos. Lo sabremos.

  Una ráfaga gélida azotó el campamento, cortante como un látigo, rompiendo la quietud de la noche. El viento, que antes danzaba sin rumbo, se detuvo un instante y entonces, como si respondiera a un llamado ancestral, cambió, cargando el aire con una densidad sobrenatural. Algo se despertaba en las entra?as del hielo: un presagio, un susurro de la monta?a misma.

  Desde un risco envuelto en niebla, surgieron dos figuras colosales. Los guardianes de hielo, tan antiguos como la tormenta, se erguían como centinelas de un tiempo olvidado. Sus cuerpos, hechos de hielo puro, brillaban con la fría luz del amanecer, afilados como cuchillas. Su presencia desterró la calma, no como un viento helado, sino como una amenaza silenciosa que quebró el mundo, similar al estallido de un lago helado.

  Las hermanas, paralizadas por la sorpresa, dejaron sus armas junto al fuego moribundo. No había tiempo para dudas. Shaknir, el primero en despertar del trance de horror que los había invadido, sintió el peso de la ansiedad aplastarle el pecho. Era real, palpable, pero la voluntad lo empujó hacia adelante. Desenvainó su arma y, aunque su voz sonó más como una orden impuesta por la desesperación que como un comando seguro, no hubo lugar para titubeos.

  —En cuanto me ataquen, vayan por sus armas. Rápido.

  Las gemelas no dudaron. Sin pronunciar palabra alguna, se prepararon, como si sus cuerpos ya supieran lo que vendría. El aire vibraba con la tensión de lo inevitable.

  Los guardianes permanecían inmóviles, observando desde la niebla. El viento aullaba; la nieve crujía bajo las botas de Shaknir. En ese momento, el silencio se quebró, y el primer guardián, con un rugido tan profundo que hizo temblar la tierra bajo sus pies, se lanzó hacia él. Sus garras, afiladas como la guada?a de la muerte, cortaron la oscuridad.

  Shaknir apenas tuvo tiempo de reaccionar. El aire silbó con el roce mortal del hielo, y, con un giro acrobático, esquivó la embestida. El viento le azotó el rostro, frío como una daga. Giró sobre sus talones y descargó su espada con todo su peso. El acero chocó contra el hielo denso, y el impacto fue tan brutal que el eco resonó en su cabeza. Pero el guardián no se movió. Su piel helada, impenetrable, parecía desafiar la fuerza misma del acero.

  El segundo guardián avanzaba, implacable. Cada paso retumbaba como martillazos, el suelo temblando bajo su peso.

  De repente, una sombra emergió de la niebla. Un resplandor metálico cegó la oscuridad. Eldric irrumpió en la lucha con su escudo levantado, y el impacto fue brutal. El escudo chocó contra el torso del coloso con tal fuerza que el hielo se fracturó como cristal al ser golpeado por un rayo. El guardián cayó de espaldas, su cuerpo vibrando como si la propia tierra lo hubiera condenado.

  Se levantó lentamente, gru?endo, su furia palpable en cada respiración. El golpe lo había herido, pero no lo había vencido. Eldric, respirando con dificultad, se preparó para el siguiente ataque. El tiempo apremiaba.

  El primer guardián, recuperándose, rugió con tal furia que el aire se heló aún más. Mientras tanto, el segundo, más calculador, acechaba a Shaknir, sus ojos fríos como el hielo clavados en él.

  ?No hay tiempo?, pensó Eldric, y vio en el coloso la oportunidad de la victoria. Decidido a no dejar escapar el momento, corrió hacia él, la espada en alto, el escudo al frente. El choque fue como un trueno. Su espada se hundió en el pecho del guardián, pero el hielo la detuvo, y la garra del monstruo alcanzó su costado antes de que pudiera retroceder.

  El dolor atravesó su cuerpo como un rayo. Un surco de sangre oscura se abrió a lo largo de su costado, pero Eldric no cayó. No podía. Su respiración se volvía más difícil, pero su voluntad seguía intacta.

  El rojo de su sangre le saltó a la vista a Shaknir, y algo dentro de él cambió. El miedo se transformó en rabia. No había tiempo para dudas. Con un rugido, saltó hacia el guardián. Su espada mordió el hielo con fuerza, pero no fue suficiente. La garra del coloso lo alcanzó, cubriéndose en el ultimo segundo, lanzándolo al suelo. La espada de Shaknir se rompió con un estallido de fragmentos metálicos que se dispersaron como estrellas rotas.

  Las gemelas, sin necesidad de palabras, sabían lo que debían hacer. Almira empu?ó su espada con una determinación inquebrantable, y Serwin, con el rostro implacable, tensó su arco.

