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Capitulo 4: Rotos y olvidados

  La ma?ana finalmente llegó. Inexplicablemente, el frío se sentía más agudo que durante la madrugada, como si el amanecer trajera consigo un recordatorio del mundo al que estaban a punto de adentrarse. Pero nadie lo mencionó. Había cosas más importantes en ese momento.

  Lirael entregó a Elyndra y Nyra una capucha que cubría gran parte del rostro, junto con una bufanda gruesa que dejaba visibles solo sus ojos. Un disfraz necesario para lo que vendría en Xharkal.

  —Esperemos que no nos tome más de unas semanas —dijo, ajustándose su propia capa—. Si no, puede que terminen teniendo que rescatarnos ustedes.

  Intentó sonreír, aunque su mirada seguía siendo seria.

  —Por favor, tengan cuidado allá dentro —a?adió, ahora dirigiéndose a Eldric y Shaknir—. Así como yo protegeré a Elyndra y Nyra, necesito que ustedes cuiden de las chicas. ?De acuerdo?

  Los chicos asintieron en silencio, observando a sus compa?eras mientras se preparaban. Nunca antes se habían separado por tanto tiempo. La sensación de despedida era nueva... y dolía más de lo que esperaban.

  —Yo sé que estarán bien —dijo finalmente Eldric, acercándose con una sonrisa cálida—. Pero igual, cuídense mucho. Nosotros nos encargaremos de Serwin y Almira.

  Se aproximó y las abrazó a ambas con fuerza, como queriendo sellar una promesa silenciosa. Shaknir se les unió sin decir nada. Lo que Eldric había expresado era suficiente. Y él, como siempre, sabía cuándo las palabras sobraban.

  Mientras tanto, Drunken se acercó lentamente a Lirael. Sin hablar, tomó su mano entre las suyas y besó sus nudillos. No fue un gesto romántico, sino una bendición silenciosa; un acto de confianza total.

  —Prometo no tardar —susurró Lirael, lo bastante cerca como para que solo él la escuchara—. No pienso perderme el fin del Búho de Hielo... ni de todo aquello por lo que has trabajado durante a?os. Pero para eso, necesito que ustedes también se cuiden.

  Drunken no respondió. Solo le regaló una sonrisa serena, casi paternal.

  Sin más palabras, los jóvenes llenaron el vehículo con el combustible restante. El motor rugió suavemente, rompiendo el silencio helado de la ciudad olvidada. Así, partieron rumbo a Xharkal.

  Durante las primeras horas de trayecto, el silencio reinó en el interior del vehículo. Apenas se habían dirigido la palabra desde el día anterior. La tensión de su primer encuentro aún flotaba en el aire. Sin embargo, el paisaje blanco, cubierto de nieve y hielo, comenzaba a emitir una sensación de paz que, poco a poco, suavizaba el ambiente.

  —Una vez nos encontremos con mi compa?ero, podré explicarles el plan con más claridad —comentó Lirael desde el asiento del conductor—. Pero antes debo advertirles que él es... curioso. Pero sé que podrán llevarse bien; se nota que son personas educadas.

  —No te preocupes por eso —respondió Elyndra con voz tranquila—. Seguiremos el plan lo más fielmente posible. Pero necesito saber algunas cosas sobre ese lugar antes de llegar.

  Se inclinó levemente hacia adelante, seria.

  —?Quién controla Xharkal exactamente? Dijiste que el Búho de Hielo no tiene control ahí, pero según lo que escuchamos, se trata de un lugar anárquico donde todo se rige por el dinero. No entiendo por qué capturarían a tu amigo sin razón aparente.

  —Xharkal está gobernado por un hombre cuyo único propósito es ver cómo la gente pierde su dinero en apuestas. Pero hay algo más... algo que los mantiene atrapados ahí dentro: las Cámaras. Arenas de combate donde esclavos, guerreros y voluntarios luchan entre sí. Los vencedores ganan parte de lo apostado, y los esclavos pueden avanzar paso a paso hacia su libertad.

  La verdad es que no hay una zona exclusiva para mujeres —admitió Lirael—. Pero necesitaba que ustedes vinieran conmigo. La llegada de dos jóvenes hermosas apostando grandes cantidades llamará la atención, y eso es justo lo que necesitamos.

  —Lo sospechábamos... —intervino Nyra, cruzando los brazos—. Pero, entonces... ?con qué vamos a apostar? No tenemos nada. Ni siquiera sabemos qué se usa como moneda.

  A lo lejos, tres caba?as sobresalían sobre el paisaje blanco. Una vez llegado ahí, Lirael aparcó el vehículo y se giró hacia ellas.

  —Sus preguntas serán respondidas con el tiempo, pero por lo pronto déjenme entrar sola. Voy a esperar a mi compa?ero del que les hablé. Pero antes, dejen sus armas en el vehículo. No queremos parecer una amenaza.

  Nyra obedeció. Elyndra dudó un momento, pero accedió, ocultando discretamente sus dagas en su ropaje. Siempre precavida.

  Bajaron del vehículo y se colocaron donde Lirael les indicó. La mujer caminó hacia una de las puertas, tocó dos veces y fue recibida por una figura encapuchada. Entró sin mirar atrás. La puerta se cerró con un clic sordo.

  Dentro de la caba?a, un grupo de hombres también encapuchados la esperaba. En el centro, uno de ellos sobresalía por su postura autoritaria. Se levantó, dio un chasquido, y otros abrieron un cofre repleto de glaciarita, un mineral brillante y codiciado.

  —Aquí tienes tu parte del trato —dijo el líder—. Pero yo aún no veo lo que me corresponde. Te pedí que me trajeras al anciano. Entiendo que no está... lo que significa que el pago eres tú.

  Su voz retumbó en la habitación. El resto de los hombres guardaba silencio, esperando la orden. Pero Lirael no se inmutó.

  —Antes de que digas algo más... mira por la ventana. ?Recuerdas lo que dijiste ese día? ?Qué era más valioso que ese anciano?

  El líder frunció el ce?o, pero se acercó. Corrió ligeramente la cortina. Afuera, dos mujeres conversaban junto al vehículo.

  —?Ja ja ja! ?Lirael, siempre sabes cómo sorprenderme! ?Dos mujeres hermosas! Esta sí que no me la esperaba...

  Pero antes de que pudiera decir más, uno de sus propios hombres desenvainó dos espadas y, en un parpadeo, eliminó a dos secuaces. Con un grito de furia, embistió al líder, lanzándolo contra la ventana y estrellándolo contra la nieve.

  —?Qué demonios significa esto? —gru?ó el líder, levantándose con esfuerzo, la cara cubierta de sangre—. ?Quién eres tú...?

