Joseph no quiso anticiparse a lo que
encontraría al cruzar el callejón oscuro que carecía de letreros
con luces de neón, como los que había estado viendo antes de llegar
a aquel sitio. Su guía, un joven que parecía tener su edad debido
al timbre de su voz, no había cruzado mayor palabra con Joseph.
Simplemente avanzaba, y con la única indicación clara que le había
dado en el lugar donde lo encontró, pretendía que Joseph lo
siguiera a ciegas sin cuestionar el destino al que se dirigían.
Con cada paso, Joseph sentía el peso de
su pantalón mojado, que se hacía más frío debido a que la tarde
estaba cayendo bastante más rápido de lo que pudo anticipar, y que
llevaba consigo una corriente de aire frío que lo golpeaba
constantemente. El suelo, no era tan homogéneo, había huecos y
grietas en muchos sitios, y en otros, peque?os cúmulos de basura
que parecían no tener sentido en un sitio como aquel. Joseph lo
pasaba por alto, y su criterio para emitir un juicio sobre aquella
ciudad estaba totalmente apagado. Su rostro bajo revelaba la
frustración de alguien quien solo se mueve por inercia, como si el
mundo lo estuviese aplastando contra el suelo buscando la manera de
mantenerlo oprimido. Sin embargo, de alguna manera lograba
contrarrestar esa emoción, gracias en parte a que el extra?o que lo
guiaba le estaba dando un propósito que aunque simple, le permitió
dejar de pensar en la tortura que representaba lo que le había
estado pasando.
La entrada de un edificio no tan alto le
generó una sensación extra?a a Joseph. En su mente, aquel sitio
podría representar ser algo muy cercano a la Torre Este, por lo que
se negó sin emitir palabra a cruzar la puerta de la entrada de aquel
edificio desgastado y gris. Su guía notó lo que estaba sucediendo,
deteniendo su marcha para volverse ligeramente. Esperó por un
momento antes de decir cualquier cosa, esperando a que Joseph
superase de alguna manera el obstáculo que le impedía seguir
avanzando. Joseph lo miró directamente, con una expresión en su
rostro que le hizo notar que aquel a quien trataba de guiar, se
estaba convirtiendo en una peque?a presa asustada incapaz de
enfrentar sus temores. El guía se volvió del todo, y con pasos
lentos pero decididos bajó los cinco escalones que antecedían la
entrada. Se paró frente a Joseph, y lo miró a los ojos. Joseph notó
que el rostro de aquel que estaba frente a sí, estaba cubierto por
una tela oscura, a excepción de sus ojos de un azul profundo que
parecían querer transmitir algo que no pudo entender en ese momento.
—Tienes que seguir avanzando —dijo
el extra?o.
Como si su garganta estuviese sellada a
cal y canto, por más que intentó emitir alguna palabra, Joseph no
pudo siquiera dejar salir el aire acumulado en sus pulmones. Se
limitó a sollozar nuevamente, mientras se resignaba a enfrentar algo
que su mente estaba creando sin basarse en otra cosa que sus miedos
latentes. Cerró los ojos, y con el antebrazo trató de limpiar las
lágrimas que le salían de los ojos de forma incontrolable. En su
hombro, el peso de algo lo alertó, pero no lo suficiente como para
tener una reacción brusca. Era la mano del guía, quien a su forma,
trató de brindarle el apoyo que quizá Joseph necesitaba para poder
seguir avanzando. Fue suficiente. Con pasos lentos pero certeros,
ambos subieron los escalones hasta la entrada, donde atravesaron las
puertas de cristal oscuro que no permitían ver lo que había dentro
del edificio. El guía se acercó primero, y las puertas se abrieron.
Joseph lo siguió, hasta darse cuenta que en la recepción, casi al
fondo, había una mujer que estaba mirándolos con una expresión
inquietantemente calmada y fría.
