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Capítulo IV - Epifanía

  Un sonido muy familiar y casi repetitivo

  se cruzó por el oído de Joseph, sacándolo de su profundo sue?o.

  Despertó casi de inmediato, cuando se dio cuenta de que había algo

  que no era del todo familiar a pesar de conocer muy bien aquel

  sonido. Abrió los ojos, y se dio cuenta de que estaba encorvado casi

  a punto de caerse de la silla. Se irguió mientras permanecía

  sentado, y su espalda le recordó lo frágil que puede ser si no la

  trata con cuidado. Sus brazos estaban acalambrados, como consecuencia

  de haber permanecido mucho tiempo caídos sin reposar directamente

  sobre ninguna cosa. Miró a su alrededor, notando que las lámparas

  seguían encendidas en todo el lugar. El sonido de las gotas cayendo

  había desaparecido, y en su lugar, un silencio ensordecedor reinaba

  en la habitación donde apenas se sentía cómodo. Se levantó y

  comenzó a caminar en dirección a un lugar que recordaba bastante

  bien.

  —Esto sigue siendo un sue?o…

  —susurró.

  Después de haber sacado todos los

  libros de la estantería, se dedicó a tratar de encontrar el botón

  que intuía sobresalía de la madera. No lo encontró. Revisó

  minuciosamente cada espacio en la superficie de los niveles de aquel

  mueble, pero no había nada en ellos. Los libros reposaban de forma

  desordenada en el suelo, justo a un lado de sus pies. Los miró y

  lamentó dejarlos así, por lo que se dedico con un aire de decepción

  a levantarlos para ordenarlos de nuevo en la estantería. No se

  detuvo a detallarlos, pero si consideró que debían contener

  información importante, por lo que decidió abrir uno de ellos para

  ver lo que contenía. Solo páginas vacías, de un color amarillento

  antiguo, como si el tiempo les hubiese cobrado el precio de la

  existencia. Lo cerró y lo introdujo en la estantería, para luego

  recoger otro del suelo que abrió antes de depoositarlo en aquel

  mueble. El resultado fue el mismo, y así con otros que se obligó a

  abrir solo para comprobar que no habría diferencia.

  Como un reo que no es capaz de encontrar

  la calma entre la simpleza de la jaula que lo mantine cautivo, Joseph

  comenzaba a impacientarse después de recorrer cada rincón de

  aquella habitación. Por más que pensaba en la posibilidad de que

  aquello fuese en realidad un parte de su mundo, en lugar de un sue?o

  como lo había pensado desde el principio, algo no terminaba de

  encajar. Incluso teniendo aquellos episodios de dolor que acompa?an

  ciertas acciones, en su mente no había razones claras como para

  creer que un sitio como aquel pudiese existir, y menos con aquellas

  criaturas que recordaba haber visto. Levantó la mano para llevarla

  hasta su cabeza, se rascó suavemente la sien, como si tratase de

  rebuscar entre sus ideas alguna que le pudiese ayudar a salir de

  aquella situación. Se giró para ir hasta donde estaba la silla, y

  entonces vio algo que había ignorado. Realmente, no recordaba haber

  visto antes aquella puerta en el suelo. Creyó que había aparecido

  de la nada, pero al mismo tiempo su mente le decía que había una

  posibilidad muy alta de que en realidad la hubiese ignorado. Se

  acercó, y se agachó para comprobar que fuese real.

  —Es madera —dijo.

  Se dio cuenta de que tenía una

  agarradera de metal que le serviría para comprobar si podría

  abrirse, por lo que se levantó sosteniéndola. La puerta se elevó

  con él, y con un poco más de esfuerzo, terminó de abrirla por

  completo, revelando una escalera vertical que descendía por un

  espacio reducido que llevaba a un sitio que no podía saber. Joseph

  se detuvo a analizar lo que debería hacer, pero sus opciones

  limitadas lo empujaban a tomar aquel camino como la única opción

  viable. Antes de bajar, se acercó hasta donde había una de las

  lámparas de aceite, que tomó para llevarla consigo por aquel sitio

  oscuro. Se acercó hasta la abertura en el suelo, y como si fuese

  posible, acercó la lámpara para tratar de ver que había en la

  profundidad de aquella oscuridad. No hubo resultado. La luz de la

  lámpara no era lo suficientemente brillante como para revelar algo.

