Días después, el bar volvía a estar lleno de voces, risas y vasos chocando entre sí. Zein y Kiomi trabajaban como meseros, moviéndose entre las mesas con bandejas en mano. Kiomi, en particular, se había vuelto sorprendentemente popular. Para muchos de los clientes, ver a una elfa atendiendo mesas era algo poco común, casi una novedad, y no faltaban miradas curiosas que se alargaban más de la cuenta.
Más de una vez, cuando Zein se acercaba a una mesa, alguno levantaba la mano con impaciencia solo para decirle que mejor trajera a “la elfa”. Zein soltaba una risa incómoda y obedecía, mientras Kiomi cumplía con su trabajo sin demasiadas palabras, manteniendo siempre cierta distancia con él. Eran los únicos meseros desde que el anterior había renunciado, así que no había mucho margen para quejarse.
Durante uno de sus descansos, Zein se apoyó en la barra y se sentó junto a Naoko, quien descansaba allí después de una pelea reciente. Tenía los brazos cruzados sobre la madera y la mirada perdida en algún punto frente a ella.
—?No tienes que trabajar? —preguntó Naoko al notar que Zein se acomodaba a su lado.
—Estoy en descanso —respondió él encogiéndose de hombros—. Además, la gente prefiere a Kiomi. Cada vez que les sirvo algo, me hacen a un lado y me dicen que los lleve con la elfa.
Pidió un vaso de agua al cantinero, que se lo deslizó sin decir nada.
—Qué asco… —murmuró Naoko, observando a algunos clientes que no disimulaban sus miradas.
Zein iba a responder cuando algo llamó su atención. Alzó la vista y frunció ligeramente el ce?o. En la parte alta de la contrabarra, un rectángulo brillante proyectaba imágenes en movimiento, cambiando de colores y escenas.
—?Qué es eso? —preguntó se?alándolo.
—?Qué cosa? —Naoko siguió su dedo—. ?Eso?
—Sí, eso —dijo Zein sin apartar la vista.
Naoko lo miró como si acabara de decir algo extra?o.
—No me digas que en serio no sabes qué es…
—No —admitió él con naturalidad—. En Ilmenor no había de esos, y la verdad nunca me había fijado que aquí tenían uno.
Había curiosidad genuina en su expresión, casi infantil. Naoko parpadeó un par de veces y luego desvió la mirada.
—Bueno… —dijo, pensándolo—. Es magia. Se hace pasar a través de un cristal para que fluya dentro y termine proyectando imágenes.
Zein la observaba con atención, sin interrumpirla, como si cada palabra fuera importante. Naoko se removió un poco en su asiento.
—Eh… o sea, es más complejo que eso —continuó—, pero… hay distintos lugares que puedes sintonizar para ver cosas diferentes y…
Para ese punto, su rostro ya estaba completamente rojo. Zein seguía mirándola, interesado, sin darse cuenta de lo mucho que eso la ponía nerviosa.
—?Y qué más? —preguntó él, inclinándose apenas hacia adelante.
Naoko apretó los labios, tratando de ordenar sus ideas.
—Bueno… este… —Naoko ya no pudo continuar. Bajó la cabeza y dejó que su cabello le cubriera el rostro, como si así pudiera esconder el calor que le quemaba las mejillas. Aun así, Zein permaneció allí, esperándola, genuinamente interesado.
Antes de que pudiera decir algo más, el cantinero le lanzó una bola de papel que le dio directo en la cabeza.
—Ya vuelve a trabajar, se acabó tu descanso —dijo mientras seguía secando un vaso con total calma.
—Perdón, Judas, ya voy —respondió Zein levantándose—. Hablemos en otro momento, Naoko, ?sí?
—S-sí… —contestó ella apenas audible.
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Naoko permaneció con la cabeza agachada, el rostro rojo como un tomate.
—Gracias… —murmuró hacia Judas.
—No hay de qué —respondió él sin mirarla, continuando con su rutina.
Un rato después, el sonido del pasto moviéndose por el aire llenaba el patio de la casa. Zein entrenaba con una espada de madera, repitiendo una y otra vez los mismos movimientos que Lucian le había ense?ado. No cambiaba nada, no improvisaba; cada paso, cada giro, seguía el orden exacto de siempre. La única diferencia era la ausencia silenciosa a su lado.
Cerca de ahí, Lyra jugaba colgada de una rama del árbol, balanceándose con una sonrisa despreocupada.
—?Qué tal tu día en la panadería? —preguntó Zein sin dejar de blandir la espada.
—Bien. La se?ora de la panadería es muy amable y paciente conmigo —respondió Lyra, dejándose llevar de un lado a otro.
—?Sí? Me alegro —dijo él, ajustando su agarre para no perder la concentración.
—Hermanito.
—?Sí?
—?Cuál es tu sue?o? —preguntó Lyra de repente.
Zein detuvo el movimiento y frunció ligeramente el ce?o.
—?Mi sue?o?
—Sí. Tu sue?o. ?Cuál es tu deseo más grande?
Zein guardó silencio unos segundos. Luego dejó la espada a un lado y se sentó a la sombra del árbol, apoyando la espalda en el tronco.