  El guardián herido levantó ambos brazos, y el aire vibró antes de que la tierra misma temblara bajo su golpe. Eldric apenas logró protegerse. El impacto lo lanzó como una hoja arrastrada por el viento. La nieve lo tragó, y un silencio ominoso lo rodeó.

  Un sonido cortó la niebla: una flecha, surcando el aire con una precisión mortal. La flecha de Serwin se clavó en la grieta del torso helado, y el hielo explotó en fragmentos. El coloso vaciló, y esa fue la oportunidad que Eldric necesitaba.

  Con un rugido, se impulsó hacia adelante y clavó su espada en la abertura del monstruo. El estallido de hielo resonó como un trueno contenido. El guardián emitió un alarido hueco, se arqueó en un último esfuerzo, y luego se deshizo, quebrándose como una monta?a partida. Su caída resonó en la niebla como un eco lejano.

  Pero el segundo guardián no se detuvo. Su furia era imparable. Su hielo brillaba con una intensidad letal, y atacaba con una fiereza desmedida. Cada uno de sus golpes era una amenaza mortal, y Shaknir, agotado, retrocedía. Su espada rota ya no servía de nada.

  Entonces, vio la ballesta. Con manos temblorosas, la levantó, apuntó al cuello del coloso y disparó. El virote atravesó las placas heladas, y el monstruo vaciló. Un gru?ido resonó en su garganta.

  Almira no necesitaba más. Surgió de la niebla como un rayo de fuego, su espada brillando con una luz sobrenatural. El guardián giró, su garra descendiendo, pero ya era demasiado tarde. Almira, como un fantasma, se deslizó bajo su brazo y, con un grito que desafió todo lo imaginable, descargó su espada con una fuerza que quebró todo a su paso.

  El impacto fue definitivo. El hielo se rompió en mil fragmentos, esparciéndose como rayos en todas direcciones. El guardián se desplomó, su cuerpo desmoronándose en una lluvia de cristales que brillaron con el resplandor del amanecer.

  La tormenta había cesado, pero el eco de la batalla seguía temblando en sus pechos, mientras, con el último aliento de la lucha, un silencio profundo los rodeaba.

  —?Se encuentran bien? —preguntó Serwin, corriendo junto a Eldric, con la preocupación visible en el rostro. Miró a su hermana. Estaba bien. Solo entonces respiró.

  Eldric, conteniendo el dolor de su herida, observó la espada rota de Shaknir. No dijo nada, pero su gesto fue de respeto.

  —Estamos bien —respondió Shaknir con voz firme—. Pero Eldric necesita curarse.

  —Desafortunadamente, no hay tiempo —dijo Drunken entre la niebla—. No sabemos cuántos más puedan venir... o si esta tormenta empeorará.

  Había estado observando desde lejos. Se acercó a ellos, pasando en silencio, solo deteniéndose un instante para mirar a las gemelas. Les regaló una peque?a sonrisa: no de alegría, sino de orgullo. Las había entrenado para esto. Y habían cumplido.

  Eldric asintió. Sabía que Drunken tenía razón. Así que se acercó a Shaknir y le tendió la mano.

  Shaknir la tomó. Se puso de pie.

  Y juntos, sin más palabras, continuaron su viaje hacia la cueva.

  Al entrar, una luz suave y fría los envolvió, como si el mismo aire estuviera impregnado por un hechizo antiguo. Las paredes de la cueva brillaban débilmente, iluminadas por runas que flotaban en el aire, destellando con un azul etéreo. Los reflejos de estas marcas arcanas chocaban contra los cristales de hielo que cubrían las paredes, creando un espectáculo hipnótico de destellos y sombras, como si el tiempo mismo se hubiera detenido ante la belleza desconcertante del lugar.

  Sin embargo, a pesar de la fascinación del momento, había algo inquietante en esas luces. Las runas parecían murmurar en un idioma que ninguno de ellos entendía, y aunque su forma era cautivadora, también despertaban un presentimiento de que algo mucho más oscuro se encontraba oculto en el corazón de la cueva. Aquellas marcas eran más que simples símbolos; eran advertencias, como si el lugar les hablara en una lengua olvidada, una lengua que les recordaba que el verdadero peligro aún estaba por llegar.

  Finalmente, después de lo que pareció una eternidad de caminar entre sombras azules y murmullos silentes, llegaron a lo que parecía el final de su travesía. Pero en ese punto, la sensación era clara: este no era el final, sino el inicio de algo mucho más vasto y aterrador. Frente a ellos, una gigantesca puerta de piedra se alzaba, cubierta también por las mismas runas que parpadeaban suavemente a medida que cada uno de ellos se acercaba. Cada paso que daban hacía que las marcas en la puerta parecieran vibrar, como si respondieran a su presencia.