  Se armó de valor, y comenzó a bajar con cuidado por aquella

  escalera que no parecía ser tan firme.

  Abajo, un pasillo recto con paredes de

  concreto y un techo apenas visible, lo encerraban hasta llevarlo al

  otro lado donde había una puerta de madera ligera. Tuvo una

  sensación de deja vu, por lo que no bajó la guardia al acercarse a

  la puerta. Mantuvo la lámpara elevada para poder ver lo que sea que

  hubiese del otro lado, aún a sabiendas que eso no sería suficiente

  como para frenar lo que le esperaba. Acercó la mano al pomo de la

  puerta, y lo apretó con nerviosismo para girarlo. La puerta hizo un

  sonido que le indicó que podía empujarla para que se abriese por

  completo. El sonido chirriante de las bisagras delataba su intención,

  y en su pensamiento se formó algo parecido a la sensación de

  persecución, que lo obligó a revisar por detrás donde terminaba la

  escalera por la que había bajado. No había nada. El sudor siguió

  resbalando por su frente, acumulándose en las cejas y en el labio

  superior.

  —Vamos, Joseph. Tú puedes… —susurró

  para sí mismo, buscando darse alientos.

  Del otro lado de la puerta, lo esperaba

  una habitación apenas iluminada. Otra lámpara más o menos similar

  se encontraba del otro lado de la habitación sobre una peque?a

  cómoda. En el centro, un escritorio de madera de aspecto antiguo le

  permitió colocar la lámpara que llevaba entre sus manos, y donde

  pudo observar algunos documentos que contenían escritos en una

  lengua que desconocía, además de dibujos de edificios y máquinas.

  Le tomó especial atención a una hoja de color crema que tenía una

  inscripción que pudo reconocer. La acercó a la lámpara para ver

  mejor aquel papel, y las letras revelaron el nombre de un sitio que

  conocía bien, la Torre Este. El dibujo era imposible de confundir, y

  a su lado, la Torre Oeste. Jospeh sintió una corazonada, pero no

  pudo explicarse el por qué de aquellos planos. Dejó la hoja de

  papel sobre la mesa, y tomó la lámpara para poder ver mejor los

  extremos de la habitación, y al acercarse a una de las paredes se

  dio cuenta de que había una puerta de color blanco pálido sin

  pestillo. La empujó con suavidad, y la puerta se abrió como si el

  viento la estuviese meciendo.

  —Creo que puedo salir de aquí.

  Joseph se convenció de que estaba en el

  edificio que había visto en el dibujo. Sin embargo, no podía estar

  del todo seguro si era realmente así debido a que nunca había

  estado dentro de aquellas torres. Aún así, decidió confiar en su

  corazonada, y pese a que la oscuridad en el lugar era bastante

  profunda, apostó por explorar el interior de la torre acompa?ado de

  aquella lámpara de aceite que no podía proveerle mucha claridad.

  Con la mano temblorosa, se acercó hasta una pared en el pasillo que

  lo llevaría de puerta en puerta. Incluso sabiendo que había otras

  habitaciones en el lugar, se mantuvo ajeno a la necesidad de

  encontrar a alguien más que le demandaba su propio interior. Por el

  contrario, había decidido que su prioridad consistía en bajar hasta

  el primer piso para intentar salir del edificio hasta la calle.