—Tú solo sígueme…
Las palabras del guía fueron
suficientes como para que Joseph asumiera que no debía hacer otra
cosa más que seguir sus instrucciones, y mientras se acercaban al
mostrador que estaba hecho de un metal de color marrón oscuro mate,
los ojos de Joseph no pudieron evitar mirar con mayor atención a la
recepcionista, quien tenía una piel extra?amente pulida que no supo
como interpretar. Aquella no era un mujer en toda regla, pues a pesar
de su apariencia, al estar frente a ella, su voz casi mecánica con
peque?os picos eléctricos delataron lo que para la mente de Joseph
significaba. Aquella era una máquina con forma humana. Al menos eso
le decía su propia cabeza, la cual estaba tratando de ajustar
aquella visión a lo que su nueva realidad lo empujaba. Joseph no
recordaba haber visto algo similar nunca, salvo en algunas películas
donde se buscaba representar a robots humanoides. Aquel no era el
caso. Las expresiones de aquella mujer eran indistinguibles de una
real, pero su piel plateada y pulida, junto con la forma de sus ojos,
delataban abiertamente que aquello era una máquina.
—Ingresamos a la habitación 3002
—dijo el joven que acompa?aba a Joseph.
—Su acceso está abierto hasta las
veintidós horas de hoy, se?or Hernández. Recuerde renovarlo antes
del período de cierre —dijo la mujer, captando la atención de
Joseph de inmediato debido a como sonaba su voz.
—Lo tengo presente…
—Por favor, continúen por el pasillo
hasta el elevador.
La amabilidad con la que lograba
expresarse aquella máquina era fascinante en cierta forma. Joseph
había logrado anteponer aquella fascinación sobre el miedo latente
que lo había estado consumiendo, y eso lo notó de inmediato su
guía. Al caminar por el pasillo, las luces revelaban un lugar con
apenas personalidad. No había cuadros ni adornos que pudiesen dotar
de ánimo el sitio, tan solo paredes planas con un color crema que
eran contrastadas por un piso y techo de color oscuro. Llegaron al
elevador, y sin la necesidad de presionar algún botón, las puertas
se abrieron a los pocos segundos de haber llegado. Ambos entraron en
la caja mecánica, y esperaron a que las puertas se cerrasen. Joseph
supuso que por el número de la habitación tardarían un poco en
poder llegar hasta el piso correcto, pero no fue así. Tan solo
después de diez segundos exactos, el elevador abrió sus puertas
para dejarlos salir. Joseph no pudo anticipar que aquel era el piso
en el que debían bajar, tan solo lo supo cuando su guía comenzó a
caminar para salir del elevador, con lo que su instinto comenzó a
seguirlo de inmediato.
—Subimos tantos pisos en tan solo unos
segundos…
El guía volvió la mirada ligeramente
para ver a Joseph, para luego darse cuenta de que su expresión había
cambiado a una más suave, donde las ganas de descubrir aquel sitio
parecían tener mayor dominio.
—Por fin dices algo —dijo el guía.
—Esto es desconcertante… Me cuesta
entender que sea algo real.
La confusión de Joseph era notoria,
pero no resultaba ser un problema para su guía quien parecía
entender lo que le estaba ocurriendo a Joseph mejor que él mismo.
Mientras avanzaban hasta la puerta de la habitación 3002, Joseph
estaba muy atento observando todo a su alrededor, pero en aquel
pasillo no había mucho más que detallar, salvo los números sobre
las puertas de las habitaciones. A pesar de no haber tantas como
cabría de esperarse, fueron suficientes como para mantenerlo ocupado
pensando en el minimalismo excesivo con el que estaba hecho el
edificio.
—Pronto entenderás, Joseph.
—?Cómo sabes mi nombre? —preguntó
Joseph desconcertado.
—Digamos que no es la primera vez que
nos vemos.
La expresión en el rostro de Joseph
delataba lo confundido que estaba al escuchar aquella respuesta. En
sus memorias no figuraba haber conocido en ningún momento a aquel
joven frente a él, al menos no su voz. Sin embargo, la naturalidad
con la que se expresaba aquel extra?o, causó que Joseph se sintiese
incómodo al tratar de pensar en aquello como una posibilidad real.