  —Si ni siquiera sabes los nombres de tus hombres, no deberías llamarte líder —respondió el atacante con calma—. Mi nombre es Haleth. Y me infiltré delante de tus narices. Qué vergüenza...

  Lirael adoptó su posición de combate. Mientras fuera de la caba?a estallaba el caos de la batalla, dentro, cuatro bandidos se alzaban frente a ella. Sin vacilar, desenvainó su espada con un movimiento fluido, lista para la lucha.

  Los primeros dos hombres atacaron en sincronía. El primero blandió su hoja con fuerza, chocando contra la de Lirael con un sonido metálico, mientras el segundo se abalanzó por detrás, buscando un tajo traicionero. Pero ella no era una rival fácil. Con la gracia de una tempestad, desvió el primer golpe como si su espada estuviera hecha de aire, giró sobre sí misma y, al ver el costado expuesto de su atacante, hundió su hoja en su corazón sin piedad. Antes de que el cadáver cayera al suelo, soltó su propia arma, arrebató la del bandido caído y, en un giro letal, decapitó al segundo hombre.

  El tercer bandido, presa del terror, retrocedió con los ojos desorbitados. Su instinto le gritaba que huyera, pero Elyndra ya lo había visto. Con una calma mortal, la joven sacó una de sus dagas, inspiró profundamente y la lanzó con precisión letal. La hoja se clavó en su cabeza con un impacto seco, más por habilidad que por suerte, pues para su mala suerte, estaba yendo justo en dirección de las dos chicas, aprovechando esto para que Nyra se fuese a tomar sus armas y prepararse para cualquier ataque.

  Solo quedaba uno. El último bandido miró a Lirael con odio y miedo, apretando su arma con manos temblorosas antes de lanzarse hacia ella.

  Mientras tanto, afuera, Haleth y el líder de los bandidos libraban un duelo feroz. El aire vibraba con el cruce de sus espadas, cada golpe cargado de furia. Aunque el líder había logrado desarmar a su oponente de una de sus hojas, igualando el terreno, la batalla seguía siendo un tira y afloja mortal. Un solo error, un solo descuido, y todo terminaría.

  Y entonces, la suerte intervino. Cegado por la ira, el líder no miró dónde pisaba. Haleth aprovechó el momento, lo empujó con fuerza y, antes de que pudiera recuperarse, le clavó su espada en el pie. Un grito de agonía retumbó en el aire mientras el hombre quedaba inmovilizado por el dolor.

  Fue entonces cuando Nyra apareció como un fantasma. Con sus dos espadas relucientes, saltó sobre el líder desde atrás. Un destello plateado cortó el aire, seguido de dos contundentes tajos que cercenaron sus brazos. Sin darle tiempo a gritar, Nyra hundió ambas hojas en su estómago, retorciéndolas con frialdad antes de retirarlas, dejando que el cadáver se desplomara en un charco de sangre.

  La batalla había terminado.

  Lirael salió de la caba?a, su silueta recortada contra la luz grisácea del atardecer, dejando atrás el cuerpo sin vida del último bandido. La escarcha comenzaba a asentarse en los cadáveres, cubriéndolos con un manto silencioso, como si la nieve intentara borrar lo sucedido.

  Haleth, con la respiración aún agitada por el combate, se acercó a Nyra con una sonrisa sincera, aunque con una mezcla evidente de asombro y respeto.

  —Parece que el plan cambió a última hora, Lirael —dijo, sin apartar la vista de Nyra, que aún tenía las hojas de sus espadas manchadas de sangre—. ?Quiénes son ellas dos? ?Y por qué te acompa?an en una misión tan peligrosa? Aunque debo decirlo... —a?adió, estirando la mano hacia Nyra—, tu habilidad con la espada es digna de elogiar.

  Nyra dudó por un segundo, pero finalmente le estrechó la mano. Su mirada, firme y sin arrogancia, decía más que cualquier agradecimiento.

  —Mi nombre es Haleth. No entiendo del todo lo que está ocurriendo, pero espero que podamos llevarnos bien —continuó él, con su tono alegre y educado, rompiendo la tensión que aún flotaba en el aire.

  —Ellas son Nyra y Elyndra —respondió Lirael, limpiando su espada con calma—. Es... una historia larga, te la contaré en el camino. Pero por ahora, ve por el cofre. Necesitamos la glaciarita. No podemos permitir que todo esto haya sido en vano.

  Haleth asintió, y sin más palabras, regresó al interior de la caba?a. Al poco tiempo, salió cargando el cofre y lo acomodó en el interior del vehículo.

  —Por ahora descansaremos aquí —anunció Lirael mientras se ajustaba el abrigo—. El trayecto hasta Xharkal es más largo de lo que parece, y necesitaremos todas nuestras fuerzas. Revisen el perímetro. Asegúrense de que no haya más sorpresas.

  Elyndra y Nyra intercambiaron una mirada. Ambas asintieron y se pusieron en marcha sin necesidad de más órdenes.

  —Yo me encargaré de registrar las otras dos caba?as —agregó Lirael antes de alejarse—. En cuanto terminemos, descansaremos. Y ma?ana... comenzaremos de verdad.

  La noche cayó lentamente sobre el paisaje nevado, envolviendo las caba?as en un silencio casi reverencial. Solo el crujido del hielo bajo las botas y el susurro del viento acompa?aban a las sombras que se movían con cautela, conscientes de que el mundo, aunque helado, estaba lejos de estar dormido.

  La ma?ana siguiente llegó sin sobresaltos, aunque el frío persistía, aferrándose a los huesos como si quisiera impedirles continuar. Lirael y Haleth se habían levantado antes que los demás. Compartieron un desayuno rápido mientras Lirael le ponía al tanto de todo lo ocurrido: desde su encuentro con los jóvenes hasta el plan actual. Cuando Elyndra y Nyra despertaron, no hubo tiempo para dudas ni preguntas. Era momento de seguir adelante.

  Durante el trayecto, Lirael se mantuvo concentrada en el camino, con el ce?o fruncido y los labios apretados. Haleth, en cambio, intentaba aliviar la tensión en el ambiente.

  —Su habilidad con las espadas es admirable —comentó, mirando por el retrovisor con una sonrisa sincera—. La precisión con la que acertaste a aquel bandido fue impresionante. Pero debemos seguir adelante.

  Su tono era más cálido que el paisaje que los rodeaba.

  —Ahora que sabemos que pueden cuidarse solas, su parte del plan es clara: apostarán todo por Othriel, buscarán a su due?o y pagarán lo que sea necesario por él. Ganen o pierdan, solo necesitamos unas horas para sacarlo de ahí. ?De acuerdo?