—Mi sue?o más grande… —dijo al fin— es cualquier sue?o que tengas tú.
Lyra lo miró desde arriba, ladeando la cabeza.
—Qué aburrido —dijo sin malicia, balanceándose otra vez entre risas.
—Qué quieres que te diga ?Y el tuyo? ?Cuál es? Así puedo saber cuál es también mi sue?o —dijo Zein con una sonrisa tranquila.
—?Mi sue?o es uno increíble! —respondió Lyra, inflando el pecho con orgullo—. ?Quiero vivir en una gran caba?a de madera frente a un lago gigante, en medio de la naturaleza, lejos de todo! Que tenga una monta?a cerca y que podamos escalarla para ver el paisaje siempre. Quiero que vivamos tú y yo ahí. También Kiomi y Kio. ?Y si Naoko, Alexander o Mei quieren irse a vivir ahí, tampoco tendría problema!
Zein la escuchó sin interrumpirla. Cuando terminó, se levantó del suelo y le dio un suave golpecito en la frente.
—Baja de ahí o te vas a lastimar —dijo con calma.
Lyra se sobó la frente y le dedicó un puchero exagerado, aunque sus labios temblaban por aguantar la risa.
Un rato después, Lyra dormía profundamente bajo la sombra del árbol, abrazando sus rodillas. Zein, a unos pasos de distancia, había comenzado a entrenar con magia.
Frente a él flotaba el hechizo que Lucian le había dejado. Lo observaba con atención, casi con respeto. Las capas de encantamientos se superponían unas a otras, líneas precisas, antiguas, tan perfectamente ordenadas que parecía el resultado de incontables a?os de estudio y prueba. Todo aquello, contenido ahora en la palma de su mano.
Lo repasó una y otra vez, siguiendo cada trazo, cada conexión.
?Le falta algo… le falta…?, pensó, sin terminar la idea.
—Poder.
La voz apareció sin aviso, áspera, como metal raspando contra cristal congelado.
El cuerpo de Zein se tensó al instante. Alzó la mirada y dio un paso atrás, buscando el origen del sonido. El aire a su alrededor parecía haberse vuelto más pesado. No necesitaba verla para saber qué era… pero aun así, su estómago se encogió cuando la silueta tomó forma frente a él.
Era la misma sombra. La misma presencia de aquella noche, antes del incendio en Ilmenor. Una figura envuelta en llamas negras que no iluminaban nada, que parecían devorar la luz en lugar de emitirla. Su sola existencia hacía que el entorno se sintiera mal colocado, como si no perteneciera ahí.
Zein apretó los dientes.
—?Cómo es que saliste? —preguntó sin apartar la vista—. ?No dijiste que necesitabas mi permiso o algo parecido?
—Ya no —respondió la sombra con una calma inquietante—. Pero no te preocupes… no haré ninguna locura como la última vez.
Zein la observó en silencio. Sus hombros estaban rígidos, su respiración contenida, como si al mínimo descuido aquella cosa pudiera volver a arrastrarlo a un lugar que no quería recordar.
—Te ves menos… soberbio.
—?Cómo que me veo menos soberbio? ?De qué estupidez estás hablando? —escupió la figura, con un tono que vibraba como algo a punto de romperse.
Zein no respondió. Permaneció en silencio, con los músculos tensos, sin bajar la guardia ni un solo instante.
—Pero sí… he cambiado —continuó la sombra tras una breve pausa—. He entendido algo. Necesitamos fama, poder y dinero. Eso es todo lo que necesitamos. ?No lo crees?
Extendió la mano hacia él, abierta, paciente.
—Claro que no.
La respuesta de Zein fue seca, inmediata.
—Sabía que no me ibas a entender —dijo la figura, sin molestarse en ocultar el desdén—. Pero sé que algún día lo harás.
El silencio volvió a caer entre ambos. El viento movió apenas las hojas del árbol, y el hechizo frente a Zein tembló levemente.
—Vamos, Zein —insistió la sombra, inclinándose despacio—. Ayúdame. Ayúdame a cumplir esto… y con ello, estoy seguro de que podrás cumplir ese estúpido sue?o que tiene Lyra.
La figura giró ligeramente el rostro hacia la ni?a dormida, como si la estuviera evaluando.
—?Zein!
La voz de Kiomi rompió el aire.
En un parpadeo, la sombra se desvaneció. No dejó rastro, ni sonido… solo una sensación incómoda, como si algo hubiera sido arrancado del lugar a la fuerza.
Kiomi, desde la puerta, alcanzó a ver en el pasto un resto de aquel fuego. Un destello oscuro, retorcido. El mismo que había cubierto Ilmenor aquella noche.
Sus dedos se cerraron con fuerza sobre la tela de su ropa. Su respiración se volvió más corta.
—Vamos… Alexander nos llama adentro —dijo finalmente, sin moverse del marco de la puerta.
—Claro, ya voy —respondió Zein, demasiado rápido, fingiendo una normalidad que no sentía.
Se inclinó para despertar a Lyra con cuidado. Ella murmuró algo incomprensible y se aferró a su manga. Zein la cargó con suavidad, y juntos regresaron al interior del bar, dejando atrás el patio… y la inquietante sensación de que algo no había terminado ahí.

