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El Silencio De Los Cielos.

  La luz dorada del talismán se deshizo en fragmentos de energía y, de pronto, todo se volvió quieto. El grupo estaba frente al pico espiritual de la luna reflejada, donde el aire olía a rocío y piedra húmeda, el avestruz se tomó un momento y corrió en el aire, llevándolos hasta la residencia de Nadir. Las flores que Nadir cultivaba temblaron levemente, como si supieran que su maestro no volvería.

  Maribel cayó de rodillas. La avestruz voladora se posó detrás, el aire más puro les hiso toser, exhalando una bocanada de qi gris que se dispersó con el viento. Finalmente, no había fuego, ni putrefacción, ni el rugido del cielo quebrándose. Solo el silencio, un silencio que dolía.

  El sistema murmuró dentro de ella, su voz más suave que nunca:

  [Teletransportación completada.]

  [Sugerencia: Descanso inmediato.]

  Amara, aún pálida, no se atrevía a hablar.

  Ninguno de los discípulos que custodiaban el pico entendió lo que veía. Corrieron hacia ellos, confundidos y pidiendo explicaciones. Maribel apenas articuló unas palabras:

  —El enemigo no fue derrotado. El Maestro… se quedó atrás.

  No hubo lágrimas entonces. Solo el peso de una verdad que ninguno podía sostener.

  Esa noticia se extendió rápido e hiso que los ancianos que ya partían del pico, fueran guiados por la furia y el honor.

  El amanecer siguiente trajo el olor del hierro y la ceniza. Los ancianos regresaron con la mirada vacía. Arrojaron al suelo una bolsa rota de reliquias, y de su interior cayó polvo verdoso.

  —El demonio fue eliminado —anunció uno, su voz ronca—. Pero la piedra fue robada. No quedó nada del Maestro Nadir… salvo esto.

  Abrieron su palma: un fragmento de raíz seca, oscura, aún caliente al tacto. El aire del pico se volvió pesado, denso de tristeza, el espíritu de la vegetación en general parecía llorar, pero por primera vez Maribel fue la única que no lo sintió mientras todos los demás si.

  Pasó una semana.

  Los vientos del norte trajeron cartas imperiales selladas con cera carmesí. Las entregaban mensajeros cubiertos con armaduras de escamas, portando la insignia del dragón de tres cabezas, cada una iba a representar a la familia imperial: El Rey, la Reyna desaparecida y el heredero que nunca tuvieron. Pero también representaba algo más: La ley, la fe y el miedo. El aire mismo vibraba con la autoridad del Imperio del Espejo.

  En los patios del Pico Espiritual de la Luna Reflejada, los discípulos se reunieron para escuchar la lectura del decreto. Las campanas no repicaron esta vez. El anciano guardián del pico, con la voz trémula, leyó en voz alta las palabras que cambiarían el destino del mundo:

  ?Por mandato del trono del Dragón Rojo, se revela a todas las sectas, reinos y clanes: Las fracturas del cielo son reales. No son castigos divinos, sino heridas causadas por la naturaleza corrupta de los semihumanos y especies nocturnas. Aquellos que traten con ellos serán marcados como traidores a la humanidad y enemigos del nuevo cielo que se está erigiendo.?

  Un silencio cortó el aire. El viento descendió del norte trayendo polvo y rumores.

  Richard apretó la mandíbula.

  —Nos quiere dividir —murmuró—. Está usando el miedo.

  Maribel permanecía quieta, escuchando el eco de las palabras imperiales. Cada sílaba parecía perforarle la piel. Sabía que la verdad era otra. Sabía que los semihumanos no eran la causa, sino el síntoma de algo mucho más profundo: El mundo estaba torcido.

  —Los cielos están callando otra vez, realmente nos abandonó —susurró.

  No —respondió el sistema dentro de su mente—. Los cielos… están siendo imitados.

  Desde ese día, el cielo rugió.

  Durante horas, un trueno constante resonó en la distancia, aunque no había nubes. Los cultivadores de todo el dominio humano del espejo lo sintieron: Una vibración en el alma, como si el mundo exhalara miedo. La proclamación del Rey Dragón no era solo una orden: Era un hechizo político, una imposición espiritual que reforzaba su autoridad con el qi del reino.

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  Esa noche, el Imperio iluminó sus torres con fuego carmesí. En las ciudades, la gente comenzó a pintar los muros con símbolos de dragones. Los rumores se volvieron odio; los susurros, acusaciones.

  Y mientras tanto, en el pico, Maribel observaba el reflejo de la luna sobre el lago. La superficie temblaba con cada trueno lejano.

  —Maestro Nadir… si pudieras oírme —susurró—, ?Qué harías tú si el mundo comenzara a arder?

  El viento le respondió con un murmullo vegetal, el sonido de raíces moviéndose bajo tierra. Pero ella no entendía nada de lo que esos espíritus decían, ella tenía su habilidad sellada.

  ?Mira dentro de tu corazón, Maribel... ya sabías la respuesta desde antes? Respondió el sistema

  Y bajo ese tenue resplandor lunar, Maribel comprendió.

  —Los demonios verdaderos... veces rugían con voz humana y llevaban coronas ?Verdad?

  Suspiro. Su mente divagó, sus pensamientos se formaron sin darse cuenta.

  ?Desearía que el mundo fuera perfecto.? pensó.