Si realmente se habían conocido en algún momento, podría
significar que Joseph había estado perdiendo parte de sus recuerdos,
pero algo dentro de sí le decía que aquel no era el caso. Se
mantuvo en silencio mientras la puerta de la habitación se abría.
—Te lo explicaré todo más tarde.
La cabeza de Joseph había comenzado a
llenarse de tantas preguntas que comenzaron a solaparse una sobre
otra. Su confusión era tal, que incluso había dejado de
cuestionarse si aquel sitio era más real que el anterior. En su
mente lo que realmente buscaba entender en ese preciso momento, era
la posibilidad de haber conocido de alguna forma a alguien a quien él
mismo asumía estar viendo por primera vez. De alguna manera, aquello
lo estaba empujando fuera de lo que creía saber, y su sospecha se
reafirmó cuando al cerrarse la puerta de la habitación, aquel joven
se quitó la capucha y la tela que le cubría parte del rostro.
Joseph no lo había visto nunca.
—Puedes ducharte primero. Te dejaré
ropa limpia que puedas usar.
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Sin decir nada más, Joseph asintió con
la cabeza. Aquella propuesta lo hizo consciente del estado en el que
se encontraba. Su ropa estaba llena de suciedad y polvo, sumado a la
orina seca en sus pantalones que por alguna razón no apestaba tanto
como él hubiese pensado. Se dejó guiar hasta el cuarto de ba?o,
donde al traspasar la puerta se detuvo frente al espejo. Ahí, fue
testigo de un Joseph que casi no podía reconocer. Aquel rostro
decaído, con enormes ojeras que mantenían el foco de su atención,
no le permitieron darse cuenta de cuan alborotado estaba su cabello.
Al tocarlo, se percató de lo maltrecho que estaba y de lo mucho que
necesitaba una ducha con agua tibia. Abrió la llave del lavamanos, y
juntando ambas palmas recogió algo de agua para lavarse el rostro.
Se quitó la ropa, dejándola tirada en el suelo, y se metió a la
ducha donde notó que había un indicador para regular la temperatura
del agua. Lo presionó, y de inmediato el agua comenzó a salir a la
temperatura que eligió. Aquello por si solo fue suficiente como para
que su cuerpo asumiera un estado de relajación que le permitió
mantener la calma. Joseph permaneció bajo el agua por algunos
minutos, los suficientes como para hacerlo consciente de que aquel
ba?o se sentía mucho más real de lo que hubiese deseado. Y por
primera vez en mucho tiempo, se permitió disfrutar de algo.
—Puedes cambiarte en el dormitorio
—dijo el guía.
Joseph no había notado que había otras
puertas dentro de aquel espacio. La que se le había indicado,
llevaba hasta el dormitorio donde había una cama grande que parecía
bastante cómoda. Joseph se sentó en ella, y de inmediato su cuerpo
le agradeció el gesto, entrando en un estado de relajación tal que
se quedó por varios segundos sentado sin hacer nada más. Notó que
sobre la cama había algo de ropa, incluso ropa interior en un
paquete sellado que parecía estar nueva. Abrió el paquete de
plástico, y por el olor supo que realmente estaba nueva. Sacó la
prenda y se la puso. Luego tomó el pantalón sudadera que se sentía
muy suave al tacto, que además tenía un color gris que era bastante
agradable a la vista para Joseph. Se lo puso y al estar de pie, notó
lo cómoda que era aquella ropa. Tomó la camiseta, de un color gris
similar al del pantalón y se la puso. La sensación que le produjo
el poder tener ropa limpia fue algo novedoso, que incluso le
permitió centrar más su mente para poder escuchar lo que aquel
extra?o tenía que decirle. Miró el suelo, e incluso un par de
tenis que parecían nuevos lo estaban esperando. Se los puso, y la
sensación de comodidad se incrementó. Descartó la idea de dejarse
caer sobre la cama, y salió del dormitorio para encontrarse con el
extra?o que estaba sentado en el sofá frente a una enorme pantalla
que Joseph no había visto antes.
