# Capítulo 24: Tobi debe morir
La plaza de la Ciudad Roja era un escenario de locura. La multitud, de rodillas, entonaba una canción que parecía desgarrar el tejido mismo de la realidad. Sus ojos, vacíos y sin vida, estaban fijos en Zack, pero sus voces, unidas en un coro macabro, clamaban por otro nombre: Skull. El sonido era una sinfonía sofocante, una ola de adoración profana que resonaba en los huesos de Zack, haciendo que sus órganos vibraran en una armonía enfermiza.
—?Zack! —cantaban, sus voces un trueno que sacudía la plaza—. ?Qué se siente vivir una vida de cautiverio? ?Sonreír y llorar sin saber por qué? Te adoramos, vivimos para ti. OOH OOH OOH Gran Mesías, OOH OOH Gran Se?or.
La música lo envolvía, una caricia venenosa que prometía libertad. Y, por un instante aterrador, Zack se sintió libre. Una extra?a ligereza se apoderó de su cuerpo, una sensación de paz que lo llenó de un pavor profundo. Era una libertad falsa, un cebo para su alma, y luchó contra ella, su mente rebelándose contra la seducción de aquel consuelo artificial.
El olor a sangre, mora y cereza se intensificó, un perfume dulce y nauseabundo que anunciaba la llegada del maestro del ritual. La multitud se abrió, revelando una figura que parecía haber salido de una pesadilla. Una persona de apariencia andrógina, con un largo cabello blanco que flotaba a su alrededor como un sudario, y ojos violetas que brillaban con una inteligencia cruel. Una sonrisa sádica jugaba en sus labios mientras caminaba hacia Zack, sus pasos silenciosos, pero cada uno resonando como una sentencia de muerte.
—Hola, Zack —dijo la persona, su voz una melodía suave que contrastaba con la maldad en sus ojos—. Soy la Muerte. Y te conozco. Conozco tus miedos, tus secretos, tu pasado.
***
La imagen de la plaza se disolvió, reemplazada por una escena de una belleza impresionante. Una colina verdeante, cubierta por una alfombra de flores violetas de Jacarandá. En el centro, la Madre de todos los árboles de Jacarandá se alzaba, sus ramas extendiéndose por kilómetros, un santuario de paz y sabiduría. Bajo su sombra, un joven Zack, de cabello blanco y ojos oscuros, leía un libro con una portada negra y violeta, adornada con un gran ojo. A su lado, Nanashi, con su largo cabello blanco y una sonrisa vibrante, masticaba un trozo de hierba, la personificación de la tranquilidad.
—?Por qué la protegiste? —preguntó Nanashi, con los ojos fijos en el libro de Zack. Zack no respondió, absorto en su lectura—. Sofia... ella es... —comenzó Nanashi, pero Zack lo interrumpió, cerrando el libro con un suspiro—. Nanashi, basta. Ya dije que no la entregaré.
—Torturaste y mataste a su padre —dijo Nanashi, con voz seria—. No importa si era un canalla. Tenía un alto cargo. Te harán sufrir, Zack. De hecho, ya estás sufriendo... Solo dime, ?valió la pena?
Zack puso su mano en el hombro de su amigo, con una ligera sonrisa en los labios. —Valió la pena cada momento. Haría lo mismo por ti. —Nanashi se rió, y el sonido resonó por la colina—. ?Aléjate, no me gustan los hombres! ?Eres raro, aléjate de mí! —La broma rompió la tensión y los dos rieron, su risa contagiosa. Pero detrás de la ligereza, Nanashi pensó: "Zack, yo haría lo mismo por ti, hermano mío. Pero soy demasiado cobarde para admitirlo".
***
Seis meses después. La colina de la sabiduría estaba irreconocible. Una tormenta violenta la azotaba, los rayos desgarraban el cielo y el viento aullaba como un animal herido. Los Jacarandás se doblaban, sus flores violetas esparcidas por el suelo empapado. En medio de aquel caos, Zack estaba de rodillas, con su cuerpo temblando y sus manos cubiertas de sangre. La ciudad del Poliedro, a lo lejos, era una pira funeraria, con humo negro elevándose hacia el cielo tormentoso.