  Ninguna respondió de inmediato, pero los ojos de ambas reflejaban determinación.

  El resto del camino fue más llevadero. La presencia de Haleth parecía suavizar los bordes afilados de los silencios. Incluso Lirael, aunque silenciosa, parecía menos tensa.

  Tras varias horas, finalmente llegaron. Frente a ellos se extendía la ciudad de Xharkal: imponente, caótica, viva.

  Era, sin duda, la segunda ciudad más grande que habían visto en sus vidas. Pero a diferencia de la anterior, esta estaba saturada de movimiento. Gente bailando, riendo, peleando... el caos parecía tener su propio orden. Había una energía innegable en el aire, como una tormenta perpetua que nunca terminaba de estallar.

  —Antes de bajar, pónganse las capuchas —ordenó Lirael con voz firme—. No queremos que las reconozcan todavía. Lo primero será buscar un lugar donde hospedarnos. Ese será nuestro punto de reunión cada noche. Nos separaremos para no levantar sospechas.

  Su voz sonaba tensa. Aunque intentaba ocultarlo, Xharkal no le gustaba. No por el ruido ni por el peligro... sino por lo que representaba.

  —Esa posada de ahí —se?aló con un leve movimiento de cabeza hacia una estructura de madera envejecida con faroles azules colgando del techo— será nuestro punto de encuentro. Antes del anochecer, todos aquí. ?Entendido?

  Nyra y Elyndra asintieron.

  —Busquen información sobre Othriel. Es fácil de reconocer. Tiene un tatuaje en el brazo derecho: un símbolo antiguo, como un eclipse envuelto en llamas, con runas diminutas alrededor.

  —Entonces nos veremos en unas horas. Cuídense los dos —dijo Elyndra con serenidad, ocultando de nuevo sus dagas bajo su abrigo. Le entregó a Nyra cuatro piezas de glaciarita, que esta guardó con cuidado en los bolsillos interiores de su túnica.

  Ambas bajaron del vehículo y se perdieron entre la multitud. Durante un rato caminaron en silencio, observando el entorno con atención. Sin embargo, algo en Elyndra no dejaba de darle vueltas.

  —Esto es extra?o... —murmuró de pronto, rompiendo el silencio—. Se supone que estos minerales son muy valiosos. Y simplemente aparecieron con ellos? ?Qué se suponía que iban a intercambiar...? Lirael y Haleth mataron a ese hombre sin dudar, como si supieran más de lo que nos dicen...- Dijo para después sonreír. más para tranquilizarse que por otra cosa.

  —Bah, tal vez estas preguntas solo nos volverán locas. Mejor no pensar demasiado. Vamos a concentrarnos en lo importante.

  Se volvió hacia Nyra.

  —Bien, una vez entremos al sitio de peleas, empezaremos a buscar a alguien que encaje con la descripción que nos dio Lirael. ?De acuerdo, Nyra? ...?Nyra?

  Se detuvo en seco. Nyra ya no estaba.

  —?Nyra? —repitió, mirando hacia todos lados, un nudo formándose en su estómago.

  La multitud era densa y ruidosa. Personas iban y venían sin prestar atención a nadie más. Por un instante, Elyndra sintió que el aire se volvía más denso. Respiró hondo. Ella sabía el plan. Sabía que debían reunirse al atardecer en la posada. Quizá solo se distrajo un momento...

  Y tenía razón.

  Por su parte, Nyra se había separado casi sin querer. Un cartel tallado en madera colgado sobre una tienda le había llamado la atención. Iba a comentárselo a Elyndra, pero al voltear, su compa?era ya se había perdido entre la multitud. Dudó un instante, con la sensación de haber hecho algo mal... pero si aquel lugar le parecía curioso, tal vez a Elyndra también.

  Con pasos lentos, cruzó la entrada.

  El interior estaba tenuemente iluminado, con cristales azules incrustados en las paredes que emitían una luz suave. Era una tienda de reliquias antiguas: objetos congelados por siglos, conservados casi intactos. Cada pieza parecía tener su historia.

  Nyra caminaba con la mirada clavada en las vitrinas hasta que se detuvo en seco.

  Frente a ella, dentro de un marco de madera ennegrecida, había una fotografía antigua... una familia. Algo en aquella imagen le resultaba inquietante. Se acercó, ignorando todo lo demás. La imagen estaba algo descolorida, pero le resultaba imposible apartar la vista.

  Su pecho se contrajo.

  —No puedes creerlo, ?cierto? —dijo una voz áspera a su lado—. Antes de que el hielo lo cubriera todo, la gente vivía sin necesidad de abrigos, sin miedo a lo desconocido. Vivían en paz. Ahora solo quedan recuerdos congelados, como estos... tan extra?os para nuestro tiempo, que ni el más loco de los videntes lo habría imaginado.

  Nyra dio un peque?o salto. A su lado, una figura encapuchada se había acercado sin que ella lo notara. Solo se le veían los ojos: opacos, sin brillo. Le recorrió un escalofrío.

  —S-Sí... realmente no entiendo qué es esto —respondió con cautela—. Pero parece valioso. Son recuerdos... de lo que alguna vez fue el mundo. De lo que... quizás algún día pueda volver a ser, ?no cree?

  —Ese futuro solo se logrará si el mundo se unifica bajo una causa común. Pero para eso... se necesita poder —respondió el extra?o con voz grave, casi meditativa—. Antes, los humanos tenían poder... pero nunca es suficiente, ?verdad? Siempre quieren más. Más control. Más territorio. Más todo. Por eso estás aquí, ?no? El dinero... refleja eso. Poder. Con una sola pieza de valor, puedes cambiar el rumbo de todo.

  Nyra frunció el ce?o. Sus palabras eran turbias, como si hablara en acertijos. Pero lo más inquietante era que, de algún modo, sentía que él sabía más de lo que parecía.

  Guardó silencio por un instante, sin apartar la vista de la fotografía.

  —Pero hay algo que el poder no puede recuperar —a?adió, casi en un susurro—. Cuando alguien se va, cuando no puedes hacer nada al perder a alguien que no debió perderse desde un principio... Solo te queda esa sensación de impotencia, donde más allá de todo uno haría lo que fuera para no sentirla...

  Aquellas palabras captaron la atención del extra?o, quien vería en Nyra algo más que una simple curiosa. Sus ojos opacos se entrecerraron, como si intentaran ver más allá de lo visible, más allá de lo que Nyra decía... y hacia lo que callaba.

  —Entonces tú también lo has sentido... Esa grieta que no sana... ni con el tiempo, ni con promesas, ni con venganza —murmuró, sabiendo el peso de las palabras que estaba diciendo. Más allá de criticarla o juzgarla, parecía comprender eso.