  Entre esas runas, en la parte superior de la puerta, algo los detuvo por un momento. Un texto, escrito en una lengua que no comprendían, pero que, de algún modo, se le hacía familiar a Drunken. La tensión se palpaba en el aire, y en el silencio que los rodeaba, las dudas comenzaban a brotar con fuerza. ?Había alguien antes que ellos? ?Alguien que había pasado por los guardianes de hielo, recorrido este mismo sendero y llegado hasta aquí? La pregunta flotaba, sin respuesta, pero con una creciente sensación de urgencia.

  Fue Serwin quien, incapaz de contener la curiosidad, rompió el silencio. Sin decir palabra alguna, corrió hacia la inscripción.

  —?Serwin, detente! —gritó Eldric, su voz llena de preocupación. Algo en su instinto le decía que se apresuraba demasiado, que aquel texto podría ser una trampa. Pero en su intento por detenerla, cometió el mismo error: corrió tras ella.

  Almira observó la escena con una mezcla de incredulidad y cansancio. Sabía lo que estaba por suceder: el impulso de actuar antes de pensar definía perfectamente a su hermana, y aunque lo disimulara en ocasiones, sus errores repetidos los habían seguido a lo largo de cada paso. En su interior, temía que este momento fuera uno en el que sus impulsos les costaran más que solo un susto momentáneo.

  Al llegar, los dos se detuvieron frente al texto. Serwin lo leyó en silencio, sus ojos recorriendo las palabras con atención. "Nido de Lirvantes, peligro al frente", decía la inscripción. Y debajo de las palabras, el sello del Batallón del Alba, un emblema que para ese mundo ya estaba olvidado, pero que evocaba relatos de antiguas leyendas de guerreros, de sacrificios y de promesas rotas.

  —Lirvantes... —murmuró Serwin, las palabras flotando en el aire helado. Su mente corría, intentando asimilar lo que acababa de leer. ?El Batallón del Alba? ?Y qué significaba "Lirvantes"? Todo parecía confuso, un enigma que solo se volvía más denso a medida que intentaba desentra?arlo.

  Almira miró a su alrededor, como si el mismo aire que los rodeaba hubiera cambiado. Algo estaba por suceder, y no sabían si estaban preparados para lo que les aguardaba más allá de esa puerta. El misterio del texto solo aumentaba el peso de la incertidumbre que ya los acosaba.

  —?Qué significa esto? —preguntó Eldric, su voz rasposa y llena de desconfianza. Podía sentir el peligro en el aire, como si la cueva misma respirara con ellos.

  Pero antes de que cualquiera pudiera responder, un estruendo resonó en las profundidades de la cueva, como si algo se estuviera despertando desde el interior. Las runas a su alrededor comenzaron a brillar con mayor intensidad, y el suelo tembló bajo sus pies.

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  De repente, el suelo bajo los pies de Serwin y Eldric se resquebrajó con un estruendo sordo, como si la tierra misma se estuviera desgarrando. En un abrir y cerrar de ojos, ambos cayeron, el vacío se tragó sus cuerpos y desaparecieron de la vista de los demás. La caída parecía interminable, pero el destino les fue favorable: la nieve, espesa y suave, amortiguó su descenso, evitándoles un golpe mortal. Aun así, el sonido de su caída retumbó en la cueva, un eco profundo que hizo que el resto de la expedición contuviera la respiración.

  Shaknir y Almira reaccionaron con rapidez, corriendo hacia el borde del agujero que se había abierto bajo sus compa?eros. La preocupación les atravesó como un cuchillo. Nadie podía ver a través de la oscuridad que ahora separaba a los dos grupos, pero la caída había sido peligrosa, y el silencio que siguió al impacto no hacía más que aumentar la ansiedad. La cueva, en ese momento, parecía estar llena de un vacío helado, esperando que algo más sucediera.

  El peso de la incertidumbre cayó sobre ellos mientras se asomaban al borde del agujero. Pero justo cuando el miedo estaba a punto de apoderarse de ellos, una voz familiar resonó desde la oscuridad. Era la voz de Eldric, fuerte y clara, un consuelo que llegó con la misma rapidez con la que el miedo se había instalado.

  —?Estamos bien! —gritó Eldric, su tono inconfundible. Su voz se elevó, cruzando la distancia entre ellos, mientras el eco de su llamada se desvanecía en el abismo—. Continuaremos por aquí. Buscaremos una salida. ?Ustedes continúen!