—?Zack! ??Qué pasó?! —gritó Nanashi, su voz casi inaudible en medio del ruido de la tormenta. Corrió hacia su amigo, con la desesperación grabada en su rostro—. ?Dónde están Tobi y Momo?
Zack no respondió. Simplemente levantó la cabeza, y sus ojos abiertos y horrorizados se encontraron con los de Nanashi. —Perdóname, Nanashi —susurró, con la voz entrecortada—. No sé qué pasó... Yo...
Nanashi se sentó a su lado, la lluvia empapándolos a ambos. Con una calma que desmentía la tormenta a su alrededor, recogió los pétalos mojados del suelo y comenzó a limpiar la sangre de las manos de Zack. —Cálmate, Zack. Respira hondo. Estoy aquí.
Zack respiró profundamente, y el temblor de su cuerpo disminuyó gradualmente. —El rey se enteró del plan —dijo, con la voz aún temblorosa—. Momo está muerta, Nanashi. —El silencio que siguió fue más pesado que cualquier trueno—. ?Quién la mató? —preguntó Nanashi, con la voz como un hilo.
La respuesta llegó con un relámpago que iluminó el rostro devastado de Zack. —Yo lo hice.
Zack contó la historia, y las palabras brotaron en un torrente de dolor y culpa. El rey los había acorralado, forzándolo a una elección imposible. Tobi, capturado y torturado, suplicaba por la muerte. Pero Momo, a?os antes, le había hecho prometer que nunca dejaría morir a Tobi. Y, en aquel momento, ella le recordó la promesa. Para salvar a Tobi, tuvo que matar a Momo. Y, para escapar, masacró a toda la familia real.
Nanashi escuchó en silencio, la lluvia ocultando las lágrimas que corrían por su rostro. Cuando Zack terminó, se puso de pie y extendió la mano a su amigo. —Está bien, Zack. Solo toma mi mano. —Zack vaciló, con la culpa consumiéndolo. Pero tomó la mano de Nanashi y, juntos, se pusieron de pie, dos hermanos unidos por la tragedia y una lealtad inquebrantable.
***
El recuerdo se desvaneció y Zack estaba de vuelta en la plaza, el olor a cereza y mora ahora era insoportable. La "Muerte" sonrió, una sonrisa que contenía todo el conocimiento de su doloroso pasado.
—?Te acuerdas, Zack? —dijo la "Muerte", su voz resonando en la mente de Zack—. La culpa, el dolor, el sacrificio. Todo para nada. —Con un chasquido de sus dedos, la plaza se transformó. Zack estaba de vuelta en la colina, pero esta vez, era el cuerpo de Momo lo que sostenía, su sangre manchando sus manos. La voz de Nanashi lo acusaba, el dolor en sus ojos era una daga en el corazón de Zack.
—?Tú la mataste! —gritó el fantasma de Nanashi—. ?Nos mataste a todos!
Zack gritó, la realidad y la ilusión fusionándose en una pesadilla psicodélica. Atacó a la "Muerte", pero sus golpes fallaron el objetivo, atravesando el aire como si estuviera luchando contra un fantasma. La "Muerte" se rió, y su risa resonaba con las voces de todos los que Zack había perdido.
—Soy tus recuerdos, Zack —dijo la "Muerte", y su forma cambió a la de Nanashi, luego a la de Momo y, finalmente, a la de Sofia—. Soy tu culpa, tu miedo, tu oscuridad. Y nunca escaparás de mí.
Zack cayó de rodillas, derrotado. El dolor de su pasado era un arma contra la que no podía luchar. La "Muerte" se acercó, con una sonrisa triunfante en su rostro. Se volvieron hacia la cuna, donde el bebé de ojos dorados lloraba, ajeno al drama que se desarrollaba.
—Ahora —dijo la "Muerte", con su voz goteando veneno—, terminemos lo que empezamos. —Su mano se extendió hacia el bebé y el mundo de Zack se hundió en la oscuridad.
***
### Tobi debe morir
Zack estaba de rodillas, su cuerpo temblando en una convulsión silenciosa. Un zumbido agudo y penetrante perforaba sus oídos, ahogando los sonidos de la plaza y el llanto distante del bebé. La figura de la Muerte, un espectro de belleza andrógina, se movía hacia la cuna, cada paso un eco en su mente fragmentada. Intentó ponerse de pie, pero sus músculos no obedecían, paralizados por un terror que trascendía lo físico.