  —A veces... —dijo en voz baja— creo que si tuviera la oportunidad de cambiar ese momento, lo habría hecho sin dudarlo. Debí haber sido más fuerte... Debí haber tenido...

  —Más poder, ?no es así? —interrumpió suavemente, y Nyra solamente asintió—. Ahora lo sabes. Para proteger a las personas que amas, tienes que tomar medidas que nadie más tomaría. Eso es parte de lo que es el poder. Por eso la gente no puede tenerlo al cien por ciento.

  Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió con fuerza.

  Un hombre gigantesco, un coloso cuya cabeza rozaba el marco, entró en la tienda. Su voz retumbó como un trueno apagado.

  —Lo encontramos. Ahora nos están esperando.

  Y sin más, se dio la vuelta y salió.

  Nyra miró al encapuchado, los nervios comenzando a colarse por su columna.

  —Por ahora, nuestra charla termina —dijo la figura, como si leyera sus pensamientos—. Espero que encuentres lo que buscas, jovencita... y ten cuidado. La gente aquí no es lo que parece. Hasta pronto, se?orita.

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  Y se desvaneció tras la puerta.

  Nyra dudó, pero la curiosidad venció al miedo. Algo en ese hombre, en esa conversación, le decía que estaba relacionado con lo que buscaban. Así que salió tras él, moviéndose con cuidado entre la multitud, siguiendo su figura encapuchada desde la distancia.

  Lo vio entrar en un edificio oscuro y profundo, sobre cuya entrada colgaba un cartel envejecido: El Pozo.

  Justo cuando estaba a punto de acercarse a la entrada, una mano firme la sujetó por el hombro. Se giró con el corazón desbocado.

  Era Elyndra.

  Su rostro era una mezcla de ira, frustración y un alivio que intentaba ocultar.

  —??Qué crees que haces!? —le espetó, tomándola del brazo—. Desapareces sin decir nada, como si esto fuera un paseo. ?Este lugar es más peligroso de lo que parece, Nyra! Pensé que estabas justo detrás de mí...

  La joven bajó la mirada, algo avergonzada.

  —Lo siento... vi algo que me llamó la atención...

  —Por ahora no importa. No encontramos nada útil, y ya está cayendo la noche. Vamos a la posada —dijo Elyndra, más calmada pero sin perder firmeza.

  Caminaron en silencio de regreso, aunque ambas cargaban preguntas sin respuesta. Elyndra, aún enfadada, no pudo evitar preguntarse qué había visto Nyra y ella se preguntaba qué lugar era El Pozo, y por qué ese hombre la había hecho sentirse... tan incómoda.

  Al llegar a la posada, el ambiente era completamente distinto. En la recepción, Haleth se encontraba compitiendo en una especie de concurso de fuerza con los huéspedes del lugar. Las carcajadas llenaban el aire. Elyndra rodó los ojos, aunque no pudo evitar una peque?a sonrisa.

  Fue entonces cuando vio a Lirael entrar en una de las habitaciones del piso superior. Tomó a Nyra de la mano y ambas subieron.

  Lirael las esperaba sentada, con el rostro cubierto por el cansancio y la preocupación.

  —?Lograron averiguar algo? —preguntó, sin perder tiempo.

  —No mucho —admitió Elyndra—. Con tanto alboroto allá afuera... encontrar a un hombre entre la multitud es casi imposible.

  —Lo encontramos —interrumpió Lirael, su voz baja pero firme—. Pero no será tan fácil como pensé... Por lo pronto hay que descansar, ma?ana comenzaremos con lo que verdaderamente importará.

  Dicho esto, se recostó en una cama individual y quedó profundamente dormida. Era la primera vez que descansaría sin tener que estar alerta por algo.

  Antes de dormir, Elyndra se volvió hacia Nyra, su rostro suavizado por una expresión que oscilaba entre el cansancio y la culpa.

  —Antes de que nos durmamos... quiero que sepas que estamos juntas en esto. Yo confío en ti más de lo que crees, Nyra. Por eso me preocupo. No puedo llegar con ellos... sin ti.

  Sus palabras eran sinceras, cargadas de una emoción que no siempre se permitía mostrar. Quizás no había sido la mejor forma de hablarle antes, pero el miedo a perderla pesaba más que cualquier razón.

  —Perdóname tú a mí —respondió Nyra con suavidad, sus ojos bajando por un instante—. No debí separarme de ti. A partir de ahora... haré todo lo posible por protegernos a las dos, ?de acuerdo? Pero tú también tienes que confiar en mí. No soy tan débil como parezco.

  Elyndra la miró con ternura y asintió.

  Ambas se acostaron en camas separadas. Haleth, por su parte, ya había caído dormido sobre la barra de la recepción, con un vaso aún en la mano.

  La noche cayó sobre Xharkal como un manto espeso. La ciudad, tan ruidosa y viva durante el día, ahora parecía contener la respiración. Y, sin embargo, había un lugar que no dormía: El Pozo.

  Fue allí donde Nyra creyó escuchar algo. Un grito ahogado. Un golpe seco. Sobresaltada, se incorporó en su cama, el corazón martillándole el pecho. Tal vez solo había sido un sue?o... pero no podía ignorarlo. Ese lugar la inquietaba más de lo que quería admitir.

  Sin perder tiempo, se equipó con las dagas que Elyndra solía ocultar bajo su abrigo, tomó un par de piezas de glaciarita, cubrió su rostro y salió en silencio, cuidando que ni la madera del suelo la delatara.

  —No sé a dónde piensas ir a estas horas, pero es peligroso hacerlo sola —murmuró una voz en la penumbra.

  Nyra se congeló.

  Haleth estaba recostado contra la pared, con su espada descansando en el hombro. Sonrió al ver su expresión sorprendida.

  —Sé que demostraste tu valor esa vez —continuó—, pero este lugar es otra cosa. Y si tu hermana te descubre, al menos no te rega?ará sola... Así que iré contigo.

  —Ella... no es mi hermana —dijo Nyra, algo seca. Aquel término le incomodaba. Quizás porque no era la primera vez que alguien las veía como hermanas, cuando en realidad eran mucho más que un lazo de sangre. Pero antes de que pudiera decir más, se giró y comenzó a caminar con decisión. Haleth no dijo nada, pero la siguió.

  Llegaron a las puertas de El Pozo, que aún seguía abierto. Un guardia corpulento custodiaba la entrada, dejando pasar únicamente a quienes portaban un extra?o símbolo bordado en las ropas o colgado del cuello.