  El alivio golpeó a Shaknir y Almira con fuerza, pero el temor no desapareció por completo. Sabían que aún había muchos peligros por delante, pero al menos, por un momento, podían confiar en que sus compa?eros estaban bien.

  Almira intercambió una mirada rápida con Shaknir. Ambos sabían lo que debían hacer, aunque el peso de la decisión era grande.

  —De acuerdo —respondió Almira, su voz tensa pero firme—. Ten cuidado, Eldric. No sabemos qué más nos espera aquí.

  Sin decir más, ambos se dieron la vuelta, aunque no podían evitar sentirse vulnerables. El lugar había comenzado a mostrar su verdadero rostro: un desafío que ponía a prueba no solo su resistencia, sino también su cordura. Sin embargo, el camino hacia adelante parecía inminente, y sin más opciones, continuaron su marcha.

  En ese instante, la gran puerta frente a Almira y Shaknir comenzó a abrirse. Un sonido grave, como el crujido de la tierra misma, retumbó por el túnel. Las runas chispeaban con violencia, como si protestaran ante lo que estaban a punto de mostrar.

  Del otro lado, no había oscuridad... sino silencio.

  Un campo de batalla, congelado en el tiempo.

  Lo que se reveló más allá del umbral fue suficiente para borrar cualquier duda o ligereza. Drunken se detuvo en seco. Su rostro, normalmente imperturbable, reflejaba una sombra de sorpresa. Las pupilas de Almira se dilataron, su cuerpo tensado como un resorte. No necesitaban palabras para saber que estaban viendo algo que había estado perdido u oculto durante siglos.

  Abajo, en la cámara donde Serwin y Eldric habían caído, el panorama era el mismo. Ella se había detenido, paralizada. Sus dedos temblorosos se aferraron a la túnica de Eldric. Cuando él vio lo que su compa?era miraba, la comprensión lo golpeó como una ola helada.

  Un campo de batalla. Enterrado en hielo.

  Cuerpos. Decenas, cientos, tal vez más.

  Guerreros humanos, congelados en medio de posturas defensivas y gestos de desesperación. Algunos todavía empu?aban sus armas. Otros, simplemente yacían, como si hubieran sido alcanzados por la muerte en un suspiro. Pero eso no era lo más aterrador.

  Entre ellos, descansaban los cuerpos de criaturas que no pertenecían al mundo conocido.

  No eran bestias, ni hombres. Eran lirvantes.

  Muertos también. Retorcidos, inertes, como estatuas derrumbadas en medio del campo. Sus cuerpos, vagamente humanoides, yacían entre los soldados humanos, en posiciones que hablaban de combate desesperado. No tenían cabello, pero una red de filamentos translúcidos surgía de sus nucas y omóplatos, aún meciéndose débilmente por la corriente fría que cruzaba la caverna, como si una memoria residual los hiciera vibrar.

  Sus rostros, sin pupilas ni bocas visibles, eran máscaras sin alma. Se comunicaban por medio de pulsos de luz y vibraciones que ya no emitían. El canto grave que alguna vez los había definido había sido reemplazado por un silencio absoluto.

  Una misma batalla, arriba y abajo. Humanos y lirvantes. Todos muertos.

  —Esto no es una victoria —murmuró Drunken, con una voz hueca—.

  Y por un momento, todos guardaron silencio. Como si el hielo mismo esperara algo. Como si las ruinas de aquel enfrentamiento quisieran decir una última palabra... y todavía nadie se atreviera a escucharla.

  —Vamos, no podemos perder tiempo. Tal vez allá arriba nos están esperando —dijo Eldric con voz firme. Fue el primero en moverse, el primero en romper el hechizo del silencio. Avanzó con cuidado, la espada en mano, su postura lista para cualquier ataque que pudiera surgir desde las sombras heladas. Luego giró el rostro apenas, sin dejar de caminar, y dijo:

  —No tengas miedo. Estamos juntos en esto, ?de acuerdo?

  Fue una frase sencilla, pero suficiente. Las palabras, cargadas de convicción, atravesaron el miedo que envolvía a Serwin. Inspiró profundo, cerró brevemente los ojos y asintió. Sujetó su arco con fuerza y comenzó a caminar tras él, sus pasos resonando apenas sobre la escarcha. Las runas en las paredes, danzantes y vivas, los alumbraban con un fulgor azulado que oscilaba con cada movimiento, como si guiaran su camino... o los observaran.

  Arriba, Drunken aún observaba el campo congelado con una expresión de gravedad casi reverente. Las historias que había oído, los murmullos sobre antiguas guerras perdidas en el tiempo, resultaban ahora ciertas... pero lo que no conocía era aquello contra lo que habían luchado. Aquellos seres. Los lirvantes. El nombre, olvidado durante generaciones, había regresado. Y con él, la amenaza.