Fue entonces cuando la sintió. Un abrazo etéreo, un calor que lo envolvió como un manto de luz dorada. Una mujer rubia, con la piel blanca como la nieve y ojos dorados que brillaban con una bondad infinita, lo sostenía. Era un toque espiritual, una caricia en su alma herida. —Despierta —le susurró al oído, su voz una melodía suave que contrastaba con el caos de su mente.
Su energía, dorada y protectora, fluyó hacia él, una ráfaga de cordura en medio de la locura. Sus recuerdos, antes un torbellino de imágenes desconectadas, comenzaron a asentarse. Vio a Orpheus, no como el guerrero adulto que conocía, sino como un ni?o asustado. Vio a K, una cazadora desesperada, luchando por sobrevivir. Y recordó el castillo del Rey Violeta, la sangre en sus manos, la furia que lo consumía.
La disonancia era abrumadora. ?Había vuelto atrás en el tiempo? ?O todo había sido una alucinación, un sue?o febril? La perfección de aquel mundo, el sentimiento de plenitud, ahora parecía una mentira cruel. Y la Muerte... la Muerte no encajaba en ninguno de sus recuerdos. Si había regresado al pasado, ?por qué no recordaba a aquel ser, aquel ritual, aquel olor a cereza y mora que ahora lo asfixiaba?
La mujer espiritual lo llamó por su nombre, su voz un faro en la oscuridad. —Zack... despierta. —Y entonces, ella se fue, dejando atrás un rastro de calor y una claridad dolorosa. La fuerza regresó a su cuerpo, sus venas pulsando con un vigor renovado. Su respiración se volvió pesada, y sus ojos negros, antes nublados por la confusión, explotaron en una furia fría y determinada.
Con un movimiento que desafiaba la lógica, Zack reapareció frente a la Muerte, bloqueando su camino hacia el bebé. Pero algo andaba mal. La figura ante él no era la misma. La belleza andrógina había desaparecido, reemplazada por una presencia aterradoramente familiar.
Los detalles, antes ocultos por la manipulación y el caos, ahora encajaban con una claridad aterradora. El pergamino de Ra sin respuesta, las preguntas sobre la libertad y la muerte, la sensación de ser guiado por un camino tortuoso... todo tenía sentido. Y en el centro de todo, la verdad, una daga clavada en su corazón: Tobi.
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Su amigo de la infancia, su hermano de caza, su leal compa?ero. Tobi era la Muerte. él era el maestro del ritual, el manipulador de sombras. Y el grupo de Zack, en su búsqueda de respuestas, había tropezado en su escenario, arruinando su espectáculo.
Tobi estaba allí, con su abrigo largo, su sombrero negro con una sola raya roja y ojos azul océano. Un cigarrillo colgaba de sus labios y una sonrisa burlona jugaba en su rostro. La imagen de la traición era tan abrumadora que Zack sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—Tobi... —susurró, con la voz ronca por la incredulidad—. ?Qué... qué es esto?
En un gesto de negación, intentó apelar a la amistad que una vez los unió. —Podemos arreglar esto, Tobi. Una cerveza, una charla... como en los viejos tiempos. —Sacó la brújula de su bolsillo, el símbolo de su hermandad, la última reliquia de un pasado que ahora parecía una mentira.
Tobi no respondió. Simplemente dio una larga calada a su cigarrillo, el humo mezclándose con el olor dulce y nauseabundo del ritual. Luego, con un desprecio que cortaba más profundo que cualquier cuchilla, escupió sobre la brújula y la aplastó bajo su pie.
Zack gritó, el dolor de la traición consumiéndolo. —?Nanashi nos dio eso! ?Su recuerdo nos mantiene vivos!
Tobi se rió, una risa vacía, desprovista de cualquier alegría. —Nanashi... —repitió, el nombre un veneno en sus labios—. Realmente no recuerdas nada, ?verdad?
Zack se acercó, agarrando a Tobi por el cuello. —?Alguien te está manipulando, Tobi! ?Sé que lo están haciendo! Voy a sacarte de esto, amigo. ?Estoy aquí!
