Un sonido muy familiar y casi repetitivo
se cruzó por el oído de Joseph, sacándolo de su profundo sue?o.
Despertó casi de inmediato, cuando se dio cuenta de que había algo
que no era del todo familiar a pesar de conocer muy bien aquel
sonido. Abrió los ojos, y se dio cuenta de que estaba encorvado casi
a punto de caerse de la silla. Se irguió mientras permanecía
sentado, y su espalda le recordó lo frágil que puede ser si no la
trata con cuidado. Sus brazos estaban acalambrados, como consecuencia
de haber permanecido mucho tiempo caídos sin reposar directamente
sobre ninguna cosa. Miró a su alrededor, notando que las lámparas
seguían encendidas en todo el lugar. El sonido de las gotas cayendo
había desaparecido, y en su lugar, un silencio ensordecedor reinaba
en la habitación donde apenas se sentía cómodo. Se levantó y
comenzó a caminar en dirección a un lugar que recordaba bastante
bien.
—Esto sigue siendo un sue?o…
—susurró.
Después de haber sacado todos los
libros de la estantería, se dedicó a tratar de encontrar el botón
que intuía sobresalía de la madera. No lo encontró. Revisó
minuciosamente cada espacio en la superficie de los niveles de aquel
mueble, pero no había nada en ellos. Los libros reposaban de forma
desordenada en el suelo, justo a un lado de sus pies. Los miró y
lamentó dejarlos así, por lo que se dedico con un aire de decepción
a levantarlos para ordenarlos de nuevo en la estantería. No se
detuvo a detallarlos, pero si consideró que debían contener
información importante, por lo que decidió abrir uno de ellos para
ver lo que contenía. Solo páginas vacías, de un color amarillento
antiguo, como si el tiempo les hubiese cobrado el precio de la
existencia. Lo cerró y lo introdujo en la estantería, para luego
recoger otro del suelo que abrió antes de depoositarlo en aquel
mueble. El resultado fue el mismo, y así con otros que se obligó a
abrir solo para comprobar que no habría diferencia.
Como un reo que no es capaz de encontrar
la calma entre la simpleza de la jaula que lo mantine cautivo, Joseph
comenzaba a impacientarse después de recorrer cada rincón de
aquella habitación. Por más que pensaba en la posibilidad de que
aquello fuese en realidad un parte de su mundo, en lugar de un sue?o
como lo había pensado desde el principio, algo no terminaba de
encajar. Incluso teniendo aquellos episodios de dolor que acompa?an
ciertas acciones, en su mente no había razones claras como para
creer que un sitio como aquel pudiese existir, y menos con aquellas
criaturas que recordaba haber visto. Levantó la mano para llevarla
hasta su cabeza, se rascó suavemente la sien, como si tratase de
rebuscar entre sus ideas alguna que le pudiese ayudar a salir de
aquella situación. Se giró para ir hasta donde estaba la silla, y
entonces vio algo que había ignorado. Realmente, no recordaba haber
visto antes aquella puerta en el suelo. Creyó que había aparecido
de la nada, pero al mismo tiempo su mente le decía que había una
posibilidad muy alta de que en realidad la hubiese ignorado. Se
acercó, y se agachó para comprobar que fuese real.
—Es madera —dijo.
Se dio cuenta de que tenía una
agarradera de metal que le serviría para comprobar si podría
abrirse, por lo que se levantó sosteniéndola. La puerta se elevó
con él, y con un poco más de esfuerzo, terminó de abrirla por
completo, revelando una escalera vertical que descendía por un
espacio reducido que llevaba a un sitio que no podía saber. Joseph
se detuvo a analizar lo que debería hacer, pero sus opciones
limitadas lo empujaban a tomar aquel camino como la única opción
viable. Antes de bajar, se acercó hasta donde había una de las
lámparas de aceite, que tomó para llevarla consigo por aquel sitio
oscuro. Se acercó hasta la abertura en el suelo, y como si fuese
posible, acercó la lámpara para tratar de ver que había en la
profundidad de aquella oscuridad. No hubo resultado. La luz de la
lámpara no era lo suficientemente brillante como para revelar algo.
Se armó de valor, y comenzó a bajar con cuidado por aquella
escalera que no parecía ser tan firme.