—Te queda bastante bien esa ropa.
—Gracias…
—Está bien. Estoy seguro de que
necesitabas algo cómodo —dijo el extra?o.
—?Por qué me estás ayudando?
—preguntó Joseph sin acercarse.
—Bueno, ya nos conocemos. Es lo menos
que puedo hacer. Puedes sentarte.
Joseph se acercó con cautela. En su
cabeza la sensación de desconfianza seguía latente, pero en menor
medida que al principio. Se sentó en el sofá que estaba
sorprendentemente suave, y al quedar frente a la pantalla, se
maravilló por un momento al ver la gran definición de la imagen que
mostraba. En aquel aparato, con un sonido muy bajo, se estaba
proyectando algún tipo de comercial donde anunciaban lo que Joseph
creyó eran bebidas. Dejó de prestar atención a la pantalla, y se
volvió ligeramente para seguir interrogando a aquel que lo
acompa?aba.
—Debería saber tu nombre al menos, si
ya nos conocemos —dijo Joseph.
—Tienes razón, soy Rubén.
—No recuerdo habernos conocido…
—Eso puede tener una explicación no
tan convincente.
—?A qué te refieres? —preguntó
Joseph, con toda su atención puesta en Rubén.
—Es porque nos conocimos en el futuro.
Rubén supo que sus palabras habían
sembrado en Joseph algo más fuerte que la incertidumbre. La
expresión de Joseph le mostró la profunda confusión en la que se
había sumergido tratando de entender a lo que él se refería, pero
tan solo le permitió permanecer allí por algunos segundos antes de
comenzar a aclarar lo que sus palabras significaban.
—Esta no es la única línea de la
realidad que existe, Joseph. Hay más. Y con ellas, más de nosotros.
—No entiendo a que te refieres… ?más
de nosotros?
—Sí. Entiendo lo difícil que es de
creer, incluso para mí lo fue. Pero es verdad. Gracias a eso supe
donde encontrarte.
—?Quieres decir que ya he estado
aquí?
—Así es. No sé cuantas veces, pero
si ha ocurrido antes, en tú futuro.
—Eso no tiene sentido.
Joseph se levantó intentando construir
en su cabeza una respuesta lógica ante aquella revelación que le
hacía Rubén. Para él, nada de lo que decía podía ser cierto,
pues el se encontraba ahí mismo, ajeno a todo lo que en realidad
estaba pasando, creyendo que aquello no era más que un sue?o, que
por alguna razón se sentía tan real como el mundo del que había
partido. Sin embargo, algo dentro de sí mismo lo impulsaba a creer
lo que Rubén le decía, como si aquellas palabras fuesen las piezas
clave para pode seguir transitando hasta encontrar la salida de
aquel laberinto en el que se había metido sin intención.
—Sé que no es fácil comprenderlo,
pero lo harás —dijo Rubén.
—?Cómo es posible qué esté aquí,
después de habernos encontrado en el futuro? —preguntó Joseph,
siendo consciente de que esa pregunta no tenía ningún sentido.
—Hasta ahora, sabemos que distintas
realidades se están superponiendo entre sí. Por eso no has parado
de atravesar frontera tras frontera. No sabemos la causa, pero está
sucediendo.
—?Sabemos?
—Sí. No soy el único que está
consciente de lo que está pasando. Luego conocerás al resto.
—?Qué se supone qué son? Esto no
tiene ningún sentido.
Rubén notó que Joseph estaba más
alterado de lo que pudo anticipar. Lo invitó a sentarse nuevamente,
lo cual él aceptó. Le dijo que tratase de respirar más
calmadamente para que pudiese asimilar la información, lo que causó
que Joseph se diese cuenta de la enorme ansiedad que aquello le
estaba produciendo. Se detuvo por un momento, y con los ojos abiertos
de par en par, se esforzó por nivelar su respiración hasta un punto
dende fue capaz de manejar mejor sus emociones. Dejó escapar una
lágrima fina que limpió de inmediato en cuanto resbaló por su
piel.
