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Cap 04 - el Señor Citlaltecuhtli

  "En un pueblo dentro del se?orío de Texcoco"

  "Ichkayoli"

  —No, mamá... no me gusta —dije para evitar comer hígado de guajolote.

  —Debes comer, te ayudará a crecer grande. ?No quieres ser un guerrero fuerte? —dijo mamá, tratando de poner la cuchara en mi boca, que esquivé por cuarta vez.

  —Anda, Chimalkali, dile algo a tu hijo —dijo mi Nantli, mirando a mi Tata.

  Desgraciadamente para él, que solo quería comer, fue obligado a elegir estar de un lado.

  ?Pero qué lado elegiría?

  ?Sería estar del lado de la sacerdotisa del templo con conocimiento ilimitado, o de su hijo, el valiente guerrero ancestral?

  él dudó por un instante y tomó una decisión después de verme a los ojos.

  Por un instante pensé que había elegido estar de mi lado, pero la verdad se impuso después de verlo respirar profundo.

  él me había traicionado... Mi propio padre me había dado la espalda.

  Debía pensar en algo rápido. Si he de morir envenenado, me llevaré al traicionero conmigo.

  —Lo siento, padre —pensé antes de pronunciar estas palabras tan filosas como navajas de obsidiana.

  —Mi Tata tampoco está comiendo hígado de guajolote. No es justo que solo yo coma. Que él también coma un poco.

  —?Ay, no!... ?No puedo con ustedes dos! ?De tal palo, tal astilla!... ?Ahí lo tienes! La mitad para ti y la otra para tu Tata. Ahora, a comer.

  —?Qué? ?Pero yo por qué? Yo no dije nada. Además, ya estoy grande; no voy a crecer más. Dale todo el hígado a Ichkayoli. él lo necesita —dijo mi Tata a toda prisa después de ver el hígado en su plato.

  —Ya no quiero más quejas... ?Los dos van a comer hígado, les guste o no!

  ?Qué humillante! Los dos más grandes y poderosos guerreros del se?orío habían sido vencidos por la sacerdotisa.

  —Ichkayoli, vamos a jugar.

  —Sí —dije en cuanto vi a mis amigos parados en la puerta, pues sabía que una nueva aventura estaba por comenzar.

  Terminé la comida tan rápido como pude y salí corriendo detrás de los chicos.

  —No se alejen mucho, ni?os —dijo mi Nantli al vernos correr.

  —La ceremonia de tetokayotilistli —entrega de identidad— será en unos días. Recuerda que hoy vendrá el cacique —dijo mi Tata en voz alta.

  Uff, qué aburrido. No quería regresar a casa temprano, en especial si solo era para que el cacique me viera.

  En unos días cumpliré nueve a?os, y eso significa que seré un hombre adulto.

  De acuerdo a nuestras costumbres, mis padres deben organizar una fiesta de mayoría de edad llamada tetokayotilistli —entrega de identidad—.

  Con el propósito de otorgarme un nombre verdadero, porque el que recibimos al nacer solo es temporal.

  Por ejemplo, Ichkayoli: Ichkā, significa “marca”, y Yōlli, significa “corazón” o “vida”.

  Así que en esencia, significa: la marca que hay en mí, por el gran lunar sobre mi hombro derecho.

  Pero ese nombre solo marca lo visible; no revela lo que soy por dentro.

  Por eso la ceremonia se hace a los nueve a?os, cuando las personas a nuestro alrededor pueden ver quiénes somos por dentro y así otorgarnos un nombre que refleje nuestra verdadera esencia.

  Me pregunto: ?cómo habrán decidido llamarme? Si es que ya lo hicieron. ?O tal vez para eso vendrá el cacique?

  [...]

  Seguí a los chicos hasta que entraron al bosque. Parecían tener algo en mente, así que los seguí sin decir nada.

  Cuando los vi dirigirse al río, supe que tenían intenciones de entrar al recinto sagrado de los venados.

  Un lugar muy peligroso, a diferencia del recinto sagrado de los puercos.

  Llegamos a la caverna sudando y respirando agitadamente. Allí se podía sentir el hedor del excremento de los venados, el cual era agrio, dulce y rasposo en la garganta.

  Pero, cuando nos preparábamos para entrar, los chicos se me quedaron mirando raro.

  —Ichkayoli, tus ojos... se hicieron de color azul.

  —?Qué? —dije al ver sus miradas mostrando sorpresa y curiosidad.

  Sin darme cuenta, llevé mis manos al pecho, donde se suponía que debía estar mi collar, el de la piedra azul. Entonces recordé que había desaparecido unos días atrás. Pero aun así, podía sentir que estaba latiendo dentro de mí con mucha fuerza.

  —Citlaltecuhtli. Cumple con tu propósito.

  Aquella voz ya me había hablado en muchas ocasiones y siempre venía desde mi pecho. Pero ahora parecía escucharse desde el bosque, no muy lejos de donde estábamos.

  —Citlaltecuhtli... —Se?or de las estrellas—, acude a mi llamado.