  Las escaleras de concreto no eran tan

  estrechas como creyó que serían. Después de estar andando por

  algunos minutos sin poder ver con claridad lo que había más

  adelante, se encontró con la abertura en la pared que conducía a

  las escaleras. Agradeció por tener la oportunidad de continuar con

  su objetivo, y sin detenerse, comenzó a bajar con cuidado cada

  escalón. Dieciocho escalones contó antes de encontrarse con suelo

  plano, para girar sobre su izquierda y continuar bajando hasta la

  siguiente planta. Entre la oscuridad y la poca luz que le ofrecía la

  lámpara, no pude saber con exactitud en que piso se encontraba, y es

  que no había ninguna se?al que pudiese usar de referencia para

  salir de tal incógnita. Aún así, había contado que en su descenso

  llevaba unos ocho pisos, y la sensación de estar lejos del primero

  se encontraba aún lejos. Siguió avanzando, y al llegar al escalón

  dieciocho del noveno piso que bajaba, la llama en la lámpara comenzó

  a atenuarse como si la oscuridad estuviese reclamando la luz en ella.

  Joseph se alarmó, y su corazón no le fue indiferente. Comenzó a

  escuchar como un golpeteo de tambores resonaba en sus adentros,

  producto de los latidos que no paraban de acelerar. Continuó

  avanzando como por instinto, y la llama recuperó su brillo

  nuevamente cuando estaba por bajar el primer escalón de ese piso.

  Unauthorized duplication: this tale has been taken without consent. Report sightings.

  —No sigas…

  El sonido de una voz suave que se coló

  en sus oídos lo hizo voltear. No había nada más que oscuridad, y

  la luz que le ofrecía la lámpara en su mano no le brindó ningún

  sosciego cuando no hubo nada que iluminar. Joseph comenzó a sudar

  como nunca antes lo había hecho, y por primera vez sintió como

  incluso su pecho y estómago estaban completamente empapados por el

  sudor que no paraba de salir. Se giró nuevamente en dirección a los

  escalones, y continuó bajando sin detenerse, ignoraando lo que creyó

  haber escuchado. Cada escalón le otorgaba la incertidumbre de saber

  en qué piso se encontraba realmente, y al mismo tiempo, sentía que

  su mente le jugaba peque?as trampas donde creía que encontraría a

  algo o alguien parado en el siguiente nivel. Sus manos temblorosas

  delataban que el nerviosismo no era lo único que le recorría el

  pecho, sino que su propia mente le estaba haciendo creer cosas que no

  podía notar como reales o irreales. Incluso la idea de que aquello

  fuese un sue?o se escapaba por momentos hasta casi abandonarlo del

  todo.

  En el duodécimo piso por fin vio algo

  que lo llenó de tranquilidad. Un letrero de color marrón con letras

  blancas se dejó iluminar mientras iba bajando los escalones. En él,

  el número veinticinco estaba dibujado muy finamente. Tuvo una

  respuesta que su mente necesitaba para calmarse, y de alguna manera

  poder acoplarse a la realidad que lo sumergía. Estaba a veinticinco

  pisos de poder salir de aquel infierno que lo estaba consumiendo, y

  eso era algo que le estaba ayudando a mantenerse firme. Joseph tomó

  con mayor firmeza la lámpara y la alejó un poco más, permitiéndose

  ver los escalones un poco más lejos. La voz que creyó haber oído

  no se presentó de nuevo, y con ello, su confianza creció lo

  suficiente como para simplemente enfocarse en gastar la energía que

  le demandaba el seguir bajando de forma continua por aquella

  escalera.

  —Puedo salir de aquí… —susurró

  Aquellas palabras suaves que llegaron a

  sus oídos, le permitieron romper con el silencio inquietante que

  formaba parte de aquel sitio, pues incluso sus pasos eran lo

  suficientemente cautos como para no producir mayor sonido mientras

  pisaba los escalones. Con eso, sus latidos descendieron,

  permitiéndole mantener la calma de una forma más constante, donde

  incluso el sudor había comenzado a detenerse.

