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Un mal día, un mundo imperfecto.

  Maribel llevaba horas mirando el techo del hospital.

  La luz blanca, demasiado limpia, le golpeaba los ojos cansados. El aire acondicionado ahora le provocaba escalofríos. No sabía si era el frío o el hambre, tal vez todo a la vez...

  Su rostro permanecía tenso, atrapado en una expresión pensativa de la que no lograba liberarse desde hacía horas.

  —?Quién diría que mi jefe me pondría a trabajar en la madrugada? —murmuró—. Y en mi día libre.

  Suspiró con pesar, una línea tenue formándose en su mandíbula.

  El mueble cercano le recordó a su cama en esa misma ma?ana.

  El sol, el calor.

  Pensó en el joven al que había ayudado más temprano. En cómo, aun sabiendo que eso la retrasaría, no había podido negarse.

  —Maldito ni?o… —susurró, sin verdadera rabia.

  Guardó silencio.

  Se imaginó a sí misma, otra vez, en dirección a la salida. Volteando para ver al joven, ella dudó, sopesó.

  Lentamente agitó la cabeza, con una sonrisa irónica.

  Tiró de su cabello suavemente y soltó un suspiro. Mientras lo hacía, la imagen de ella volviendo a ayudar al ni?o llegó.

  Reclinada en la pared, su mente actuó por su cuenta.

  ?Debí haberme quejado más.? pensó con los dedos en las sienes.

  Mientras miraba la luz led, la imagen de ese sol ma?anero volvió.

  La ma?ana de ese mismo día había comenzado como siempre.

  Había despertado sin prisa, sin energía, sin deseos especiales. Solo despertar.

  Se había levantado con los ojos entrecerrados. Manos al armario. Ropa blanca, zapatilla blanca.

  En el ba?o el agua mojó su rostro.

  Miró su reflejo con sombras bajo los ojos. Acercó el rostro, como si buscara confirmación de lo evidente. Se perdió en la imagen.

  Entonces su mano se movió sin pensar, intentando tomar el cepillo de dientes. Fracasó, éste cayó al suelo.

  Agachada, lo recogió y trató de erguirse, no sin poder evitar en el proceso golpear su cabeza contra el lavamanos.

  Unos instantes largos pasaron con ella agachada.

  Al ponerse de pie, esquivaba sus propios ojos.

  El cepillo ya se movía hacia su boca, como con vida propia, como si ya estuviera llegando tarde a algo que no sabía nombrar.

  Salió del ba?o y miró las maletas listas. Frenó en seco.

  Reflexionando, como si recordase algo, sacó el teléfono. Lo miró, luego las maletas. Bajó la cabeza lentamente. Sus manos cubrieron su rostro con vergüenza.

  Con calma volvió a desvestirse. Pronto la ropa era más casual.

  Sobre la cama, miró la luz que pasaba por la ventana. Partículas de polvo brillaban en esta.

  La sombra de un ave se deslizaba por la pared naranja del vecino.

  Podía verse vasos solitarios en una esquina, sin platos ni ollas.

  Tomó algo de agua. Con un suspiro, se dispuso a salir de la habitación. Pero ese día, algo fue distinto.

  Sintió una extra?a atracción hacia la ventana. Se asomó casi sin pensarlo… y se quedó inmóvil.

  Paz.

  El viento de la ma?ana rozaba su piel. El sol caía suave sobre las paredes de ladrillo anaranjado. Las calaminas reflejaban la luz.

  Sus ojos se abrieron en contemplación...

  Por un instante no hubo nada que la atara a nada.

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  Su infancia volvió sin permiso: la bicicleta, las calles, su ciudad natal creciendo a la par que ella, los días en que comer juntos era normal. Aquella ciudad la había visto crecer, y ella la había visto cambiar.

  Se quedó así durante varios minutos. La mente en blanco, pero el cuerpo atento, como si aquella emoción pudiera romperse si se moviera.

  ?Tal vez? pensó ?Tal vez basta con detenerse a mirar un muro de ladrillos.?

  El sol intensificaba su luz, las sombras se movían.

  Finalmente se irguió, dándose la vuelta para salir.

  Al cerrar la puerta, no habían retratos en la habitación.

  Pisando la vereda, el sol la recibió de nuevo, apacible y luminoso.

  ?O quizá dormí bien.? pensó.

  Divisó la imagen frente a ella: distintas habitaciones en fila.

  Caminó con calma, sus pasos resonaron en contacto con el suelo, vivos, cada sonido rebotando con claridad.

  Luego el sonido se extinguió.

  No había ruido... solo un camino atravesado, frío y solitario. Una brisa pasó con calma. El suelo mostrando sombras de pasos grabados con el tiempo.

  Bajando las escaleras. Había algo que no terminaba de decirse.

  Intentó nombrarlo, pero no pudo.Las palabras se le escapaban como agua entre los dedos.

  Se sentó.

  Forzó la mente hasta vaciarla.

  Y en el vacío, lo entendió.

  Entonces apareció, claro y brutal: ?No quiero perder esto...?

  Inclinó la cabeza.

  —Qué curioso —susurró—. Justo cuando abandono todo… es cuando me siento feliz.

  Miraba la motas de polvo movidas levemente con el viento.

  Tomó aire con hastía.

  —Dios mío… —murmuró— ?Quién pensaría que solo bastaba con dormir…?

  Soltó una risa breve, sin humor.

  —Si pudiera mantener este "yo" todo el tiempo —preguntó en voz baja— ?Sería alguien que no sufre?

  Una ligera brisa mecía su cabello.

  —O quizá no —corrigió—. Quizá solo sería yo convenciéndome de que soy feliz… incluso si pierdo esto.

  Lentamente retomó el paso. Pies inestables, mente perdida.

  Bajó al primer piso.

  La carretera guiaba a un restaurante, gente desconocida, comida diaria. Sus pasos eran medidos, sus pensamientos controlados. Sostenía aquella calma como si fuera un cristal. Temía perderla. Temía ser ella misma quien la dejara caer.

  Viendo las personas andar igual que ella, todo parecía tan simple. Podía imaginar un mundo distinto, como si lo mirase ahí mismo.

  —Sí, claro —se burló en voz baja—. Las personas adoran complicar las cosas.

  Sonrió, divertida, sabiendo que aquel mundo perfecto no existía. Y, sin embargo, sabía cómo se sentía estar allí.

  Ya se acercaba, podía ver el restaurante a pocos metros.

  Entonces su teléfono vibró. Dudó un momento, pero decidió contestar. Con una mirada oscura y una voz neutra, pronunció.

  —Buenos días, ?Qué pasa?

  Aguardó en silencio. Cuando guardó el aparato en su bolsillo, sus pies ya la llevaban en el camino de regreso.

  Cruzó de nuevo la carretera. La lucidez se desvaneció en cuestión de minutos. Aquella felicidad persistente titiló como una vela en la brisa y, con el ruido de un auto, se apagó sin dejar rastro.

  —Cuarenta minutos —murmuró—. Para sostenerme hasta los cuarenta a?os.

  A lo de siempre.

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