La sonrisa de Tobi se ensanchó, revelando unos dientes blancos y brillantes que parecían aterradoramente fuera de lugar en aquella escena de horror. Y entonces, Zack se dio cuenta. La multitud, los ciudadanos de la Ciudad Roja, todos sonreían de la misma manera. Un coro de burla, una pesadilla de dientes blancos y ojos vacíos.
—Mira, no quería que terminara así —dijo Tobi, su voz tranquila, casi casual—. Solo quería enviarte al infierno. Quería verte revolcarte, volverte loco, sin descubrir nunca la verdad. Quería verte cuestionar la realidad y, después de mucho tiempo, suplicar por la muerte. Pero me descubriste. No sé cómo, pero me descubriste. Y eso me duele, porque ni siquiera sufriste lo que deberías haber sufrido.
Las palabras de Tobi eran como ácido, quemando el alma de Zack. Retrocedió, su cuerpo temblando, sus piernas fallando. El hombre frente a él no era su amigo. Era un monstruo, un demonio en piel humana.
—Lo planeé todo cuidadosamente —continuó Tobi, con la ironía goteando de su voz—. Iba a morir ayudándote en la batalla contra la "Muerte", Zack. Qué personaje tan burdo e idiota creé, y tú te lo creíste. Jurarías venganza, culparías al Vacío... pero la verdad, mi querido Zack, es mucho más deliciosa.
Zack tropezó y cayó, el suelo irregular de la plaza lo recibió con un golpe seco. Estaba paralizado, su mente incapaz de procesar la enormidad de la traición.
Y, en medio de la tortura, Tobi susurró: —Te voy a contar un secreto, viejo amigo. Vas a morir y, al final, todo nuestro jueguito no sirvió para nada. Todo el peso de tu lucha no sirvió para nada. Soy cruel, pero aún tengo una gota de bondad. Así que, antes de que mueras, te voy a dar la verdad.
***
Los pu?etazos cesaron. Tobi retrocedió, encendiendo otro cigarrillo. —?Recuerdas el Día D? —preguntó, con el humo rodeando su rostro.
Zack, con el rostro hinchado y ensangrentado, solo pudo sacudir la cabeza. El único ojo que aún podía abrir estaba lleno de lágrimas.
—El rey iba a matar a todos los de ojos negros —dijo Tobi, su voz fría y desprovista de emoción—. El hombre que te adoptó, que te cuidó... él, el ejército, todos pensaban lo mismo. TIENES OJOS NEGROS, Zack. Eres un monstruo. Y iban a purificar el mundo de ti.
Tobi abrió los brazos en un gesto de alabanza y la multitud lo imitó, un mar de cuerpos vacíos levantando sus manos hacia el cielo manchado de sangre. —Los grandes jefes del país hicieron un acuerdo mundial con todas las naciones. Llegaría un día, en tal fecha y a tal hora, en que ocurriría la purificación global más grande del mundo. Necesitabas verlo, Zack. Fue realmente único. Países que se odiaban, que nunca podían ponerse de acuerdo sobre cómo mantener la paz, cómo luchar contra los monstruos, cómo lidiar con el Continente Rojo... todos unidos por un solo propósito: exterminar tu raza.
—El Vacío dominaba el globo y todo lo que quedaba eran las ciudades. Y la historia del Mesías, el gran salvador de la gente de ojos negros, se hacía cada vez más fuerte. Las naciones estaban siendo amenazadas, las aldeas tomadas por los ojos negros. No por la fuerza, sino por la sangre. La mezcla de razas. Gente impura casándose con ojos negros y teniendo hijos... qué asco.
Zack, con dificultad, agarró la camisa de Tobi. —?Por qué? —susurró, con la voz como un hilo—. Sé que amabas a Momo.
Tobi dio una larga calada al cigarrillo, el placer evidente en su rostro, pero sus ojos eran un abismo de oscuridad. —Ella tenía ojos negros. Hoy lo entiendo. Fue solo un enamoramiento infantil.
—Tobi, no me creo eso —respondió Zack, con voz baja y débil.
Tobi se volvió, mirando la luna roja que colgaba en el cielo como un ojo sangrante. Durante un largo momento, guardó silencio, el humo del cigarrillo elevándose en lentas espirales.
—Sabes, Tobi —dijo Zack, con la voz un poco más firme—, nunca te dije esto, pero ella me hizo prometer que te salvaría.