  Sin darme cuenta, comencé a caminar hacia esa voz. Aunque solo fue por un momento, ya que fui detenido por Kochtli, quien agarró mi hombro.

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  —Ichkayoli, allá está el bosque prohibido. No podemos entrar —dijo mi amigo con el rostro serio.

  Muy pocas veces él se comporta así; por lo general es callado y risue?o. Esta era la primera vez que lo veía tan serio y decidido en algo: detenerme.

  —Me está llamando, chicos. Debo ir —dije en voz alta.

  —?Quién te llama, Ichkayoli? —preguntó Youali.

  —Es un dios... Estoy seguro de que es una deidad. Está por allá —dije, se?alando el camino.

  Me solté del agarre de Kochtli y comencé a caminar nuevamente.

  —Espera, Ichkayoli.

  Se podía sentir el miedo de los chicos en su voz. Siendo honesto, no solo ellos; yo también estaba asustado y sabía que estaba haciendo mal al entrar a esa parte del bosque. Pero también sentía que esto era algo que debía hacer, me gustara o no.

  Se sentía como cuando mi Tata o mi Nantli me mandaban a hacer algo, solo que era más intenso y me empujaba a hacerlo por voluntad, no por obligación.

  Llegué hasta los límites del bosque, aquel que conocía como si fuera parte de mi cuerpo... Y donde comenzaba el bosque prohibido, aquella parte que era un misterio para nosotros.

  El cual era más denso y tenebroso. Sin embargo, la voz de esa deidad estaba allá, así que entré sin mirar atrás.

  —?No, Ichkayoli! ?Estás loco? No podemos entrar —gritó Youali con desesperación al verme dar unos cuantos pasos dentro.

  —Regresen al pueblo, chicos, yo... no puedo evitarlo —dije después de voltear y verlos al rostro.

  Con el pecho latiendo como si tuviera dos corazones, regresé la mirada al frente y me adentré más en el bosque.

  Caminé lentamente en línea recta, sin prisa, pero también sin miedo ni angustia. Dentro de mí sabía a dónde debía ir y también sabía que nada me podría da?ar mientras no me desviara de mi camino.

  De pronto, llegué a una parte del bosque con gigantescos árboles.

  Olía rico a ramas mojadas, epazote y menta, además de hongos humedecidos.

  Solo que este lugar estaba tan oscuro que parecía de noche.

  La luz de Tonatiuh no llegaba a este lugar. Se sentía como si los dioses lo hubieran abandonado. Pero aun así, seguí avanzando. Nada debía detenerme.

  Entonces, aquel segundo corazón que latía con fuerza y que me había estado guiando salió de mi cuerpo, dejándome parado y desorientado en el oscuro bosque.

  —Estoy perdido —dije después de voltear a los lados y solo ver árboles y oscuridad.

  De pronto, la maleza comenzó a moverse a la distancia. Algo saldría de allí; era seguro. Debía prepararme, el momento de pelear había llegado.

  Levanté un palo y lo puse frente a mí.

  Mis pies y manos temblaban.

  —Buen signo, eso es voluntad de guerrero que quiere salir —dije en voz baja.

  —Aaaaaaa.

  Un extra?o sonido, como si algo fingiera voz de humano, se escuchó a la distancia.

  ?No debo bajar la guardia!

  Aquel alarido agudo se escuchaba cada vez más cerca.

  ?Qué es lo que hace ese ruido? Tal vez, ?un animal me quiere enga?ar? ?Un tilcuate? ?Ecos del bosque? Cada vez se escucha más extra?o.

  Repentinamente, aquel sonido desapareció y todo quedó en calma.

  Debe ser un espíritu del bosque que está tratando de alejarme.

  —No soy enemigo, permítanme pasar, por favor —dije en voz alta mientras levantaba las manos.

  —Ooooiiiiii.

  De pronto, ese extra?o sonido regresó, pero ahora se escuchaba más cerca de mí.

  Apreté el pedazo de madera con mis manos, que estaban sudando. Entonces, Youali salió corriendo de entre la maleza.

  Mi hermano era atormentado por nuestras enemigas juradas: ?abejas!

  —?Corre, Ichkayoli! ?Corre!...

  Un enjambre lo seguía de cerca.

  Mi guerrero ancestral despertó al sentir el peligro y me obligó a correr sin descanso.

  Me picaban en la espalda, en el pecho, detrás de la oreja.

  El dolor era insoportable.

  Juraron venganza, pero no pensé que sería tan pronto.

  Corrimos hasta llegar a un apantle. Allí, Youali cayó al suelo y comenzó a restregar lodo en su cuerpo; después arrojó lodo sobre mí.

  Las abejas lo sabían. Un hechizo de escudo protector divino ahora estaba sobre nosotros. No podrían vencer.

  —Aaaaaaaa.

  Kochtli llegó corriendo también.

  Arrojamos lodo sobre su cuerpo mientras reíamos.

  Habíamos repelido el ataque. Ellas se alejaron volando al cielo, pero mientras se alejaban nos veían a los ojos y juraron venganza una vez más.