  Una racionalidad invadió su mente.

  ??Si claro! ?Cómo no? realmente se que no es posible... las personas adoran complicar las cosas. Como si la gente fuera a ser capaz de mantener un mundo así... ?soy muy ingenua eh??

  El recuerdo de una sensación familiar llegó tras decir eso, mientras una inquietud estaba en su mente y le decía que tenía algo que no descubría aún.

  Ella se congeló, profundizando en el sentimiento extra?o.

  ?Personas que dejan crecer la maldad en el corazón para devastar el mundo.?... momentos después su mente se aclaró.

  Apretó los dientes. Una mano al pecho.

  —El corazón... es el corazón. Crece para adentro, pero no puede solo crecer para adentro... —Su voz se quebró al entender la relación del mundo con las personas —pues solo gente así crea un mundo como este.

  Las lágrimas cayeron con esa última frase, sabiendo que el mundo donde ella estaba pronto iba a darle graves problemas.

  ?Este mundo está loco.?

  Una lágrima cayó, seguido de un trueno.

  Sobre el cielo, las luces chispeaban. Más arriba aún... estaban quienes no hacían nada.

  Orbitando sobre el planeta, estaba el Consejo de las Voces del Universo, una entidad secreta y formado por representantes de los siete dominios mortales y los guardianes del flujo espiritual, era también la única institución reconocida por el universo para interpretar su voluntad. Su deber era mantener el equilibrio entre los mundos que incursionaban.

  La Cámara de Cristal, suspendida sobre el mundo, vibró con una frecuencia desconocida. Durante unos segundos, todas las mediciones del flujo espiritual quedaron en blanco. Ningún registro, ninguna se?al, solo silencio.

  —Otra interferencia —dijo el Maestro de Registro, su voz seca—. Es la tercera vez este mes.

  Su rostro humanoide contrastaba con sus escamas osiánicas. Pero la preocupación en su rostro era evidente para cualquiera.

  El anciano Oras, lo observó con mirada cansada, negó despacio.

  —No. Esto fue distinto. No hubo fractura, ni colapso. Fue… un mensaje.

  La palabra “mensaje” pesó en la sala. Los cultivadores más antiguos sabían lo que significaba:

  —Una resonancia del Cielo Verdadero. Algo que ningún mortal debería poder provocar.

  Concluyó La Representante del Dominio Occidental del Espejo, una mujer de morado. Ella pensó por un momento. Alzó la vista del mapa espiritual, un tejido de luces flotantes.

  —?Localización?

  Cayó el silencio. Luego, un joven archivista respondió:

  —No hay datos. Las coordenadas de origen se deshicieron. La resonancia se dispersó en todas las direcciones.

  El Maestro de Registro frunció el ce?o.

  —?Cómo puede no existir un punto de origen?

  —Alguien… intervino —respondió el joven, vacilando—. La energía fue desviada por un campo desconocido. Es como si una voluntad externa reescribiera el registro de la realidad en tiempo real.

  Un murmullo recorrió la Cámara.

  ?El universo, en teoría, no puede ser manipulado.?

  ?Algo había contactado al Cielo y luego... se escondió.?

  ?Los cielo están completamente cerrados, incluso si alguien intenta seguir cultivando es inútil, no se puede ascender.?

  ?Tampoco nunca nadie bajó.?

  Oras habló con voz baja, casi en un susurro:

  —Si el Cielo respondió y no podemos rastrear la fuente, significa que el Espíritu del Universo lo permitió.

  El Maestro de Registro lo miró con dureza.

  —?Y si el Espíritu está siendo enga?ado? Hay entidades que pueden simular la voz del Cielo. Lo vimos durante el periodo de la Gran Decepción.

  —Es posible —dijo la mujer del velo dorado—. Pero si eso fuera cierto, ya habría signos de corrupción directa. No los hay. El flujo se estabilizó, como si el universo hubiera aceptado la intervención.

  El Maestro cerró sus tablillas con un golpe.

  —Entonces lo clasificaremos como un fenómeno natural. Ninguna secta debe saberlo. No hay motivo para alarmar a los dominios.

  Un golpe en la mesa resonó.

  —Ocultar lo que no comprendemos nunca ha funcionado —replicó Oras.

  Enormes alas emplumadas se abrieron. Intimidantes.

  —Tampoco lo ha hecho difundirlo —dijo la mujer del velo dorado, cortante—. Si alguien en el Dominio Occidental logra establecer comunicación con el Cielo, el Imperio del Espejo lo usará como pretexto. Ya están encendiendo las torres.

  Los demás asintieron en silencio. El Consejo no confiaba en el Dragón, pero tampoco podía enfrentarlo sin pruebas. Así, se tomó la decisión más común en tiempos inciertos: El silencio.

  Mientras los escribas formulaban los registros de la resonancia, algo... una presencia invisible los observaba.

  Los monitores espirituales del Consejo mostraron solo una línea recta, sin pulso.

  Oras fue el único que no se sacó de la cabeza el asunto

  —Alguien está protegiendo a esa persona —Pensó.

  Nadie lo escuchó. La sesión fue cerrada. Y en los registros oficiales del Consejo, cuando nadie más estaba, la descripción del evento fue revisada sin que nadie lo supiera:

  [Perturbación menor. Sin relevancia.]

  ?Eso está mejor, pensaba que tendría que hacer algo con esto también.?

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