La guerra estalló como una tormenta de sangre. Humanos y monstruos de las Tierras Oscuras se enzarzaron en una batalla encarnizada por el territorio, pero la balanza se inclinó pronto. Diezmados por el número y el poder abrumador de las bestias, los altos mandos humanos ordenaron una retirada desesperada, cediendo terreno para evitar la extinción total.
Sin embargo, el destino tenía otros planes. El contingente de soldados encargados de evacuar a los civiles fue interceptado. No fue un ataque cualquiera; cayeron ante la crueldad del Capitán Malacor, conocido como el "Varón de las Cenizas".
Al percatarse de una aldea cercana, Malacor desplegó a sus tropas con una eficiencia aterradora. Los aldeanos, presos del pánico, intentaron huir con lo poco que podían cargar, pero el cerco ya estaba cerrado. Los soldados enemigos saquearon cada rincón, arrastrando a cada hombre, mujer y ni?o hacia la plaza central. Todos, excepto dos hermanos que, en un acto de instinto puro, lograron ocultarse bajo los tablones del suelo de su hogar.
Desde la penumbra y entre las grietas de la madera, Kael y Sora observaban. El aire se volvió pesado, cargado de un hollín que quemaba la garganta. Entonces, un corcel negro como el abismo se detuvo en el centro de la plaza. Malacor desmontó con una elegancia gélida; su armadura gris oscuro parecía devorar la escasa luz del atardecer.
Al alzar la voz, el viento se detuvo, como si la naturaleza misma contuviera el aliento por miedo:
MALACOR: —Pueblo de barro y miedo... contemplen el fin de su era. Yo, Malacor, el Varón de la Ceniza, les ordenó postrarse ante un ser superior. Agradezcan este silencio gris, pues hoy les concedo la gracia de morir por mi mano.
El aire se volvió denso, casi sólido. Malacor caminó entre la multitud aterrada y sentenció:
MALACOR: —Ahora les daremos el descanso eterno que ustedes, simples humanos, merecen.
El capitán desenvainó una espada carmesí. Al levantarla, el arma comenzó a vibrar, cargándose de una energía ígnea que hizo que el suelo temblara bajo los ni?os escondidos. El calor se volvió insoportable. Con un golpe seco y una luz roja cegadora, Malacor impactó el suelo.
La onda expansiva barrió la aldea. Las casas se deshicieron como papel quemado, pero el destino de los aldeanos fue más atroz: el poder calcinante los convirtió en nubes de ceniza antes de que sus cuerpos pudieran tocar el suelo.
Con el silencio de las ruinas como único testigo, Malacor montó de nuevo en su corcel. Antes de partir, dirigió su mirada hacia los restos de la casa de los hermanos, como si su vista atravesara la madera y la piedra. Dijo con voz firme:
MALACOR: —Lo que ven ahora es mi obra. Y la esparciré por todo el mundo humano, hasta que no quede un solo rincón que mis cenizas no hayan alcanzado.
Cuando el eco de los cascos del caballo desapareció, Kael, el mayor, y Sora, el menor, emergieron de las ruinas. Estaban heridos, cubiertos de hollín y con los pulmones ardiendo por la ceniza. Buscaron entre los escombros, encontrando apenas algunos harapos y restos de comida bajo las rocas.
Antes de abandonar el cementerio en el que se había convertido su hogar, se dirigieron a las tumbas de sus padres, dos montículos de tierra que milagrosamente habían resistido el fuego.
Kael se arrodilló primero, con los pu?os apretados hasta que los nudillos se tornaron blancos.
KAEL: —Hola, papá... Hola, mamá. Vinimos con Sora a visitarlos una última vez. Aquí ya no queda nada por lo que vivir, pero no huiremos. Emprenderemos una cruzada para detener a Malacor y a sus secuaces. Solo cuando caigan bajo nuestros pies, la aldea tendrá la justicia que merece.
Kael se puso en pie y se alejó unos pasos, permitiendo que su hermano menor tuviera su propio momento de despedida. Sora miró las lápidas con una intensidad impropia de su edad; el brillo de la inocencia en sus ojos había sido reemplazado por un frío.