Abajo, un pasillo recto con paredes de
concreto y un techo apenas visible, lo encerraban hasta llevarlo al
otro lado donde había una puerta de madera ligera. Tuvo una
sensación de deja vu, por lo que no bajó la guardia al acercarse a
la puerta. Mantuvo la lámpara elevada para poder ver lo que sea que
hubiese del otro lado, aún a sabiendas que eso no sería suficiente
como para frenar lo que le esperaba. Acercó la mano al pomo de la
puerta, y lo apretó con nerviosismo para girarlo. La puerta hizo un
sonido que le indicó que podía empujarla para que se abriese por
completo. El sonido chirriante de las bisagras delataba su intención,
y en su pensamiento se formó algo parecido a la sensación de
persecución, que lo obligó a revisar por detrás donde terminaba la
escalera por la que había bajado. No había nada. El sudor siguió
resbalando por su frente, acumulándose en las cejas y en el labio
superior.
—Vamos, Joseph. Tú puedes… —susurró
para sí mismo, buscando darse alientos.
Del otro lado de la puerta, lo esperaba
una habitación apenas iluminada. Otra lámpara más o menos similar
se encontraba del otro lado de la habitación sobre una peque?a
cómoda. En el centro, un escritorio de madera de aspecto antiguo le
permitió colocar la lámpara que llevaba entre sus manos, y donde
pudo observar algunos documentos que contenían escritos en una
lengua que desconocía, además de dibujos de edificios y máquinas.
Le tomó especial atención a una hoja de color crema que tenía una
inscripción que pudo reconocer. La acercó a la lámpara para ver
mejor aquel papel, y las letras revelaron el nombre de un sitio que
conocía bien, la Torre Este. El dibujo era imposible de confundir, y
a su lado, la Torre Oeste. Jospeh sintió una corazonada, pero no
pudo explicarse el por qué de aquellos planos. Dejó la hoja de
papel sobre la mesa, y tomó la lámpara para poder ver mejor los
extremos de la habitación, y al acercarse a una de las paredes se
dio cuenta de que había una puerta de color blanco pálido sin
pestillo. La empujó con suavidad, y la puerta se abrió como si el
viento la estuviese meciendo.
—Creo que puedo salir de aquí.
Joseph se convenció de que estaba en el
edificio que había visto en el dibujo. Sin embargo, no podía estar
del todo seguro si era realmente así debido a que nunca había
estado dentro de aquellas torres. Aún así, decidió confiar en su
corazonada, y pese a que la oscuridad en el lugar era bastante
profunda, apostó por explorar el interior de la torre acompa?ado de
aquella lámpara de aceite que no podía proveerle mucha claridad.
Con la mano temblorosa, se acercó hasta una pared en el pasillo que
lo llevaría de puerta en puerta. Incluso sabiendo que había otras
habitaciones en el lugar, se mantuvo ajeno a la necesidad de
encontrar a alguien más que le demandaba su propio interior. Por el
contrario, había decidido que su prioridad consistía en bajar hasta
el primer piso para intentar salir del edificio hasta la calle.
Las escaleras de concreto no eran tan
estrechas como creyó que serían. Después de estar andando por
algunos minutos sin poder ver con claridad lo que había más
adelante, se encontró con la abertura en la pared que conducía a
las escaleras. Agradeció por tener la oportunidad de continuar con
su objetivo, y sin detenerse, comenzó a bajar con cuidado cada
escalón. Dieciocho escalones contó antes de encontrarse con suelo
plano, para girar sobre su izquierda y continuar bajando hasta la
siguiente planta. Entre la oscuridad y la poca luz que le ofrecía la
lámpara, no pude saber con exactitud en que piso se encontraba, y es
que no había ninguna se?al que pudiese usar de referencia para
salir de tal incógnita. Aún así, había contado que en su descenso
llevaba unos ocho pisos, y la sensación de estar lejos del primero
se encontraba aún lejos. Siguió avanzando, y al llegar al escalón
dieciocho del noveno piso que bajaba, la llama en la lámpara comenzó
a atenuarse como si la oscuridad estuviese reclamando la luz en ella.
Joseph se alarmó, y su corazón no le fue indiferente. Comenzó a
escuchar como un golpeteo de tambores resonaba en sus adentros,
producto de los latidos que no paraban de acelerar. Continuó
avanzando como por instinto, y la llama recuperó su brillo
nuevamente cuando estaba por bajar el primer escalón de ese piso.
Unauthorized duplication: this tale has been taken without consent. Report sightings.
—No sigas…
El sonido de una voz suave que se coló
en sus oídos lo hizo voltear. No había nada más que oscuridad, y
la luz que le ofrecía la lámpara en su mano no le brindó ningún
sosciego cuando no hubo nada que iluminar. Joseph comenzó a sudar
como nunca antes lo había hecho, y por primera vez sintió como
incluso su pecho y estómago estaban completamente empapados por el
sudor que no paraba de salir. Se giró nuevamente en dirección a los
escalones, y continuó bajando sin detenerse, ignoraando lo que creyó
haber escuchado. Cada escalón le otorgaba la incertidumbre de saber
en qué piso se encontraba realmente, y al mismo tiempo, sentía que
su mente le jugaba peque?as trampas donde creía que encontraría a
algo o alguien parado en el siguiente nivel. Sus manos temblorosas
delataban que el nerviosismo no era lo único que le recorría el
pecho, sino que su propia mente le estaba haciendo creer cosas que no
podía notar como reales o irreales. Incluso la idea de que aquello
fuese un sue?o se escapaba por momentos hasta casi abandonarlo del
todo.