Tobi se rió, una risa amarga que se perdió en la inmensidad de la noche. —?Por qué diría algo tan idiota? Su vida realmente no valía nada. Era una inmundicia de ojos negros.
—No lo entiendes —dijo Zack, sacudiendo la cabeza en negación—. Por eso me pidió que te salvara. Sabía que su vida no valdría nada, pero la tuya...
Las palabras de Zack pendieron en el aire, cargando un peso que Tobi ya no podía ignorar. Continuó mirando a la luna, pero ahora sus hombros temblaban. Gotas de agua empezaron a caer sobre el rostro de Zack. —Empezó a llover, Zack —diso él, con la voz entrecortada—. Se avecina una lluvia fuerte.
—Sí, amigo —respondió Zack, y la compasión en su voz fue un bálsamo para el dolor de Tobi—. Parece que se ha estado gestando durante mucho tiempo.
Tobi se volvió, con el rostro contorsionado en una máscara de agonía. Era un hombre roto, un cazador destruido. El amor por Momo, que había intentado enterrar bajo una monta?a de odio y crueldad, ahora lo consumía.
—El Día D... —continuó él, con su voz como un susurro ronco—. Todos los países se unieron para destruir tu raza. No habría ojos negros y, así, podrían terminar con el Vacío. El plan se hizo para silenciar la propagación de tu gente y destruir cualquier posibilidad de que se inventara un Mesías o alguna historia idiota.
Zack estaba paralizado, su mente dando vueltas ante la enormidad de la revelación. Pero una pregunta lo atormentaba. —?Cómo sabías todo esto? ?Y yo no?
Tobi se limpió la cara con el dorso de la mano, y la máscara de dureza se reconstituyó lentamente. —Porque quien planeó todo esto, Zack... fue Nanashi.
***
—??QUééé!! —El grito de Zack desgarró el aire, un sonido de pura agonía y negación. Agarró a Tobi con más fuerza, sacudiéndolo—. ?Deja de mentir! ?Por qué dices esto, Tobi? ?Estás intentando manipularme!
—No miento, Zack —dijo Tobi, con su voz ahora tranquila, resignada—. No te acuerdas, amigo, porque descubriste todo esto y huiste. Nos dejaste a mí y a muchos de nuestros otros amigos atrás. Tu mejor amigo, tu hermano, el que te crió... sí. él te traicionó.
Zack ya no tenía fuerzas para gritar, para golpear, para luchar. La verdad lo había vaciado, dejando solo una cáscara hueca.
—No sé qué pasó, Zack —continuó Tobi, con su voz como un murmullo—. Pero huiste, dejándolo todo atrás. No sé por qué no te acuerdas. Realmente no lo sé. Solo sé que todos te temían. No dejarías que este plan ocurriera en el país. Además de ser temido en otros países, la guerra forjó tu nombre, y todos tenían miedo de ti, de lo que podrías hacer después de esta acción. Nanashi sabía cómo detenerte, así que inició el plan. Por eso todos los países te cazan. El mundo caza a los ojos negros, y tú eres un símbolo de resistencia.
Zack guardó silencio, con el rostro inexpresivo y los ojos vacíos. Nanashi. El Día D. Amigos. Naciones. Todas las piezas del rompecabezas encajaban, formando un cuadro de horror indescriptible.
—Ni siquiera sé por qué te lo conté —dijo Tobi, con su voz cansada—. Creo que la muerte de Momo fue mi error y, al final, siempre te culpé a ti. Zack, abracé el racismo contra el que estaba en contra. Este es mi destino. Quiero morir como un monstruo, haciendo lo que mejor sé hacer: matar a mis amigos y a los que amo.
Tobi miró a Zack, con sus ojos fijos en los de él. La mirada sin vida de Tobi, el humo de su cigarrillo extendiéndose entre ellos, los ciudadanos sonriendo mientras los miraban a los dos, la energía macabra que hacía que el lugar careciera de vida. Al fondo, el bebé lloraba pidiendo ayuda.
Y entonces, un grito desgarró el silencio. Un grito de pura agonía primigenia.
—??VEN A Mí, LUNA NEGRA!!
Un rayo negro desgarró el cielo, cayendo hacia Zack y Tobi, una promesa de aniquilación y, tal vez, de liberación.