  —Si somos los únicos que aún los recordamos... entonces han renacido, ?no? —preguntó Shaknir en voz baja. Su mirada recorría los cuerpos, los detalles, buscando entender algo que se le escapaba. No tenía arma, pero tampoco miedo. Avanzaba entre las ruinas como quien camina entre lápidas, sabiendo que cada paso podría traer respuestas o condenas.

  —?Quieres decir que uno muere de verdad solo cuando ya nadie recuerda su nombre? —preguntó Almira, acercándose a ellos. Su voz era suave, casi un susurro, pero había en ella una necesidad urgente de hablar, de distraerse, de mantener a raya lo que aquella escena evocaba. —?Si olvidan quién fuiste... significa que mueres para siempre?

  Drunken se giró hacia ella. Sus ojos, oscuros y cansados, contenían una chispa de conocimiento que iba más allá de los libros y las batallas.

  —Así es, Almira —respondió con serenidad—. Es por eso que tantos buscan la gloria, la eternidad en los relatos. Porque el recuerdo... el recuerdo es la última forma de existencia. Mientras alguien diga tu nombre, una parte de ti sigue viva.

  Las palabras resonaron en el aire frío como el eco de una verdad olvidada. Por un momento, ninguno de ellos dijo nada más. Entre las sombras de ese campo helado, entre los muertos de dos especies enfrentadas, sus voces eran un débil hilo de humanidad.

  Y sin embargo, era suficiente para seguir adelante.

  Mientras avanzaban por el pasadizo tallado en la roca, iluminado solo por las runas que titilaban en las paredes como estrellas atrapadas, Eldric comenzó a cojear ligeramente. Apenas un gesto, casi imperceptible... pero no para Serwin. Ella lo notó.

  No dijo nada al principio. Solo lo observó de reojo, notando cómo su mano se apretaba contra el costado herido cada ciertos pasos. él no se quejaba. No necesitaba hacerlo: su silencio hablaba por sí solo.

  Serwin quería hablar, pero las palabras siempre le costaban. Su hermana solía hacerlo todo por ella en ese sentido. Almira sabía llenar los vacíos con gracia, con tacto. Ella, en cambio, era torpe con lo emocional, explosiva cuando intentaba ser cuidadosa. Sin embargo, verlo así, empujándose a seguir, conteniendo el dolor, removía algo dentro de ella.

  —Yo... —empezó, con voz baja, apenas audible por encima del leve zumbido de las runas—. Ya que estamos aquí... podría ayudarte con tu herida. Podría vendarte, si gustas.

  Se tensó un poco luego de decirlo, insegura de cómo lo tomaría. El silencio se alargó unos segundos más de lo necesario, y en ese breve instante, la incomodidad pareció ganar terreno.

  —?Y esperaste todo este tiempo para decirme que tenías vendaje? —respondió Eldric finalmente, sin girarse, su voz neutra, como si evaluara algo más que sus palabras.

  El corazón de Serwin dio un peque?o salto. Pensó que lo había molestado.

  Pero entonces él rió. Una risa suave, mostrando confianza y calma.

  —Es broma —dijo al fin, girando el rostro hacia ella con una sonrisa cansada—. Ni siquiera yo estaba al tanto de la herida con todo esto... Sabes, estaría muy agradecido si me ayudaras.

  Y sin esperar más, se sentó sobre la piedra helada del suelo, apoyando la espalda en la pared. El aire frío se colaba por los pliegues de su ropa, pero no le importó.

  Serwin se acercó con cautela. Sacó el peque?o rollo de vendas de su mochila y se arrodilló frente a él. No hablaban, pero el silencio ya no era incómodo. Era otra cosa. Un puente. Una tregua.

  Mientras limpiaba la herida con delicadeza, Eldric la observó de reojo. Había algo en su expresión: concentración, sí... pero también una especie de cuidado que no esperaba. Ella no era como Almira. No hablaba con facilidad, no sonreía sin más. Pero cuando hacía algo, lo hacía con todo.

  La venda se apretó suavemente alrededor del torso de Eldric. Su respiración tembló apenas, pero no dijo nada. Ella sí.

  —No me gusta verte así —dijo de pronto, sin alzar la mirada—. No sabía cómo decirlo antes, pero... eso.

  Eldric asintió. No necesitaba más.

  Y por un momento, entre las ruinas y el eco lejano del hielo, solo existieron ellos dos, unidos no por las palabras, sino por aquello que las precede: la intención.

  Un momento después, ambos grupos llegaron al mismo punto del sendero, aunque por caminos distintos.

