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Capítulo V - El Ojo del Huracán

  Joseph no quiso anticiparse a lo que

  encontraría al cruzar el callejón oscuro que carecía de letreros

  con luces de neón, como los que había estado viendo antes de llegar

  a aquel sitio. Su guía, un joven que parecía tener su edad debido

  al timbre de su voz, no había cruzado mayor palabra con Joseph.

  Simplemente avanzaba, y con la única indicación clara que le había

  dado en el lugar donde lo encontró, pretendía que Joseph lo

  siguiera a ciegas sin cuestionar el destino al que se dirigían.

  Con cada paso, Joseph sentía el peso de

  su pantalón mojado, que se hacía más frío debido a que la tarde

  estaba cayendo bastante más rápido de lo que pudo anticipar, y que

  llevaba consigo una corriente de aire frío que lo golpeaba

  constantemente. El suelo, no era tan homogéneo, había huecos y

  grietas en muchos sitios, y en otros, peque?os cúmulos de basura

  que parecían no tener sentido en un sitio como aquel. Joseph lo

  pasaba por alto, y su criterio para emitir un juicio sobre aquella

  ciudad estaba totalmente apagado. Su rostro bajo revelaba la

  frustración de alguien quien solo se mueve por inercia, como si el

  mundo lo estuviese aplastando contra el suelo buscando la manera de

  mantenerlo oprimido. Sin embargo, de alguna manera lograba

  contrarrestar esa emoción, gracias en parte a que el extra?o que lo

  guiaba le estaba dando un propósito que aunque simple, le permitió

  dejar de pensar en la tortura que representaba lo que le había

  estado pasando.

  La entrada de un edificio no tan alto le

  generó una sensación extra?a a Joseph. En su mente, aquel sitio

  podría representar ser algo muy cercano a la Torre Este, por lo que

  se negó sin emitir palabra a cruzar la puerta de la entrada de aquel

  edificio desgastado y gris. Su guía notó lo que estaba sucediendo,

  deteniendo su marcha para volverse ligeramente. Esperó por un

  momento antes de decir cualquier cosa, esperando a que Joseph

  superase de alguna manera el obstáculo que le impedía seguir

  avanzando. Joseph lo miró directamente, con una expresión en su

  rostro que le hizo notar que aquel a quien trataba de guiar, se

  estaba convirtiendo en una peque?a presa asustada incapaz de

  enfrentar sus temores. El guía se volvió del todo, y con pasos

  lentos pero decididos bajó los cinco escalones que antecedían la

  entrada. Se paró frente a Joseph, y lo miró a los ojos. Joseph notó

  que el rostro de aquel que estaba frente a sí, estaba cubierto por

  una tela oscura, a excepción de sus ojos de un azul profundo que

  parecían querer transmitir algo que no pudo entender en ese momento.

  —Tienes que seguir avanzando —dijo

  el extra?o.

  Como si su garganta estuviese sellada a

  cal y canto, por más que intentó emitir alguna palabra, Joseph no

  pudo siquiera dejar salir el aire acumulado en sus pulmones. Se

  limitó a sollozar nuevamente, mientras se resignaba a enfrentar algo

  que su mente estaba creando sin basarse en otra cosa que sus miedos

  latentes. Cerró los ojos, y con el antebrazo trató de limpiar las

  lágrimas que le salían de los ojos de forma incontrolable. En su

  hombro, el peso de algo lo alertó, pero no lo suficiente como para

  tener una reacción brusca. Era la mano del guía, quien a su forma,

  trató de brindarle el apoyo que quizá Joseph necesitaba para poder

  seguir avanzando. Fue suficiente. Con pasos lentos pero certeros,

  ambos subieron los escalones hasta la entrada, donde atravesaron las

  puertas de cristal oscuro que no permitían ver lo que había dentro

  del edificio. El guía se acercó primero, y las puertas se abrieron.

  Joseph lo siguió, hasta darse cuenta que en la recepción, casi al

  fondo, había una mujer que estaba mirándolos con una expresión

  inquietantemente calmada y fría.