En el duodécimo piso por fin vio algo
que lo llenó de tranquilidad. Un letrero de color marrón con letras
blancas se dejó iluminar mientras iba bajando los escalones. En él,
el número veinticinco estaba dibujado muy finamente. Tuvo una
respuesta que su mente necesitaba para calmarse, y de alguna manera
poder acoplarse a la realidad que lo sumergía. Estaba a veinticinco
pisos de poder salir de aquel infierno que lo estaba consumiendo, y
eso era algo que le estaba ayudando a mantenerse firme. Joseph tomó
con mayor firmeza la lámpara y la alejó un poco más, permitiéndose
ver los escalones un poco más lejos. La voz que creyó haber oído
no se presentó de nuevo, y con ello, su confianza creció lo
suficiente como para simplemente enfocarse en gastar la energía que
le demandaba el seguir bajando de forma continua por aquella
escalera.
—Puedo salir de aquí… —susurró
Aquellas palabras suaves que llegaron a
sus oídos, le permitieron romper con el silencio inquietante que
formaba parte de aquel sitio, pues incluso sus pasos eran lo
suficientemente cautos como para no producir mayor sonido mientras
pisaba los escalones. Con eso, sus latidos descendieron,
permitiéndole mantener la calma de una forma más constante, donde
incluso el sudor había comenzado a detenerse.
—No te detengas…
Una nueva voz le susurró al oído. Como
si alguien se hubiese acercado lo suficiente como para que sus labios
estuviesen a pocos centímetros de la oreja de Joseph. Aquellas
palabras penetraron su mente, obligándolo a detenerse para volverse
a ver quien había sido el artíficie de aquella advertencia. No
había nadie. La oscuridad y él eran los únicos que estaban
deámbulando en aquel edificio que no parecía tener otro atizbo de
vida más que el suyo. Sin embargo, algo más había tenido la osadía
de acercarse para proferir palabras que causaban que su propia mente
lo traicionase. Su corazón comenzó a bombear sangre producto del
evento, y nuevamente el sudor apareció para reclamar el terreno que
había cedido en su cuerpo. Trató de subir un escalón para
acercarse al piso que tenía más cerca, pero algo lo detuvo. Como si
una sombra pesada lo estuviese vigilando, sintió que había algo ahí
con él, en algún sitio que no paraba de acecharlo. Su pie se plantó
en el siguiente escalón superior. En ese momento, aquella
advertencia adquirió toda la atención que Joseph pudo prestarle. Un
chillido agudo se dejó escuchar de los pisos superiores. Luego,
pasos rápidos y pesados comenzaron a sacudir las escaleras. El
instinto de Joseph se activó de inmediato, obligándolo a darse la
vuelta para comenzar a bajar a la mayor velocidad posible.
—Esto no es real… —susurró.
Mientras bajaba a paso acelerado, el
sonido que provenía desde los pisos superiores era cada vez más
fuerte. Los pasos pesados causaban que los latidos del corazón de
Joseph hiciesen vibrar su pecho como si buscase escaparse de él de
alguna forma. Incluso sus pies no obedecían el bajar con más
cuidado para evitar que cayese al suelo, sino que por el contrario,
cada tantos escalones daban un peque?o salto pasando entre varios
para aterrizar de forma brusca. Joseph no supo cuantos pisos había
bajado cuando un nuevo chillido llegó hasta él, más fuerte, como
si estuviese a unos pocos pisos de alcanzarlo. Joseph comenzó a dar
saltos más largos entre escalones, siendo que en uno de esos saltos
sus pies se tropezaron entre sí, haciéndolo caer al suelo dando
tumbos. La lámpara por su parte se estrelló contra una de las
paredes destruyéndose. La llama se apagó de inmediato, debido a que
ya no le quedaba aceite. Joseph se levantó y siguió corriendo por
las escaleras dejándose llevar por su instinto de supervivencia,
pero un nuevo chillido más cercano lo obligó a salir al pasillo en
el siguiente piso, para correr en busca de refugio en alguna de las
habitaciones que permanecían cerrados.