  —Tengo una idea para entrar... pero necesito hacerlo sola —susurró Nyra, volviéndose hacia Haleth—. Si en diez minutos no regreso... despierta a las chicas. Pase lo que pase, no entres sin ellas. ?De acuerdo?

  Haleth dudó, pero asintió.

  —Sé que puedes hacerlo. Pero si ves que se complica... huye. No hay vergüenza en sobrevivir.

  Nyra le dedicó una leve sonrisa, y avanzó.

  Se acercó al guardia con una seguridad fingida, sus dedos acariciando el borde de su bolsillo interior.

  —Perdí el símbolo que me permitía entrar —dijo con voz dulce, seductora—. Pero tal vez tú y yo podamos llegar a un peque?o acuerdo...

  Sacó una pieza de glaciarita, dejándola entrever justo antes de esconderla nuevamente. Los ojos del guardia se abrieron con codicia. Sin decir palabra, extendió la mano, tomó la piedra... y la dejó pasar.

  "El dinero es poder", recordó Nyra. Y ahora lo veía con claridad.

  El interior de El Pozo era más grande de lo que jamás habría imaginado. Cristales de colores adornaban los muros, mesas de juego y bebida ocupaban cada rincón. La gente que habitaba ese lugar era distinta: vestían con riqueza, pero también con peligro. Y al fondo... un foso profundo donde hombres peleaban como bestias ante una multitud sedienta.

  Nyra se deslizó por entre las sombras, hasta divisar a uno de los hombres que había visto junto a la figura misteriosa: el coloso. Lo siguió a distancia, observando cómo ingresaba a una zona más exclusiva, vigilada por otros dos guardias.

  Sin perder tiempo, se escabulló en el ba?o más cercano, buscando con desesperación algún acceso. Y lo encontró: un conducto de ventilación oxidado, apenas lo suficientemente amplio para su cuerpo. Quitó la tapa, contuvo la respiración... y entró.

  El interior estaba oscuro, húmedo, y cada movimiento requería silencio absoluto. Pasó por habitaciones llenas de excesos carnales, otras con gritos ahogados y murmullos siniestros. Hasta que, finalmente, encontró su objetivo.

  Se detuvo sobre una rejilla metálica, y contuvo el aliento.

  Debajo, una sala amplia con columnas de mármol ennegrecido. Un hombre delgado estaba sentado, mientras una mujer le servía vino con dedos temblorosos. Frente a él, Khoron —quien habría sido el encapuchado todo este tiempo— y el coloso aguardaban.

  —Como sea —comenzó Khoron, su voz aspera y cortante—, estamos aquí para hablar contigo. Xharkal es una joya geográfica. Movimiento de riquezas. Caos disfrazado de orden. Entiendo por qué quieres gobernar desde las sombras. Pero necesito tu respuesta. Cambiaste de escondite, pero te encontramos. ?Aceptarás la oferta?

  —Ya te dije que no —respondió el hombre delgado, su voz temblorosa pero decidida—. Te ayudé con la búsqueda de esa piedra sin preguntar. Pero ahora... ?Quieres que el Búho de Hielo invada esta ciudad? Eso me haría perder todo. Y si crees que la gente no se resistirá... estás equivocado. Si buscas guerra, la tendrás. Pero no pienso entregarte nada más.

  Khoron se levantó con un suspiro casi paternal.

  —Esperaba que no llegáramos a esto. Pero... si debe ser así...

  Se giró para irse. Pero el hombre delgado también se levantó y aplaudió dos veces.

  De inmediato, decenas de hombres salieron de las sombras, rodeándolos.

  —Lo siento, pero no puedo dejarte ir así como así. Si puedo terminar esto aquí... lo haré.

  Los hombres se lanzaron contra Khoron. él ni se inmutó. Solo hizo una se?al al coloso, que gru?ó, dio un paso al frente... y con ambas manos, estrelló las cabezas de dos atacantes entre sí con un crujido seco.

  Nyra sintió el vértigo en el estómago. Esto estaba escalando más rápido de lo que imaginó.

  Y ella... estaba atrapada justo encima de un campo de batalla.

  Los gritos llenaron el salón como un eco enloquecido. Los hombres que rodeaban al coloso se detuvieron, paralizados. Nadie se atrevía a moverse. No estaban frente a un hombre cualquiera.

  Uno de los guardias, quizás demasiado valiente o demasiado tonto, lanzó un golpe certero al hombro del gigante. El impacto resonó... pero no atravesó la piel. No hubo sangre. Ni siquiera una reacción de dolor. La mirada del coloso se mantuvo vacía, impasible.

  El miedo se esparció como una peste.

  Desde su escondite, Nyra observaba con los ojos abiertos de par en par, el corazón latiéndole tan fuerte que temía que la descubrieran solo por eso. Aquel ser no era humano. No podía serlo. Algo en su forma de moverse, en la brutalidad con la que aplastaba a sus enemigos, lo hacía parecer más una fuerza de la naturaleza que un soldado.

  Uno a uno, los cuerpos comenzaron a caer. El coloso los alzaba como si fueran mu?ecos de trapo, estrellándolos contra las paredes, contra el suelo, contra otros cuerpos.

  Hasta que solo uno quedó en pie.

  El último guardia temblaba, con las manos en alto y los labios balbuceando súplicas. El coloso se detuvo frente a él, sus pasos pesados hacían vibrar el suelo. Lo levantó con ambas manos por encima de su cabeza. Su rugido sacudió la habitación como un trueno.

  Y luego, con una fuerza descomunal, lanzó al hombre como si fuera un proyectil. El cuerpo atravesó el aire... y cayó con violencia justo frente al líder aterrorizado, que seguía en el suelo, paralizado por el miedo.

  —Si esto era lo mejor que tenías —dijo el coloso, su voz retumbando como una sentencia—, la masacre no tendrá nombre.

  No hubo más palabras. Solo silencio.

  El coloso se giró y salió del salón como si nada hubiera pasado.

  Fue entonces cuando Nyra no pudo más. Con el alma encogida por el horror, bajó con sigilo del conducto y huyó. Necesitaba contarle a los demás. Necesitaba salir de allí antes de que fuera demasiado tarde.

  Corrió de regreso hacia Haleth, sin importarle si la veían o si hacía ruido. Su rostro estaba desencajado, pálido, su respiración entrecortada.

  —?Qué pasó? —preguntó él, al verla llegar tan agitada.

  Nyra no respondió de inmediato. Cayó de rodillas, temblando, y luego las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.

  —Lo vi... vi a quien posiblemente asesinó a Elira —dijo, con la voz rota—. Hablé con él sin saber quién era... y ahora sé que esta ciudad está por caer. Ellos... ellos están preparando algo. El Búho de Hielo vendrá. No sé qué hacer... todo esto está pasando demasiado rápido...