  —Tú solo sígueme…

  Las palabras del guía fueron

  suficientes como para que Joseph asumiera que no debía hacer otra

  cosa más que seguir sus instrucciones, y mientras se acercaban al

  mostrador que estaba hecho de un metal de color marrón oscuro mate,

  los ojos de Joseph no pudieron evitar mirar con mayor atención a la

  recepcionista, quien tenía una piel extra?amente pulida que no supo

  como interpretar. Aquella no era un mujer en toda regla, pues a pesar

  de su apariencia, al estar frente a ella, su voz casi mecánica con

  peque?os picos eléctricos delataron lo que para la mente de Joseph

  significaba. Aquella era una máquina con forma humana. Al menos eso

  le decía su propia cabeza, la cual estaba tratando de ajustar

  aquella visión a lo que su nueva realidad lo empujaba. Joseph no

  recordaba haber visto algo similar nunca, salvo en algunas películas

  donde se buscaba representar a robots humanoides. Aquel no era el

  caso. Las expresiones de aquella mujer eran indistinguibles de una

  real, pero su piel plateada y pulida, junto con la forma de sus ojos,

  delataban abiertamente que aquello era una máquina.

  —Ingresamos a la habitación 3002

  —dijo el joven que acompa?aba a Joseph.

  —Su acceso está abierto hasta las

  veintidós horas de hoy, se?or Hernández. Recuerde renovarlo antes

  del período de cierre —dijo la mujer, captando la atención de

  Joseph de inmediato debido a como sonaba su voz.

  —Lo tengo presente…

  —Por favor, continúen por el pasillo

  hasta el elevador.

  La amabilidad con la que lograba

  expresarse aquella máquina era fascinante en cierta forma. Joseph

  había logrado anteponer aquella fascinación sobre el miedo latente

  que lo había estado consumiendo, y eso lo notó de inmediato su

  guía. Al caminar por el pasillo, las luces revelaban un lugar con

  apenas personalidad. No había cuadros ni adornos que pudiesen dotar

  de ánimo el sitio, tan solo paredes planas con un color crema que

  eran contrastadas por un piso y techo de color oscuro. Llegaron al

  elevador, y sin la necesidad de presionar algún botón, las puertas

  se abrieron a los pocos segundos de haber llegado. Ambos entraron en

  la caja mecánica, y esperaron a que las puertas se cerrasen. Joseph

  supuso que por el número de la habitación tardarían un poco en

  poder llegar hasta el piso correcto, pero no fue así. Tan solo

  después de diez segundos exactos, el elevador abrió sus puertas

  para dejarlos salir. Joseph no pudo anticipar que aquel era el piso

  en el que debían bajar, tan solo lo supo cuando su guía comenzó a

  caminar para salir del elevador, con lo que su instinto comenzó a

  seguirlo de inmediato.

  —Subimos tantos pisos en tan solo unos

  segundos…

  El guía volvió la mirada ligeramente

  para ver a Joseph, para luego darse cuenta de que su expresión había

  cambiado a una más suave, donde las ganas de descubrir aquel sitio

  parecían tener mayor dominio.

  —Por fin dices algo —dijo el guía.

  —Esto es desconcertante… Me cuesta

  entender que sea algo real.

  La confusión de Joseph era notoria,

  pero no resultaba ser un problema para su guía quien parecía

  entender lo que le estaba ocurriendo a Joseph mejor que él mismo.

  Mientras avanzaban hasta la puerta de la habitación 3002, Joseph

  estaba muy atento observando todo a su alrededor, pero en aquel

  pasillo no había mucho más que detallar, salvo los números sobre

  las puertas de las habitaciones. A pesar de no haber tantas como

  cabría de esperarse, fueron suficientes como para mantenerlo ocupado

  pensando en el minimalismo excesivo con el que estaba hecho el

  edificio.

  —Pronto entenderás, Joseph.

  —?Cómo sabes mi nombre? —preguntó

  Joseph desconcertado.

  —Digamos que no es la primera vez que

  nos vemos.

  La expresión en el rostro de Joseph

  delataba lo confundido que estaba al escuchar aquella respuesta. En

  sus memorias no figuraba haber conocido en ningún momento a aquel

  joven frente a él, al menos no su voz. Sin embargo, la naturalidad

  con la que se expresaba aquel extra?o, causó que Joseph se sintiese

  incómodo al tratar de pensar en aquello como una posibilidad real.