  Frente a ellos, al pie (o a la cima, según desde dónde se lo mirase) de una escalera de piedra agrietada por los siglos, se erguía un guardián.

  No era como los anteriores.

  Este era más alto. Más robusto. Su silueta parecía tallada en bloques de hielo antiguo, casi opalescente bajo el tenue resplandor de las runas. Permanecía inmóvil, como si aguardara. No empu?aba arma alguna, pero su sola presencia bastaba para imponer respeto.

  Eldric fue el primero en detenerse. Sus pasos, hasta entonces firmes, vacilaron. Serwin lo alcanzó sin necesidad de palabras; ambos sabían que aquel ser no era un simple obstáculo más.

  Del otro lado, Shaknir escudri?aba el campo con la mirada. Se agachó junto a unos restos, buscando algo útil entre los fragmentos de acero y hueso congelado.

  —Tenemos que tener cautela. No sabemos cómo puede reaccionar, ?entendido? —murmuró, sin apartar la vista del guardián.

  Sus dedos recorrieron la escarcha entre los cuerpos, pero no encontraron nada útil. Todo estaba corroído por el tiempo, roto, quebrado. Resignado, descolgó su ballesta. Planeaba repetir la táctica que había funcionado antes.

  —Pelear no siempre es la mejor opción... —dijo una voz profunda, grave, como el crujido de la tierra al despertar de un sue?o.

  El guardián había hablado.

  Sus palabras resonaron en toda la cueva, rebotando en los muros como un eco imposible, como si no vinieran de un solo punto, sino de todo el lugar al mismo tiempo. Las runas parpadearon, como si respondieran al timbre de su voz.

  Todos se quedaron quietos. Incluso Drunken, que parecía haber visto más que cualquiera de ellos, frunció el ce?o con cautela.

  —Mucho menos —continuó el guardián, con una serenidad aterradora— si no tienes con qué defenderte.

  Sus ojos, dos orbes de hielo líquido, se abrieron lentamente. Y, por primera vez, miraron directamente a ellos.

  —Hemos venido por los Vestigios. Sabemos que aquí se encuentra uno de ellos —dijo Drunken, dando un paso al frente.

  Su voz no tembló. No había rastro de miedo en su andar, ni en su mirada. Había llegado hasta allí arrastrando a?os de decisiones y errores, y aunque aún no lo sabía todo, comprendía que la verdad se hallaba más allá del guardián. No podía dar marcha atrás.

  El guardián lo observó sin moverse, como si midiera el peso de sus palabras.

  —?Vestigios...? —repitió con voz profunda, como si saboreara el término—. Aquí no yace un objeto, sino la protección de alguien. No hay reliquia que encontrar, solo un juramento que aún no ha sido roto. Si vinieron buscando poder, su viaje ha sido en vano.

  Las palabras, aunque serenas, cayeron como un golpe. No había amenaza en su tono, pero sí una verdad inquebrantable.

  Shaknir tenía los ojos clavados en el guardián. Había algo extra?o en su actitud. ?Por qué no atacaba? ?Por qué hablaba?

  —Entonces... ?por qué no nos detienes? Dijiste que proteges a alguien. ?Está prisionero? ?Qué debemos hacer para pasar? —preguntó Shaknir. Su voz era firme, no desafiante, sino determinada.

  —No está en mi naturaleza atacar —respondió el guardián sin alzar la voz—. Estoy aquí para custodiar y esperar. Más allá de estas escaleras duerme alguien que no debe ser perturbado... salvo por aquellos que puedan liberarlo.

  Una pausa...

  —Pero si desean pasar, deberán enfrentarme... como sus compa?eros lo hacen ahora con mi igual.

  Los presentes intercambiaron miradas cargadas de desconcierto. Pero no mentía. En ese instante, en un plano más bajo de la caverna, Eldric y Serwin luchaban con todo lo que tenían contra un guardián idéntico. Cada golpe era inútil: sus armas estaban a punto de quebrarse contra la coraza de hielo; su enemigo no atacaba con fiereza, solo se defendía, manteniéndose en su sitio, firme, como si su única misión fuese resistir.

  Fue entonces cuando Drunken, con la mirada fija en el vacío, recordó algo. Las palabras del guardián no eran casuales. Esperaban a alguien. No a un héroe, ni a un guerrero, sino a quien pudiera romper el sello.

  Giró lentamente hacia Shaknir y se le acercó en silencio.

  —Muéstrale tu amuleto —dijo en voz baja, sin emoción—. Esa es la clave. Es la única forma de que Eldric y Serwin no mueran ahí abajo.