  —No te detengas…

  Una nueva voz le susurró al oído. Como

  si alguien se hubiese acercado lo suficiente como para que sus labios

  estuviesen a pocos centímetros de la oreja de Joseph. Aquellas

  palabras penetraron su mente, obligándolo a detenerse para volverse

  a ver quien había sido el artíficie de aquella advertencia. No

  había nadie. La oscuridad y él eran los únicos que estaban

  deámbulando en aquel edificio que no parecía tener otro atizbo de

  vida más que el suyo. Sin embargo, algo más había tenido la osadía

  de acercarse para proferir palabras que causaban que su propia mente

  lo traicionase. Su corazón comenzó a bombear sangre producto del

  evento, y nuevamente el sudor apareció para reclamar el terreno que

  había cedido en su cuerpo. Trató de subir un escalón para

  acercarse al piso que tenía más cerca, pero algo lo detuvo. Como si

  una sombra pesada lo estuviese vigilando, sintió que había algo ahí

  con él, en algún sitio que no paraba de acecharlo. Su pie se plantó

  en el siguiente escalón superior. En ese momento, aquella

  advertencia adquirió toda la atención que Joseph pudo prestarle. Un

  chillido agudo se dejó escuchar de los pisos superiores. Luego,

  pasos rápidos y pesados comenzaron a sacudir las escaleras. El

  instinto de Joseph se activó de inmediato, obligándolo a darse la

  vuelta para comenzar a bajar a la mayor velocidad posible.

  —Esto no es real… —susurró.

  Mientras bajaba a paso acelerado, el

  sonido que provenía desde los pisos superiores era cada vez más

  fuerte. Los pasos pesados causaban que los latidos del corazón de

  Joseph hiciesen vibrar su pecho como si buscase escaparse de él de

  alguna forma. Incluso sus pies no obedecían el bajar con más

  cuidado para evitar que cayese al suelo, sino que por el contrario,

  cada tantos escalones daban un peque?o salto pasando entre varios

  para aterrizar de forma brusca. Joseph no supo cuantos pisos había

  bajado cuando un nuevo chillido llegó hasta él, más fuerte, como

  si estuviese a unos pocos pisos de alcanzarlo. Joseph comenzó a dar

  saltos más largos entre escalones, siendo que en uno de esos saltos

  sus pies se tropezaron entre sí, haciéndolo caer al suelo dando

  tumbos. La lámpara por su parte se estrelló contra una de las

  paredes destruyéndose. La llama se apagó de inmediato, debido a que

  ya no le quedaba aceite. Joseph se levantó y siguió corriendo por

  las escaleras dejándose llevar por su instinto de supervivencia,

  pero un nuevo chillido más cercano lo obligó a salir al pasillo en

  el siguiente piso, para correr en busca de refugio en alguna de las

  habitaciones que permanecían cerrados.

  —Vamos… vamos…

  Joseph se apresuró a tratar de abrir la

  primera puerta que encontró, pero estaba plenamente cerrada. Incluso

  la forzó empujándola con toda su fuerza, pero no se movió. Los

  pasos de lo que sea que estuviese acercándose se escuchaban más

  fuertes, y eso lo obligó a seguir corriendo. Probó otras tres

  puertas y ninguna se abrió, y cuando estuvo frente a la cuarta, notó

  de inmediato que el sonido de los pasos se detuvieron, Joseph se

  giró, y entonces aquel chillido resonó tan fuerte que su corazón

  casi estalla. Ahí estaba su perseguidor. Corrió hasta el final del

  pasillo, donde había una puerta que lo esperaba. Los pasos

  reanudaron su marcha de inmediato, sacudiendo el suelo fuertemente.