  Si realmente se habían conocido en algún momento, podría

  significar que Joseph había estado perdiendo parte de sus recuerdos,

  pero algo dentro de sí le decía que aquel no era el caso. Se

  mantuvo en silencio mientras la puerta de la habitación se abría.

  —Te lo explicaré todo más tarde.

  La cabeza de Joseph había comenzado a

  llenarse de tantas preguntas que comenzaron a solaparse una sobre

  otra. Su confusión era tal, que incluso había dejado de

  cuestionarse si aquel sitio era más real que el anterior. En su

  mente lo que realmente buscaba entender en ese preciso momento, era

  la posibilidad de haber conocido de alguna forma a alguien a quien él

  mismo asumía estar viendo por primera vez. De alguna manera, aquello

  lo estaba empujando fuera de lo que creía saber, y su sospecha se

  reafirmó cuando al cerrarse la puerta de la habitación, aquel joven

  se quitó la capucha y la tela que le cubría parte del rostro.

  Joseph no lo había visto nunca.

  —Puedes ducharte primero. Te dejaré

  ropa limpia que puedas usar.

  You might be reading a stolen copy. Visit Royal Road for the authentic version.

  Sin decir nada más, Joseph asintió con

  la cabeza. Aquella propuesta lo hizo consciente del estado en el que

  se encontraba. Su ropa estaba llena de suciedad y polvo, sumado a la

  orina seca en sus pantalones que por alguna razón no apestaba tanto

  como él hubiese pensado. Se dejó guiar hasta el cuarto de ba?o,

  donde al traspasar la puerta se detuvo frente al espejo. Ahí, fue

  testigo de un Joseph que casi no podía reconocer. Aquel rostro

  decaído, con enormes ojeras que mantenían el foco de su atención,

  no le permitieron darse cuenta de cuan alborotado estaba su cabello.

  Al tocarlo, se percató de lo maltrecho que estaba y de lo mucho que

  necesitaba una ducha con agua tibia. Abrió la llave del lavamanos, y

  juntando ambas palmas recogió algo de agua para lavarse el rostro.

  Se quitó la ropa, dejándola tirada en el suelo, y se metió a la

  ducha donde notó que había un indicador para regular la temperatura

  del agua. Lo presionó, y de inmediato el agua comenzó a salir a la

  temperatura que eligió. Aquello por si solo fue suficiente como para

  que su cuerpo asumiera un estado de relajación que le permitió

  mantener la calma. Joseph permaneció bajo el agua por algunos

  minutos, los suficientes como para hacerlo consciente de que aquel

  ba?o se sentía mucho más real de lo que hubiese deseado. Y por

  primera vez en mucho tiempo, se permitió disfrutar de algo.

  —Puedes cambiarte en el dormitorio

  —dijo el guía.

  Joseph no había notado que había otras

  puertas dentro de aquel espacio. La que se le había indicado,

  llevaba hasta el dormitorio donde había una cama grande que parecía

  bastante cómoda. Joseph se sentó en ella, y de inmediato su cuerpo

  le agradeció el gesto, entrando en un estado de relajación tal que

  se quedó por varios segundos sentado sin hacer nada más. Notó que

  sobre la cama había algo de ropa, incluso ropa interior en un

  paquete sellado que parecía estar nueva. Abrió el paquete de

  plástico, y por el olor supo que realmente estaba nueva. Sacó la

  prenda y se la puso. Luego tomó el pantalón sudadera que se sentía

  muy suave al tacto, que además tenía un color gris que era bastante

  agradable a la vista para Joseph. Se lo puso y al estar de pie, notó

  lo cómoda que era aquella ropa. Tomó la camiseta, de un color gris

  similar al del pantalón y se la puso. La sensación que le produjo

  el poder tener ropa limpia fue algo novedoso, que incluso le

  permitió centrar más su mente para poder escuchar lo que aquel

  extra?o tenía que decirle. Miró el suelo, e incluso un par de

  tenis que parecían nuevos lo estaban esperando. Se los puso, y la

  sensación de comodidad se incrementó. Descartó la idea de dejarse

  caer sobre la cama, y salió del dormitorio para encontrarse con el

  extra?o que estaba sentado en el sofá frente a una enorme pantalla

  que Joseph no había visto antes.