  Cobardes, nos atacaron por la espalda y sin estar preparados. La próxima vez, nosotros seremos quienes inicien el ataque ?y venceremos!

  Retiramos el oloroso lodo con agua limpia mientras seguíamos riendo.

  —Tus ojos ya son los mismos de siempre, Ichkayoli —dijo Youali.

  Al decir eso, pude notar que ellos ya no mostraban miedo, pues me veían y hablaban como de costumbre.

  —?Encontraste al dios que buscabas, Ichkayoli? —preguntó Kochtli con una sonrisa.

  —No, todavía no, chicos.

  —Te acompa?amos —dijo Youali.

  Con esas palabras descubrí que ellos nunca tuvieron miedo de entrar al bosque. Aunque tampoco parecían tener miedo de mis ojos cuando cambiaron de color.

  ?Habrán visto algo más cuando eso sucedió?

  —Está bien, vamos, es por acá —dije mientras se?alaba con una de mis manos.

  Los chicos me siguieron hasta que llegamos a una gigantesca pared de rocas y tierra. Entonces entendí que todo el tiempo había estado bajando sin querer al fondo de un barranco; por eso no había luz de sol.

  De pronto, aquella voz me llamó nuevamente:

  —Citlaltecuhtli... acude a mi llamado.

  —Es allí dentro —dije con los ojos bien grandes, con mucha seguridad y en voz alta.

  —?Qué está allí dentro, Ichkayoli? —preguntó Youali.

  —El dios... ?Está dentro de la monta?a!

  —Los dioses no viven en las monta...

  —Miren, una cueva. Debe ser la entrada a un recinto o templo secreto. Allí debe estar el dios de la monta?a —dijo Kochtli con el rostro feliz, mientras interrumpía a Youali.

  —Yo no voy a entrar, chicos... pueden haber animales venenosos ahí adentro —dijo Youali con miedo en la voz.

  Tomé un palo, nuestra fiel arma, pues siempre está con nosotros cuando más la necesitamos, y entré a la cueva.

  Kochtli no dudó ni por un instante y entró tras de mí.

  Youali se quedó por un momento fuera.

  —?No me dejen, chicos! —dijo Youali al quedarse solo.

  La cueva estaba húmeda y olía horrible, como si fuera lodo podrido.

  Cada paso que dábamos hacía que el siguiente fuera más difícil, ya que el lodo se hacía más denso y el agua subía hasta nuestras rodillas.

  De pronto, entre la oscuridad, pude sentir que la cueva cedía. De ser una cueva en línea recta, se estaba inclinando ligeramente hacia abajo.

  Desde ese punto, tuve que caminar más despacio y apoyándome en una de las paredes.

  Kochtli también pudo sentir la inclinación de la cueva, así que se sujetó de mis ropas, y Youali hizo lo mismo con él.

  Caminar de esta forma me dio más seguridad para seguir avanzando sin detenerme.

  Pero, de pronto, la cueva se inclinó aún más. Quise retroceder, pero mi pie resbaló y caí.

  Kochtli me sujetó fuerte, pero también resbaló y, al caer, jaló consigo a Youali.

  De esa forma caímos los tres y fuimos llevados hasta lo más profundo de la cueva.

  Traté de sujetarme de cualquier cosa que pudiera, pero la cueva era muy resbalosa a causa de la lama y el lodo que había.

  Y, después de un momento cayendo por la cueva, llegamos al fondo: un lago bajo tierra.

  Pero había algo muy raro, pues todo estaba bien iluminado.

  Había raíces saliendo por las paredes, al igual que lama de un extra?o color rojo que nunca antes había visto, y un fuerte olor a azufre.

  Lo más extra?o era que el agua tenía un hermoso color azul transparente. Y esta permanecía quieta, incluso cuando la agitábamos para mantenernos a flote.

  —Oigan, chicos, ?están bien?

  —Sí, yo estoy bien.

  —Yo también.

  —Esperen, ?cómo es que hay luz aquí abajo? —preguntó Youali.

  —Miren, viene de allá.

  —Es verdad. ?Qué es ese lugar?

  —Es un cenote.

  Nadamos hasta salir del agua y llegamos hasta quedar debajo de la luz.

  Pero entonces lo supe: esa luz no era de Tonatiuh... pues ?cómo era posible que la luz del sol bajara hasta este lugar?

  Las voces de los chicos tampoco hacían eco en las paredes, como en otros cenotes.

  —?Qué es este extra?o lugar? —pensé.

  Y entonces pude sentir calidez en mi pecho al mirar fijamente esa brillante luz.

  Repentinamente, una roca cayó exactamente por donde nosotros caímos al lago, pero no generó olas ni tampoco ningún sonido.

  Las raíces y los musgos se hicieron de menor tama?o, como si mostraran respeto y se prepararan para recibir a alguien o algo imponente.

  La luz se hizo más brillante y entonces... todo quedó en silencio y sin moverse. Incluso parecía que el mismo lago contenía su respiración.

  Valiente Citlaltecuhtli

  —Se?or de las estrellas—:

  He esperado tu regreso

  por milenios.

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