—Nosotros hemos pensado que somos
alguna especie de exploradores oníricos. Todo esto fue realmente
confuso al principio, pues al igual que tú, creíamos ciegamente que
solo se trataba de un sue?o muy lúcido, pero la forma en que
sentimos las cosas, y como las experimentamos, nos hizo darnos cuenta
de que no era simplemente un sue?o. Esto es algo más complejo.
—?También lo notaste? —preguntó
Joseph más calmado.
—Sí, y también traté de escapar.
—?Cómo es posible qué algo así
esté pasando?…
—No lo sabemos, pero tú si lo sabías.
Puedes llegar a descubrirlo de nuevo.
Para Joseph, tratar de entender que
aquello que estaba experimentando, era algo que para Rubén ya había
ocurrido en lo que para sí era un futuro incierto, y que además, se
estaba convirtiendo en una tormenta que amenazaba su cordura de forma
latente. Aquella superposición de realidades podría explicar de
forma clara lo que sus experiencias le habían mostrado, pero no era
tan sencillo de asimilar, pues en su cabeza todo aquello seguía
formando parte de un sue?o muy prolongado que se sentía bastante
real, sin formar parte de la realidad misma. Aún así, tenía muy
claro que había un detalle que no podía dejar pasar por alto, pues
esa se?al era inequívoca de que la realidad estaba implícita de
alguna manera en ese mundo que estaba experimentando.
—?Has experimentado dolor estando
aquí? —preguntó Joseph.
—Todos lo hemos hecho. Se supone que
en un sue?o lúcido incluso, los receptores de dolor del cuerpo no
deberían ser capaces de activarse, pero está sucediendo.
—Esto no tiene ningún sentido. Tiene
que haber alguna manera de explicar lo que está pasando…
—Debes acompa?arnos, Joseph. Estando
juntos aumentamos las posibilidades de encontrar una respuesta a todo
esto —dijo Rubén con un tono serio.
—Antes de llegar aquí, ?sabes lo qué
tuve que atravesar?
—Lo mencionaste alguna vez. Dijiste
que había algo que te estaba persiguiendo. Que perdiste a amigos
preciados…
—Entonces lo saben…
—Esas proyecciones nos han perseguido
a todos —dijo Rubén en voz baja—. Algunos cayeron presa de sus
propios miedos, pero hay algo común, las proyecciones tienen
similitudes.
—?A qué te refieres?
—Que lo que sea que esté
persiguiéndonos, no es producto de nosotros mismos. Hay algo más
que deambula entre las distintas realidades acechándonos. Berta dice
que esa podría ser la razón de que las realidades se estén
solapando.
—Podríamos ser el alimento de esa
cosa… —susurró Joseph.
—No deberías sacar conclusiones tan
aceleradas, Joseph. Cuando conozcas a los demás, te mostraremos
algunas cosas que hemos descubierto.
Joseph trató de mantener su pensamiento
a raya, evitando dejarse llevar por lo que creía podría explicar su
estadía continua en aquello que consideraba un sue?o. Sin embargo,
no descartó la idea de que no fuese otra cosa que algo que su mente
estaba fabricando por alguna razón, pues mucho de lo que Rubén
había mencionado, no era posible considerarlo como real, al menos no
en el mundo que él conocía. Se mantuvo en silencio, esperando que
aquella conversación se asentase de alguna forma en sus adentros.
—Estaremos hasta las veintidós horas
aquí. Luego iremos hasta donde están los demás.
Joseph asintió, notando que en una de
las paredes había un reloj digital que marcaba el tiempo. Supo
entonces que le quedaba poco menos de una hora para asentar su
pensamiento. En la pantalla frente a aquellos dos, seguían
proyectándose imágenes de comerciales lo suficientemente atractivos
como para cautivarlos por un instante. Joseph notó algo peculiar en
uno de ellos. Un rostro familiar que activó su memoria y lo mantuvo
alerta mientras el comercial se reflejaba en sus ojos.