  —Te queda bastante bien esa ropa.

  —Gracias…

  —Está bien. Estoy seguro de que

  necesitabas algo cómodo —dijo el extra?o.

  —?Por qué me estás ayudando?

  —preguntó Joseph sin acercarse.

  —Bueno, ya nos conocemos. Es lo menos

  que puedo hacer. Puedes sentarte.

  Joseph se acercó con cautela. En su

  cabeza la sensación de desconfianza seguía latente, pero en menor

  medida que al principio. Se sentó en el sofá que estaba

  sorprendentemente suave, y al quedar frente a la pantalla, se

  maravilló por un momento al ver la gran definición de la imagen que

  mostraba. En aquel aparato, con un sonido muy bajo, se estaba

  proyectando algún tipo de comercial donde anunciaban lo que Joseph

  creyó eran bebidas. Dejó de prestar atención a la pantalla, y se

  volvió ligeramente para seguir interrogando a aquel que lo

  acompa?aba.

  —Debería saber tu nombre al menos, si

  ya nos conocemos —dijo Joseph.

  —Tienes razón, soy Rubén.

  —No recuerdo habernos conocido…

  —Eso puede tener una explicación no

  tan convincente.

  —?A qué te refieres? —preguntó

  Joseph, con toda su atención puesta en Rubén.

  —Es porque nos conocimos en el futuro.

  Rubén supo que sus palabras habían

  sembrado en Joseph algo más fuerte que la incertidumbre. La

  expresión de Joseph le mostró la profunda confusión en la que se

  había sumergido tratando de entender a lo que él se refería, pero

  tan solo le permitió permanecer allí por algunos segundos antes de

  comenzar a aclarar lo que sus palabras significaban.

  —Esta no es la única línea de la

  realidad que existe, Joseph. Hay más. Y con ellas, más de nosotros.

  —No entiendo a que te refieres… ?más

  de nosotros?

  —Sí. Entiendo lo difícil que es de

  creer, incluso para mí lo fue. Pero es verdad. Gracias a eso supe

  donde encontrarte.

  —?Quieres decir que ya he estado

  aquí?

  —Así es. No sé cuantas veces, pero

  si ha ocurrido antes, en tú futuro.

  —Eso no tiene sentido.

  Joseph se levantó intentando construir

  en su cabeza una respuesta lógica ante aquella revelación que le

  hacía Rubén. Para él, nada de lo que decía podía ser cierto,

  pues el se encontraba ahí mismo, ajeno a todo lo que en realidad

  estaba pasando, creyendo que aquello no era más que un sue?o, que

  por alguna razón se sentía tan real como el mundo del que había

  partido. Sin embargo, algo dentro de sí mismo lo impulsaba a creer

  lo que Rubén le decía, como si aquellas palabras fuesen las piezas

  clave para pode seguir transitando hasta encontrar la salida de

  aquel laberinto en el que se había metido sin intención.

  —Sé que no es fácil comprenderlo,

  pero lo harás —dijo Rubén.

  —?Cómo es posible qué esté aquí,

  después de habernos encontrado en el futuro? —preguntó Joseph,

  siendo consciente de que esa pregunta no tenía ningún sentido.

  —Hasta ahora, sabemos que distintas

  realidades se están superponiendo entre sí. Por eso no has parado

  de atravesar frontera tras frontera. No sabemos la causa, pero está

  sucediendo.

  —?Sabemos?

  —Sí. No soy el único que está

  consciente de lo que está pasando. Luego conocerás al resto.

  —?Qué se supone qué son? Esto no

  tiene ningún sentido.

  Rubén notó que Joseph estaba más

  alterado de lo que pudo anticipar. Lo invitó a sentarse nuevamente,

  lo cual él aceptó. Le dijo que tratase de respirar más

  calmadamente para que pudiese asimilar la información, lo que causó

  que Joseph se diese cuenta de la enorme ansiedad que aquello le

  estaba produciendo. Se detuvo por un momento, y con los ojos abiertos

  de par en par, se esforzó por nivelar su respiración hasta un punto

  dende fue capaz de manejar mejor sus emociones. Dejó escapar una

  lágrima fina que limpió de inmediato en cuanto resbaló por su

  piel.