  Shaknir se quedó inmóvil. ?Cómo lo sabía? Nadie conocía ese amuleto, salvo Elyndra. ?Cuánto más sabía Drunken de lo que decía?

  Pero no había tiempo para dudas. El combate seguía, y cada segundo contaba.

  —Más vale que tengas razón... —murmuró mientras sacaba el objeto de su bolsillo.

  Era peque?o, casi insignificante a simple vista, pero al mostrarlo, la atmósfera cambió. Un temblor suave recorrió la sala. Las runas titilaron con una intensidad distinta, como si reconocieran algo olvidado.

  Ambos guardianes, en perfecta sincronía, se detuvieron. Ya no se defendían. No hablaban. Simplemente... se apartaron.

  Y entonces, con voces profundas, resonando como el eco de un sue?o enterrado, dijeron al unísono:

  "Somos parte de un sue?o que va más allá de ustedes, de nosotros, de todo. Una promesa olvidada por el tiempo... que ahora puede ser reescrita. El comienzo del renacer está por venir."

  Las escaleras quedaron libres. La entrada, abierta. El paso, concedido.

  —?Se... rindieron? —preguntó Serwin en un susurro apenas audible.

  Pero nadie respondió.

  Porque no era rendición lo que acababan de presenciar.

  Era el reconocimiento de un destino que ya estaba escrito... pero que aún debía ser entendido.

  Ambos grupos avanzaron, guiados por un destino que ni siquiera comprendían del todo. Subiendo y bajando las escaleras al mismo tiempo, como si el mundo hubiera sido doblado sobre sí mismo, se encontraron en un pasillo que estaba suspendido entre lo que parecía un sue?o eterno, un lugar donde el tiempo no tenía control. El reencuentro fue breve, silencioso. No hicieron preguntas innecesarias, no hubo palabras vacías. Bastaba con verse vivos para entender lo que cada uno había enfrentado.

  Juntos, continuaron por el corredor, hasta que la arquitectura cambió de forma repentina y casi orgánica. Lo que se abría ante ellos no era una sala cualquiera, sino un santuario fuera del tiempo: una cúpula viva, anclada entre las raíces mismas del mundo antiguo.

  No había ángulos. Todo fluía con suavidad, como si la roca hubiera sido esculpida por la memoria de un dios dormido en lugar de por manos humanas. La piedra blanca, translúcida, estaba entretejida con vetas de mineral azul que palpitaban suavemente, como si respiraran. Columnas delgadas emergían de las paredes como ramas, alzándose con gracia hacia un techo fractal que reflejaba luces imposibles en su geometría cambiante.

  La luz no venía de fuentes físicas. Emanaba de los materiales mismos, como si la piedra, el cristal y el aire compartieran un lenguaje antiguo de claridad. En el aire flotaban runas, algunas diminutas como insectos de luz, otras grandes como una mano humana, que giraban lentamente en el espacio, sus trazos fluctuando, irreales. Al acercarse a ellas, emitían sonidos suaves: notas solitarias que, si se juntaban en el tiempo, podrían formar una canción que el mundo ya había olvidado.

  En el centro, como corazón de esa cúpula sagrada, descansaba una estructura que silenciaba incluso los pensamientos más agitados.

  Un altar de roca negra bru?ida, tan pulida que reflejaba el techo como un espejo líquido, se alzaba solitario. Y sobre él... dos manos colosales hechas de hielo puro. Emergían del altar como si fueran parte del mundo mismo, abiertas y extendidas, tocándose solo por las yemas de los dedos. Una forma ambigua entre trono y crisálida.

  Entre las palmas, flotando con una delicadeza casi dolorosa, descansaba una roca irregular, suspendida por filamentos de escarcha viva. Era como si la gravedad misma se hubiera rendido ante su presencia.

  Dentro de la roca, o lo que quedaba visible a través del cristal helado, yacía una mujer inmóvil.

  Su cuerpo estaba atrapado en una pose de quietud perfecta, los ojos cerrados, el rostro sereno. Parecía dormir... o resistir el paso del tiempo mismo. La escarcha no era un castigo, sino una protección. No la encerraba: la sostenía.

  Nadie habló. Nadie se atrevió.

  El aire era frío, pero no agresivo. Era el frío de algo que se ha mantenido intacto durante siglos, que ha sobrevivido al olvido. Cada paso resonaba con demasiada fuerza. Cada respiración se sentía fuera de lugar. Estaban en un lugar que no debía ser perturbado, y sin embargo... allí estaban.

  Drunken fue el primero en avanzar. No por impulso, sino porque su alma lo empujaba. Shaknir y Almira lo siguieron, inseguros. Eldric apenas contenía un gesto de dolor por su herida, y Serwin mantenía el arco bajo, pero listo.