  Haleth escuchó aquel nombre y, de pronto, algo dentro de él se estremeció. Una chispa, un eco enterrado en la memoria. Lo había oído antes. Estaba seguro. Pero... ?dónde? ?Cuándo? La respuesta se deslizaba entre sus pensamientos como hielo derritiéndose entre los dedos. No había tiempo para buscarla. No ahora.

  Sin decir una palabra, ayudó a Nyra a incorporarse. Su expresión era dura, cincelada por la urgencia y el miedo. Pero en sus ojos aún brillaba algo indoblegable. Fe.

  Y entonces, como un susurro del pasado, su mente evocó las palabras de su viejo maestro, Drunken. Palabras que siempre volvían cuando más las necesitaba.

  —"Recuerda que nada está escrito. Cada día es una nueva oportunidad para cambiar tu destino. Y ese ma?ana que tanto deseas... llegará." —repitió en voz baja, más para sí mismo que para ella.

  Luego la miró con una sonrisa tranquila.

  —No estás sola, Nyra. Ma?ana iremos por Othriel. Saldremos de aquí. Y volveremos con Drunken. Con tus amigos. ?De acuerdo?

  Ella lo miró en silencio, y por primera vez en horas, sus hombros se relajaron. Asintió, y sin decir palabra, se lanzó a sus brazos en un abrazo fuerte y sincero. Uno que hablaba de gratitud, de alivio... y de esperanza.

  Haleth la acompa?ó hasta su habitación y la vio desaparecer tras la puerta.

  él, en cambio, se quedó un largo rato en silencio, mirando por la ventana el cielo helado de Xharkal. Sabía que la ciudad no dormiría mucho más y que al amanecer, todo cambiaría.

  Y así, en un suspiro tan breve como el viento helado de Xharkal, la ma?ana llegó.

  Haleth fue el primero en despertar. Apenas abrió los ojos, les contó a Elyndra y Lirael lo que había ocurrido en la noche. La noticia fue como una piedra arrojada en aguas quietas. El Búho de Hielo ya estaba en la ciudad. El rostro de Lirael palideció. Pensaron que tendrían más tiempo... pero ya no quedaba espacio para la calma.

  Nyra, por su parte, estaba nerviosa. No por el enemigo, sino por Elyndra. Había salido sin avisarle, sin confiarle sus pasos. Esperaba un reproche, una mirada de decepción... pero lo que recibió fue un abrazo cálido. Elyndra no dijo nada al principio. Solo la sostuvo.

  —Confío en ti, Nyra. Lo haremos juntas. No hay lugar para dudas. Puede que hoy no llegue el día de la venganza... pero ese día llegará. Por ahora, cumplamos nuestra misión.

  Las palabras de Elyndra fueron como una llama en medio de la tormenta.

  A primera hora, el plan se puso en marcha. Lirael les indicó la zona donde podría estar Othriel: un lugar marcado con el símbolo de una mano empu?ando una daga. Al llegar, descubrieron otra arena de peleas clandestinas. Esta era distinta: los combatientes llevaban ropas rojo y azul con el símbolo del mural.

  Elyndra y Nyra se adelantaron. Sin dudar, Elyndra sacó un par de gemas de glaciarita y las colocó en la mesa de apuestas. El silencio fue inmediato.

  —Estamos aquí por emociones reales. Apuesto todo por el siguiente en salir. ?No es eso lo que buscan? La adrenalina... el poder... la fortuna que cambia de manos.

  El lugar estalló en emociones. Las apuestas se multiplicaron. En medio del caos, Lirael y Haleth se colaron en la zona de esclavos. Pero no encontraron a Othriel. ?Había sido un error? No importaba. No se rendirían.

  Mientras tanto, en la arena, Elyndra y Nyra se mantuvieron firmes. Apostaban, luchaban y observaban. Pero la diversión se desvaneció cuando sonó la alerta.

  Un rugido metálico, una se?al de guerra. El ataque había comenzado.

  Grupos del Búho de Hielo, ya infiltrados, tomaron las calles. Las llamas y el caos se expandieron como plaga.

  Nyra desenvainó sus espadas. El momento que tanto había esperado había llegado. Elyndra cubría su retaguardia con precisión letal. Eran un dúo imparable.

  —?Crees que lo encontraron? —gritó Nyra mientras se defendían.

  —?No lo sé! ?Primero lleguemos a la posada!

  Pero un atacante embistió a Nyra por sorpresa, desarmándola. Elyndra estuvo apunto de pelear... pero alguien más intervino. De un callejón, una figura giró con velocidad mortal, decapitando al agresor.

  El extra?o dejó caer un hacha, ayudando a Nyra a levantarse.

  —?Vamos! Levántate y pelea.

  En su brazo, Nyra vio el tatuaje. El símbolo del eclipse. Recordando lo que le dijo Lirael.

  —?Eres tú! ?Eres Othriel!

  El encuentro fue breve. No había tiempo. Se reagruparon con Lirael y Haleth, quienes, emocionados, se incorporaron y corrieron a la posada, ahora vacía. Tenían que escapar.

  —Hay una salida trasera —dijo Haleth, guiándolos hacia el vehículo—. ?Es ahora o nunca!

  Al salir, un fuerte temblor sacudió a toda la ciudad, lo que no parecía normal y mucho menos en la batalla que estaba aconteciendo en ese momento. Pero esto no era lo único que sucedía, pues el amuleto que tenía Elyndra comenzó a brillar y a temblar, haciendo que una descarga de energía la atravesara, dejándola inconsciente y cayendo en la nieve.

  —?Elyndra! —gritó Nyra, haciendo que los demás voltearan a ver lo que sucedía.

  Sin embargo, y si eso no había sido suficiente, los problemas no terminaron, pues de pronto una especie de crujido comenzó a escucharse entre la neblina, revelando a una criatura extra?a. No era algo que antes habían visto, pues medía más de dos metros, era delgada pero tenía la fuerza de poder cargar una gran espada con una sola mano, portando una armadura de color oscuro y entre su ropaje, restos de lo que parecían ser humanos caídos en batalla contra él.

  Pero antes de que pudieran preguntarse siquiera qué era lo que estaba pasando, la criatura se abalanzó contra Elyndra. Rápidamente, Haleth saltó en su defensa, cubriendo el primer ataque de la criatura y preparándose para el combate.

  —No tenemos mucho tiempo. Lleva a Elyndra al vehículo y yo los alcanzaré una vez termine aquí, ?entendido? —dijo Haleth con determinación.