  Joseph llegó a la puerta, y al tomar el pestillo, sus manos

  sudorosas resbalaron en el primer intentó. El sonido de los pasos

  estaba cerca, por detrás de él. Consiguió girar el pomo de la

  puerta, abriéndola de golpe para meterse en la habitación, y

  cerrándola de un portazo tras él. Un golpe seco pero no tan fuerte

  llegó a la puerta, y luego hubo silencio. Joseph permaneció apoyado

  viendo la puerta que había cerrado por un momento, sin darse cuenta

  de lo que había detrás.

  —Estoy a salvo… —se dijo a sí

  mismo.

  Al dejar caer un poco la cabeza, se dio

  cuenta de que un líquido transparente había formado un peque?o

  charco bajo sus pies, y fue en ese momento que comprendió que había

  muchas formas en las que su cuerpo podía exteriorizar el miedo. El

  líquido había empapado su pantalón lo suficiente como para hacerlo

  sentir incómodo, pero no fue una razón que hundiese su cordura más

  de lo que aquel evento lo había hecho. Comenzó a sollozar,

  esperando que algo le brindase el sosiego que necesitaba para seguir

  permaneciendo cuerdo. No había nada que pudiese ayudarlo, y con cada

  lágrima, algo en él se iba desprendiendo, como si se estuviese

  fragmentando de una manera que no era capaz de reconocer. Respiró

  profundo, e intentó mantener una imagen positiva sobre lo que había

  pasado. Algo imposible, pero su propia naturaleza que le impedía

  rendirse le estaba dando el valor suficiente como para tratar de

  seguir avanzando en aquel evento que no supo como llamar. Tragó

  saliva, liberando el nudo que se había formado en su garganta.

  Levantó la cabeza, y se limpió las lágrimas que habían parado de

  salir. Golpeó la puerta un par de veces, como si estuviese

  comprobando que fuese real, y se irguió para ver a que se enfrentaría

  luego.

  —Esto no puede ser real…

  Por detrás de él, un sinnúmero de

  personas transitaban por una calle contigua. La puerta que estaba

  tocando estaba metida en un callejón medianamente oscuro, donde no

  había otra cosa que suciedad, y uno que otro roedor hurgando entre

  los desperdicios. Se acercó con cautela a la salida del callejón, y

  notó que aquel lugar era muy distinto de lo que conocía. Una ciudad

  oscura producto de la sombra de grandes edificios, impregnada de

  muchas luces de neón que se alzaban entre ellos. Abajo, una multitud

  ensimismada que no le prestaba mayor atención. Se mantuvo en

  silencio en la entrada del callejón, meditando sobre lo que haría

  luego, pero nada de lo que su mente le indicase, podía funcionarle

  en aquel mundo desconocido que tenía en frente. Levantó la vista, y

  se dio cuenta de que alguien lo estaba mirando al otro lado de la

  calle, y con temor a ser increpado, se hundió más en la oscuridad.

  —No sé qué está pasando…

  Joseph se dejo caer en el suelo,

  manteniendo las piernas arqueadas. Se metió entre sus brazos, y

  pretendió permanecer así el tiempo suficiente. Sin embargo, quien

  lo había observado desde el otro lado de la calle, llegó hasta él.

  Ahí, una persona de baja estatura con ropa que ocultaba su identidad

  le estiró la mano. Joseph no lo había notado hasta que recibió un

  peque?o puntapié que lo alertó. Miró a quien tenía en frente, y

  no pudo ver su rostro debido a la capucha que llevaba puesta, sumada

  a la oscuridad en el callejón. Estiró la mano, y tomó la de la

  persona que tenía en frente. La jaló para tratar de ponerse de pie,

  y al estar frente a frente, se dio cuenta de que la estatura de aquel

  extra?o no era tan baja como pensaba.

  —Ven conmigo. Tenemos que hablar.

  Joseph no supo que responder. No tenía

  nada que decir. él sabía que incluso si se negaba, no tenía otro

  sitio al que ir. Asintió con la cabeza, y como un zombi, siguió a

  aquel extra?o para tratar de darle algún sentido a lo que le estaba

  pasando.

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