  Y mientras se acercaban, algo en la atmósfera cambió.

  Las runas dejaron de flotar al azar. Comenzaron a girar lentamente alrededor del altar, como si danzaran para alguien que estaba a punto de despertar.

  Porque lo que dormía allí... no lo hacía para siempre.

  Frente a ellos, en la base del altar, emergía un pedestal apenas más alto que una rodilla, esculpido en la misma roca negra bru?ida. Sobre él, un rombo cristalino flotaba suspendido por una fuerza invisible. Tres de sus caras brillaban con una intensidad serena, pero la cuarta permanecía opaca, incompleta. Ellos no necesitaban palabras para entender lo que faltaba.

  Shaknir lo sabía. Elira también lo supo desde el momento en que le entregó el amuleto.

  La voz del guardián resonaba aún en sus pensamientos: "El renacer de algo más allá de ustedes está por comenzar..."

  Sin decir nada, sin pedir permiso, Shaknir se adelantó y colocó el amuleto en el encaje que lo aguardaba. El objeto encajó con una perfección orgánica, como si siempre hubiera sido parte de ese lugar... solo que hasta ahora había estado ausente.

  En cuanto el amuleto tocó la superficie del rombo, el tiempo mismo pareció sacudirse el letargo. Un pulso de energía se expandió en ondas invisibles, y el suelo entero, no solo bajo sus pies, sino más allá, en toda la tierra helada, comenzó a temblar. No era un temblor destructivo: era el estremecimiento de algo antiguo despertando de un sue?o demasiado largo.

  El rombo brilló con una luz intensa, tan pura que quemaba los ojos. Un rayo descendió desde el corazón del pedestal, recorriendo ambas manos de hielo, colándose entre sus dedos abiertos. Y entonces, el hielo comenzó a agrietarse.

  No de manera violenta. No con la crudeza del colapso, sino con la delicadeza de una crisálida rompiéndose por voluntad propia.

  El cristal se deshizo en fragmentos suspendidos en el aire, liberando por fin a la figura que reposaba entre las palmas congeladas.

  Su piel era de un tono canela, cálido y profundo como la tierra húmeda tras una tormenta de verano. Dormía aún, envuelta en una quietud que no era fragilidad, sino fuerza contenida. Sus brazos cruzados sobre el pecho parecían abrazar no un objeto, sino un juramento olvidado.

  Su rostro era sereno, marcado por una belleza intemporal. Pómulos altos y definidos, labios llenos, cejas arqueadas con una perfección casi ceremonial. Era como si hubiera sido moldeada por manos divinas con el propósito de preservar una historia perdida.

  Su cabello largo, casta?o y ondulado, como si el sol del oto?o se hubiera enredado entre sus hebras, flotaba libre dentro del campo de energía que la rodeaba. Se movía con lentitud, con la gracia de un río dormido. Entre sus hebras, peque?as trenzas delgadas estaban adornadas con aros diminutos de oro pálido, símbolos de un linaje que nadie había osado nombrar en siglos.

  Y aun dormida... su sola presencia imponía silencio.

  Como si el mundo hubiera estado esperando que ella respirara de nuevo.

  Fue en ese instante, cuando el último hilo de escarcha se desvaneció en el aire, que su cuerpo comenzó a descender.

  No cayó con violencia ni torpeza. Fue una caída serena, casi coreografiada, como si el mundo entero se hubiese puesto de acuerdo en rendirle homenaje. Como una hoja oto?al que finalmente se desprende del árbol que la sostuvo durante siglos, descendiendo en una danza lenta, callada... inevitable.

  Shaknir fue quien la atrapó.

  No por reflejo, ni siquiera por decisión. Sus brazos simplemente se movieron, como si algo más allá de él guiara el gesto. La sostuvo con cuidado, temiendo que el más leve temblor pudiera quebrarla. Pero no estaba rota. No era frágil. Solo... quieta. Como si el peso de tantos siglos la obligara a reposar una última vez antes de abrir los ojos.

  Los demás observaron en completo silencio. Nadie se atrevió a hablar. Las respiraciones eran contenidas, los pasos congelados. Solo Shaknir, con ella en brazos, rompía la quietud con la duda en sus ojos.

  —?Qué... qué fue lo que hicimos? —preguntó sin pedir respuesta, su voz tan baja que apenas se mezcló con el murmullo del altar.

  Nadie respondió al instante.

  Porque en el fondo, todos sabían que algo acababa de cambiar. Que el mundo no era el mismo que existía antes de que ella cayera de aquel trono de hielo.

  Y aún no sabían si eso era algo bueno... o una advertencia disfrazada de milagro.

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