SORA: —Voy a hacer que paguen por lo que hicieron. Lo prometo frente a ustedes: nos volveremos más fuertes y los haremos sufrir. Esto no quedará así.
Sora alcanzó a su hermano. Con el peso de un mundo perdido sobre sus hombros, ambos dieron la espalda a las cenizas y caminaron hacia el horizonte, donde la silueta de los monstruos aún se dibujaba contra el sol poniente.
Los días siguientes fueron una procesión de sombras. Kael y Sora vagaron por aldeas que ahora eran cementerios de ceniza, esquivando las patrullas enemigas que peinaban los caminos principales. Para evitar ser capturados, se internaron en la espesura del bosque, donde la vegetación era tan densa que ocultaba incluso la luz del sol.
Allí, oculta entre robles milenarios, encontraron una peque?a caba?a de madera. Parecía abandonada, con las ventanas cubie, {rtas de musgo y la puerta entornada. Exhaustos, los hermanos entraron y se desplomaron en un rincón, logrando descansar por primera vez en noches.
Sin embargo, la paz duró poco.
Al caer la tarde, el cielo se desgarró en una tormenta violenta. Los truenos sacudían las paredes de madera y la lluvia golpeaba el techo como si fueran piedras. Entre el estruendo del agua, un ruido distinto los puso en alerta: pasos pesados y el tintineo de metal sobre el porche. Rápidamente, Kael arrastró a su hermano bajo una vieja cama de roble.
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La puerta se abrió de golpe. Un hombre de mediana edad entró tambaleándose, empapado hasta los huesos. Vestía una armadura ligera abollada y una espada larga colgaba de su cinto. Parecía agotado, pero sus instintos seguían afilados.
Se sentó en un banco y comenzó a desabrocharse las correas de la coraza. Pero justo antes de soltar su espada, se detuvo en seco. Sus ojos recorrieron la habitación y, con un movimiento felino, dio un salto hacia atrás mientras desenvainaba el acero, apuntando directamente al hueco bajo la cama.
DESCONOCIDO: —Quienquiera que sea... sal de ahí ahora mismo y muéstrate.
Kael apretó la mano de Sora y, dándose cuenta de que el escondite ya no servía de nada, salió primero, interponiéndose entre el extra?o y su hermano peque?o.
KAEL: —No somos enemigos, se?or. Entramos porque pensamos que la casa estaba abandonada.
El hombre bajó lentamente la guardia, dejando escapar un suspiro que parecía llevar guardado días. Su expresión dura se suavizó en una mueca de cansancio.
DESCONOCIDO: —Ah... pero si solo son unos ni?os. No pasa nada, peque?os. Mientras no tengan colmillos ni huelan a azufre, no me importa compartir esta choza.
Kael y Sora no se relajaron. Sus ojos buscaban respuestas: ?por qué este hombre seguía en un territorio infestado de monstruos cuando todos los demás habían huido? Sora, incapaz de contener la curiosidad, rompió el tenso silencio.
SORA: —?Qué hace usted aquí solo, se?or? Todas las personas ya se fueron de estas tierras.
El hombre soltó una risa seca mientras envainaba su espada.
DESCONOCIDO: —Bueno, no soy el único, ?verdad? Ustedes también están aquí. ?Qué hacen dos ni?os solos en esta zona de muerte?
Kael dio un paso al frente, con la mirada sombría.
KAEL: —Somos los únicos sobrevivientes del ataque a la aldea de la frontera. Malacor y su ejército nos lo quitaron todo. Sobrevivimos bajo el piso de nuestra casa mientras él convertía a nuestra gente en cenizas.
El hombre quedó perplejo. La compostura del ni?o, su voz firme a pesar de haber presenciado el horror del Varón de las Cenizas, lo dejó mudo por un instante. No muchos podían pronunciar ese nombre sin que les temblara la voz.
DESCONOCIDO: —No hay muchos que vean a Malacor y vivan para contarlo. Han tenido una suerte increíble... pero ahora su fortuna mejora, porque se han topado conmigo. Pueden quedarse bajo mi protección por ahora.