—Vamos… vamos…
Joseph se apresuró a tratar de abrir la
primera puerta que encontró, pero estaba plenamente cerrada. Incluso
la forzó empujándola con toda su fuerza, pero no se movió. Los
pasos de lo que sea que estuviese acercándose se escuchaban más
fuertes, y eso lo obligó a seguir corriendo. Probó otras tres
puertas y ninguna se abrió, y cuando estuvo frente a la cuarta, notó
de inmediato que el sonido de los pasos se detuvieron, Joseph se
giró, y entonces aquel chillido resonó tan fuerte que su corazón
casi estalla. Ahí estaba su perseguidor. Corrió hasta el final del
pasillo, donde había una puerta que lo esperaba. Los pasos
reanudaron su marcha de inmediato, sacudiendo el suelo fuertemente.
Joseph llegó a la puerta, y al tomar el pestillo, sus manos
sudorosas resbalaron en el primer intentó. El sonido de los pasos
estaba cerca, por detrás de él. Consiguió girar el pomo de la
puerta, abriéndola de golpe para meterse en la habitación, y
cerrándola de un portazo tras él. Un golpe seco pero no tan fuerte
llegó a la puerta, y luego hubo silencio. Joseph permaneció apoyado
viendo la puerta que había cerrado por un momento, sin darse cuenta
de lo que había detrás.
—Estoy a salvo… —se dijo a sí
mismo.
Al dejar caer un poco la cabeza, se dio
cuenta de que un líquido transparente había formado un peque?o
charco bajo sus pies, y fue en ese momento que comprendió que había
muchas formas en las que su cuerpo podía exteriorizar el miedo. El
líquido había empapado su pantalón lo suficiente como para hacerlo
sentir incómodo, pero no fue una razón que hundiese su cordura más
de lo que aquel evento lo había hecho. Comenzó a sollozar,
esperando que algo le brindase el sosiego que necesitaba para seguir
permaneciendo cuerdo. No había nada que pudiese ayudarlo, y con cada
lágrima, algo en él se iba desprendiendo, como si se estuviese
fragmentando de una manera que no era capaz de reconocer. Respiró
profundo, e intentó mantener una imagen positiva sobre lo que había
pasado. Algo imposible, pero su propia naturaleza que le impedía
rendirse le estaba dando el valor suficiente como para tratar de
seguir avanzando en aquel evento que no supo como llamar. Tragó
saliva, liberando el nudo que se había formado en su garganta.
Levantó la cabeza, y se limpió las lágrimas que habían parado de
salir. Golpeó la puerta un par de veces, como si estuviese
comprobando que fuese real, y se irguió para ver a que se enfrentaría
luego.
—Esto no puede ser real…
Por detrás de él, un sinnúmero de
personas transitaban por una calle contigua. La puerta que estaba
tocando estaba metida en un callejón medianamente oscuro, donde no
había otra cosa que suciedad, y uno que otro roedor hurgando entre
los desperdicios. Se acercó con cautela a la salida del callejón, y
notó que aquel lugar era muy distinto de lo que conocía. Una ciudad
oscura producto de la sombra de grandes edificios, impregnada de
muchas luces de neón que se alzaban entre ellos. Abajo, una multitud
ensimismada que no le prestaba mayor atención. Se mantuvo en
silencio en la entrada del callejón, meditando sobre lo que haría
luego, pero nada de lo que su mente le indicase, podía funcionarle
en aquel mundo desconocido que tenía en frente. Levantó la vista, y
se dio cuenta de que alguien lo estaba mirando al otro lado de la
calle, y con temor a ser increpado, se hundió más en la oscuridad.
—No sé qué está pasando…
Joseph se dejo caer en el suelo,
manteniendo las piernas arqueadas. Se metió entre sus brazos, y
pretendió permanecer así el tiempo suficiente. Sin embargo, quien
lo había observado desde el otro lado de la calle, llegó hasta él.
Ahí, una persona de baja estatura con ropa que ocultaba su identidad
le estiró la mano. Joseph no lo había notado hasta que recibió un
peque?o puntapié que lo alertó. Miró a quien tenía en frente, y
no pudo ver su rostro debido a la capucha que llevaba puesta, sumada
a la oscuridad en el callejón. Estiró la mano, y tomó la de la
persona que tenía en frente. La jaló para tratar de ponerse de pie,
y al estar frente a frente, se dio cuenta de que la estatura de aquel
extra?o no era tan baja como pensaba.
—Ven conmigo. Tenemos que hablar.
Joseph no supo que responder. No tenía
nada que decir. él sabía que incluso si se negaba, no tenía otro
sitio al que ir. Asintió con la cabeza, y como un zombi, siguió a
aquel extra?o para tratar de darle algún sentido a lo que le estaba
pasando.