  —Nosotros hemos pensado que somos

  alguna especie de exploradores oníricos. Todo esto fue realmente

  confuso al principio, pues al igual que tú, creíamos ciegamente que

  solo se trataba de un sue?o muy lúcido, pero la forma en que

  sentimos las cosas, y como las experimentamos, nos hizo darnos cuenta

  de que no era simplemente un sue?o. Esto es algo más complejo.

  —?También lo notaste? —preguntó

  Joseph más calmado.

  —Sí, y también traté de escapar.

  —?Cómo es posible qué algo así

  esté pasando?…

  —No lo sabemos, pero tú si lo sabías.

  Puedes llegar a descubrirlo de nuevo.

  Para Joseph, tratar de entender que

  aquello que estaba experimentando, era algo que para Rubén ya había

  ocurrido en lo que para sí era un futuro incierto, y que además, se

  estaba convirtiendo en una tormenta que amenazaba su cordura de forma

  latente. Aquella superposición de realidades podría explicar de

  forma clara lo que sus experiencias le habían mostrado, pero no era

  tan sencillo de asimilar, pues en su cabeza todo aquello seguía

  formando parte de un sue?o muy prolongado que se sentía bastante

  real, sin formar parte de la realidad misma. Aún así, tenía muy

  claro que había un detalle que no podía dejar pasar por alto, pues

  esa se?al era inequívoca de que la realidad estaba implícita de

  alguna manera en ese mundo que estaba experimentando.

  —?Has experimentado dolor estando

  aquí? —preguntó Joseph.

  —Todos lo hemos hecho. Se supone que

  en un sue?o lúcido incluso, los receptores de dolor del cuerpo no

  deberían ser capaces de activarse, pero está sucediendo.

  —Esto no tiene ningún sentido. Tiene

  que haber alguna manera de explicar lo que está pasando…

  —Debes acompa?arnos, Joseph. Estando

  juntos aumentamos las posibilidades de encontrar una respuesta a todo

  esto —dijo Rubén con un tono serio.

  —Antes de llegar aquí, ?sabes lo qué

  tuve que atravesar?

  —Lo mencionaste alguna vez. Dijiste

  que había algo que te estaba persiguiendo. Que perdiste a amigos

  preciados…

  —Entonces lo saben…

  —Esas proyecciones nos han perseguido

  a todos —dijo Rubén en voz baja—. Algunos cayeron presa de sus

  propios miedos, pero hay algo común, las proyecciones tienen

  similitudes.

  —?A qué te refieres?

  —Que lo que sea que esté

  persiguiéndonos, no es producto de nosotros mismos. Hay algo más

  que deambula entre las distintas realidades acechándonos. Berta dice

  que esa podría ser la razón de que las realidades se estén

  solapando.

  —Podríamos ser el alimento de esa

  cosa… —susurró Joseph.

  —No deberías sacar conclusiones tan

  aceleradas, Joseph. Cuando conozcas a los demás, te mostraremos

  algunas cosas que hemos descubierto.

  Joseph trató de mantener su pensamiento

  a raya, evitando dejarse llevar por lo que creía podría explicar su

  estadía continua en aquello que consideraba un sue?o. Sin embargo,

  no descartó la idea de que no fuese otra cosa que algo que su mente

  estaba fabricando por alguna razón, pues mucho de lo que Rubén

  había mencionado, no era posible considerarlo como real, al menos no

  en el mundo que él conocía. Se mantuvo en silencio, esperando que

  aquella conversación se asentase de alguna forma en sus adentros.

  —Estaremos hasta las veintidós horas

  aquí. Luego iremos hasta donde están los demás.

  Joseph asintió, notando que en una de

  las paredes había un reloj digital que marcaba el tiempo. Supo

  entonces que le quedaba poco menos de una hora para asentar su

  pensamiento. En la pantalla frente a aquellos dos, seguían

  proyectándose imágenes de comerciales lo suficientemente atractivos

  como para cautivarlos por un instante. Joseph notó algo peculiar en

  uno de ellos. Un rostro familiar que activó su memoria y lo mantuvo

  alerta mientras el comercial se reflejaba en sus ojos.

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