Los hermanos se miraron. El hombre era extra?o, algo rudo, pero había una chispa de honor en su mirada que los hizo confiar.
DESCONOCIDO: —Por cierto, muchachos... no me han dicho sus nombres
.KAEL: —Soy Kael Valerius, y él es mi hermano Sora.
GIDEON: —?Valerius, eh? —El hombre sonrió de medio lado mientras encendía una peque?a hoguera en la chimenea con magia de fuego —. Bueno, Kael, Sora... Yo soy Gideon Vargas . Descansen hoy. Ma?ana empezaremos a ver si de verdad tienen lo necesario para sobrevivir a este mundo.
Gideon se acomodó cerca del fuego y clavó su daga en un trozo de madera. Miró de reojo a los hermanos; Kael seguía tenso, con los hombros rígidos y la mano puesta sobre el hombro de Sora, listo para salir huyendo al menor movimiento sospechoso.
—Tienen hambre, ?verdad? —preguntó Gideon sin mirarlos directamente, para no intimidarlos—. Porque yo sí.
Kael no respondió de inmediato. Sus ojos recorrían la habitación buscando una trampa, hasta que se detuvieron en la armadura ligera que el hombre había dejado sobre el banco. Allí, grabada en el metal abollado y manchada por sangre seca de monstruo, había una insignia: un sol eclipsado por una espada.
Kael sintió que el corazón le daba un vuelco. Era el emblema de los Segadores de Sombras, una unidad de élite que se decía era la única que aún plantaba cara a las legiones de las Tierras Oscuras.
—Esa marca... —susurró Kael, se?alando la armadura—. Mi padre decía que los hombres que llevan ese sol no se rinden ante los monstruos.
Gideon hizo una pausa mientras sacaba la carne de conejo de su morral. Miró su armadura con una mezcla de orgullo y amargura.
—Tu padre sabía de lo que hablaba —gru?ó Gideon—. Esa marca significa que he matado a más esbirros de Malacor de los que puedo contar. Y también significa que él quiere mi cabeza tanto como la de cualquier otro sobreviviente.
Esa revelación cambió el ambiente. Kael relajó un poco los hombros. Ya no era un extra?o cualquiera; era un enemigo del hombre que había destruido su vida. El hambre, que hasta entonces había sido secundaria frente al miedo, estalló en sus estómagos.
Mientras el estofado burbujeaba, el aroma de la carne y las hierbas llenó la caba?a. Comieron en un silencio pesado al principio, que Gideon fue rompiendo con relatos cortos pero crudos sobre sus enfrentamientos con las patrullas enemigas. Sora, agotado por los días de huida, terminó quedándose dormido con la cabeza apoyada en la mesa.
Gideon se levantó y, con una delicadeza que contrastaba con su aspecto rudo, cargó al peque?o hacia la cama.
—Duerman ahí —ordenó Gideon—. Yo vigilaré la puerta.
Kael se quedó sentado un momento más, observando al guerrero afilar su daga bajo la luz de las brasas.
—Gideon... —llamó Kael con voz baja—. Si de verdad eres un Segador... ?puedes hacernos fuertes? Queremos que Malacor pague. No queremos volver a escondernos bajo el suelo mientras otros mueren.
Gideon dejó de afilar. El sonido metálico cesó, dejando solo el crujir de la madera quemándose.
—Vengarse de un tipo como Malacor requiere más que odio, ni?o. Requiere que dejes de ser un ni?o —dijo Gideon, mirándolo a los ojos—. Si aceptan, ma?ana empezaremos con el entrenamiento. Les ense?aré a canalizar la magia y a endurecer el cuerpo. Pero una vez que empecemos, no hay vuelta atrás. Serán soldados, no refugiados.
Kael apretó los pu?os. La desconfianza se había transformado en una determinación fría.
—Sí, Maestro Gideon. Estamos listos.
Gideon soltó una carcajada ronca, sorprendido por el título.
—"Maestro Gideon", ?eh? —sonrió para sí mismo --. ese título me gusta jajaja.