  Estaba asustado por la presencia de aquella criatura, pero había algo más allá de un simple miedo. Delante de él se encontraba el que sería el duelo más difícil de su vida, y él lo sabía.

  —?Pero no podemos dejarte aquí! No pienso abandonarte en este lugar, no somos cobardes, dijimos que entre nosotros nos íbamos a proteger —protestó Lirael con furia.

  No pensaba abandonar a Haleth a su suerte, no quería perder a alguien de nuevo, no cuando ya habían logrado rescatar a Othriel.

  —Eso no importa. Estamos aquí por Othriel y el mensaje que tiene para Drunken. Nuestra misión no termina hasta que él llegue junto con Drunken y podamos continuar con la búsqueda de los vestigios. Este es el camino que todos decidimos una vez nos unimos a Drunken, y tú lo sabes —respondió Haleth, sin perder de vista a la criatura.

  No sabía cuánto tiempo más la criatura se quedaría quieta, por lo que no tenían mucho tiempo para discutir sobre lo que podrían o no hacer.

  —Pero aún así... Debe de haber alguna manera en la que podamos...

  Su discusión sería interrumpida por un cambio abrupto en el ambiente. Algo andaba mal. El vapor que salía con cada palabra que decía se hacía visible a medida que pasaba el tiempo, alzándose hacia unas nubes que ahora oscurecían toda la zona, bajando drásticamente la temperatura del lugar. Esto solo era una se?al de un mal presagio que estaba a punto de llegar.

  Fue así que, dentro de la posada, gritos de agonía y sufrimiento traspasaban las paredes hacia el exterior, demostrando así llamar la atención de todos los presentes en ese momento, excepto de la criatura, quien, aprovechando el momento de confusión, atacó a Haleth, el cual a duras penas pudo reaccionar a tiempo y lograr desviar el ataque, comenzando así una batalla en la que la criatura solo se encargó de llevarlo al límite. Haleth no podía hacer más que defenderse.

  —?Haleth! —gritó Lirael, desesperada por hacer algo.

  Desenvainó su espada y estaba a punto de entrar al ataque cuando fue detenida por Othriel, quien simplemente apuntó hacia la puerta de la posada, de la cual una extra?a neblina comenzaba a salir y con ella, pisadas metálicas y fuertes que resonaban en las cabezas de los presentes.

  De la puerta emergió una sombra que se materializó ante ellos, borrosa para los ojos de todos excepto por un anillo que tenía, más radiante que el mismo espectro. Pero entre todos los presentes, a la única persona que tendría en la mira sería a Elyndra, como si ella tuviera algo que le perteneciera, por lo que comenzó a acercarse lentamente hacia ella, materializándose a medida que avanzaba.

  —?Llévatela de aquí! —gritó Haleth desesperado mientras pensaba en una manera de hacer retroceder a su rival.

  Pero como si de un milagro se tratara, el espectro se detuvo a pocos metros de Elyndra. Othriel no lo pensó dos veces: levantó su cuerpo y corrió entre lágrimas hacia el vehículo. Sabían que era la oportunidad que buscaban.

  —?Por qué... por qué se detuvo? —se preguntaba Nyra, quien miraba aterrada a la criatura.

  Pero era tiempo de reaccionar. Era su única oportunidad de escapar, por lo que tomó a Lirael del brazo y comenzó a jalarla hacia ella, para que también pudiera entrar en razón.

  Lirael miraba la escena de manera aterradora. No había más salidas, no había más opciones, solo la que el destino les había puesto enfrente. Pero sabía que Haleth lo hacía por ellos, por lo que, con todo el dolor del mundo y como si una gran roca de impotencia cayera sobre ella, reaccionó, huyendo hacia el vehículo.

  El enfrentamiento comenzó como un estallido contenido durante demasiado tiempo, desatando toda su furia al fin.

  La criatura, conocida como Zheron, el Segador del Silencio, cargó hacia Haleth con una ferocidad imparable. Su espada, negra como el abismo y con un filo que devoraba la luz, cortaba el aire con un silbido que rasgaba los oídos, como si el metal chillara al atravesar el alma. Haleth apenas lograba esquivar; sus pies resbalaban en la nieve empapada de sangre y escarcha, y sus brazos temblaban por el peso de sus espadas melladas.

  Pero entonces, el espectro intervino.

  La niebla que lo rodeaba se arremolinaba a su paso, como si respirara con él. Cada movimiento dejaba un eco gélido que helaba el alma. Con una velocidad imposible, interceptó el golpe de Zheron con una espada que parecía estar hecha de sombra líquida y luz congelada al mismo tiempo.

  ?CLANG!

  El choque no fue solo físico. El sonido fue un zumbido mental, como un grito dentro del cráneo. Haleth se llevó las manos a los oídos mientras su visión se distorsionaba. Zheron retrocedió un paso, sorprendido. El espectro no lo atacó, solo se interpuso, erguido, como un juez entre dos condenados.

  Fue en ese momento que Haleth comprendió: no era solo una lucha por Elyndra o el amuleto. No del todo. El espectro los quería poner a prueba. A ambos. Quería presenciar... o provocar... un enfrentamiento limpio. Justo.

  Zheron no necesitó más provocación. Rugió, un sonido gutural y profundo que hizo que los ventanales rotos de la posada vibraran. Arremetió contra el espectro con golpes tan pesados que cada uno retumbaba como truenos entre las ruinas. Pero el espectro no contraatacaba: esquivaba con una gracia imposible, como si danzara sobre el hielo. Cada esquiva dejaba tras de sí una estela de cristales helados, y su anillo brillaba con más intensidad en cada giro.

  Haleth, con la respiración entrecortada y el cuerpo al límite, se levantó una vez más.

  Y se unió a la pelea.

  Zheron blandía su espada como un demonio desatado. El espectro era una sombra con filo. Y Haleth... Haleth era un humano hecho pedazos, pero aún de pie.

  Cada choque entre espadas era un trueno.

  Cada esquiva, una danza de muerte.

  Zheron usaba la fuerza bruta, buscando aplastar.

  El espectro era precisión, castigo quirúrgico.

  Y Haleth, en medio, era el equilibrio: el espíritu del hombre que no se rendía, la técnica que había forjado con sangre y a?os de lucha.

  Durante un instante, sus espadas se trabaron. El metal crujió, rechinando como si fuera a romperse. Haleth resistía. Zheron empujaba con fuerza monstruosa. Fue entonces que el espectro aprovechó: un tajo etéreo lo cruzó desde un flanco.

  Zheron dio un salto hacia atrás, liberándose. Cayó pesadamente, resoplando, dejando una estela de vapor en el aire congelado.

  Haleth cayó de rodillas, pero no por dolor. Era el frío. Jadeando. Su pecho se alzaba y caía como un fuelle moribundo. Levantó la mirada hacia el espectro, quien lo rodeaba ahora, cada exhalación de Haleth se convertía en cristales de escarcha que le cortaban los labios. Esta vez, el espectro sí se lanzó contra él. El impacto fue brutal. Haleth apenas logró levantar su espada para bloquear, y aun así sintió cómo el frío se colaba en sus huesos, como si el mismísimo invierno lo atravesara.

  Pero no retrocedió.

  El duelo continuó.

  En otro punto, Othriel arrancó el vehículo. El rugido del motor se alzó como un grito de esperanza entre el caos. Esquivó cuerpos, columnas derruidas, el infierno mismo. Dentro, Elyndra seguía inconsciente. Nyra la miraba con angustia, mientras Lirael, paralizada, observaba por la ventana.

  Habían dejado atrás a Haleth. No pudieron salvarlo. Y Lirael lo sabía.

  Entonces recordó las palabras que aquel hombre le había dicho una vez:

  "Sé que, si las cosas se complican, ambos tendremos que hacer lo necesario para que el otro sobreviva. Todos estamos inmersos en esta búsqueda interminable por el anhelo de Drunken, pero tú vas más allá. él vio en ti, en las gemelas, algo que jamás pensó tener: un escape a su mayor obsesión. Eres quien debe mantenerlos unidos, y yo me encargaré de que puedas lograrlo."

  Lirael rió. Una risa amarga. Nunca pensó que esas palabras serían ciertas. Nunca creyó que él sería el que tendría que quedarse atrás. Miró a Elyndra. Notó entonces que la piedra la había hecho desmayarse. Se la quitó y la dejó a un lado. La gema comenzó a mutar: de verde a rojo, de rojo a azul, y así sucesivamente... como si reaccionara a lo sucedido.

  Mientras tanto, Haleth estaba al límite.

  Su cuerpo ya no respondía con la misma rapidez. El frío le entumecía los dedos. Sus piernas temblaban. Sentía un zumbido constante en los oídos, y sus ojos ardían. Durante un respiro fugaz en el combate, alzó la vista.

  Zheron mostraba signos de fatiga. Respiraba con fuerza. La batalla había sido larga, incluso para él. Pero no era Haleth quien lo había llevado al límite, era el espectro.

  El otro, el juez silencioso, no mostraba signos de cansancio. Era una fuerza inamovible. Un castigo divino.

  —?Cuál es tu nombre, humano? —preguntó Zheron, su voz ronca y antigua, como arrastrada por siglos sin ser usada—. Ninguno de los tuyos había resistido tanto. Te recordaré... hasta que otro venga y te arrebate ese honor.

  —Mi nombre es Haleth. Recuérdalo —escupió sangre y orgullo a la vez—, porque será el último nombre que escuches antes de morir... aunque no será por mis manos.

  Entonces se lanzó. Una última carga. Una promesa hecha carne. Repelió los ataques, cortó hacia su flanco, esquivó una estocada, giró sobre su pierna herida. Y entonces, Zheron encontró la apertura.

  Un tajo limpio.

  Haleth sintió cómo su brazo izquierdo volaba, aún aferrado a su espada. No gritó. No hubo tiempo. Solo la urgencia. El dolor fue un segundo plano.

  Y vio su oportunidad.

  El pecho de Zheron estaba descubierto.

  Con un rugido que hizo temblar hasta los muertos, Haleth embistió con su espada restante, directo al corazón del monstruo.

  Pero Zheron, incluso herido, era demasiado rápido.

  Se giró. El cansancio de Haleth hizo el resto. La estocada se desvió, y en vez del corazón, solo atravesó su hombro.

  —Tu error fue subestimar tu poder, Haleth —susurró Zheron, con un tono casi paternal—. Desde el inicio supiste que no tenías oportunidad. Y ese pensamiento selló tu destino.

  Tomó la espada incrustada en su hombro, la giró lentamente... y la hundió en el pecho de Haleth. El acero perforó carne y costillas con un crujido húmedo, como un árbol quebrado bajo el hielo.

  —Descansa. Fuiste un gran oponente.

  Haleth se desplomó hacia atrás, como un árbol derribado, mirando el cielo que se te?ía del mismo rojo que manaba de su pecho.

  No sentía odio. Ni miedo. Solo... paz. Lo había logrado. Había ganado el tiempo que necesitaban. Con su última mirada, buscó al espectro.

  Este lo observaba. No con desprecio. No con lástima. Sin expresar nada.

  Y mientras su cuerpo se desvanecía, el anillo del espectro brilló con una luz intensa, como si marcara el final de un juicio cumplido.

  El caos en la ciudad cesó. Cadáveres por doquier. Ríos de sangre que manaban entre los adoquines. A lo lejos, las banderas con el símbolo del Búho de Hielo ondeaban sobre los escombros. La guerra había terminado... si es que podía llamarse guerra a una masacre absoluta.

  Y entonces, una voz retumbó en su mente.

  —Lograste tu objetivo. La protegiste hasta el final. ?Y de qué te sirvió, Haleth? ?Estás satisfecho con este desenlace?

  Haleth alzó la vista. Una figura completamente negra, formada por sombras vivas, lo observaba. En su mano, una antorcha parpadeante.

  —Es hora de partir. ?Hay algo que quieras hacer antes?

  Y Haleth entendió.

  En ese instante, le llegó un aroma: lavanda y hierro. El mismo que impregnaba el cabello de Lirael cuando la rescató a?os atrás.

  Tal vez era alucinación. Tal vez no. Pero de pronto estaba en otro lugar. Una aldea destruida. Reconocía el humo, el fuego. El pasado.

  Entonces, Haleth comprendió lo que estaba sucediendo. Allí estaba Drunken, mucho más joven. Y en medio de los gritos y la desesperación, la escuchó y, como si fuera la primera vez, corrió hacia un lamento. Una ni?a lloraba entre el fuego y la sangre. La vio. Era apenas una ni?a que había perdido su hogar. La levantó y, al llegar junto a Drunken, este la miró como si fuera algo que atesoraba durante mucho tiempo y simplemente la abrazó. Haleth solo podía contemplar la devastación.

  La sombra cerró los ojos de Haleth, quien exhaló su último aliento. Lo había logrado. Protegió a esa ni?a que a?os antes había encontrado desolada, triste y perdida. Ahora ya no lo estaba, y él lo sabía. Pudo descansar en paz en medio del caos. Aquella ciudad, cuna del caos y la avaricia, llegaría a su fin, mientras la sombra comenzaba a desvanecerse.

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