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Otoño

  El tiempo siguió su curso como un río tranquilo que serpentea entre las monta?as. Seis meses habían pasado desde el Festum Animarum, aquel festival en el que la ciudad se iluminó con miles de almas flotando hacia el cielo, y donde viejas heridas por fin sanaron. Ahora, el calor dorado del verano cedía su lugar al soplo frío del oto?o. Las hojas de Ilmenor comenzaban a te?irse de tonos ámbar y carmesí, cayendo lentamente sobre los adoquines húmedos que reflejaban la luz tenue del amanecer.

  Durante esos meses, la vida en la iglesia había cobrado un ritmo sereno. Zein y Lyra pasaban sus días entre libros, entrenamientos y las interminables lecciones de Meliora, quien, con una paciencia que parecía inagotable, les ense?aba todo lo que el mundo de Sylvaris podía ofrecer. Su progreso era tan constante que ya estaban casi a la par de los aprendices de la academia. Zein había tomado la espada con decisión, bajo la guía de Lucian, y aunque al principio apenas lograba mantener el equilibrio, ahora sus movimientos tenían peso y propósito.

  Kio, por su parte, se encargaba de moldear su dominio del maná, y aunque Zein aprendía rápido, era Lyra quien más asombraba a todos. Su afinidad con la magia era tan natural que parecía que las energías del mundo la reconocían. A veces, cuando practicaba con Kio en los jardines, peque?as luces danzaban alrededor de sus dedos sin que ella se diera cuenta.

  Aquel mundo que antes les resultaba ajeno, poco a poco se había convertido en su hogar. Ayudaban en las calles cercanas a la iglesia, conocían rostros nuevos cada semana y, sin darse cuenta, empezaban a construir una vida.

  Faltaban solo dos días para el inicio del nuevo ciclo académico. La iglesia olía a incienso y pan recién hecho, y en una de las habitaciones Meliora terminaba de revisar a Lyra.

  —Estoy cansada —murmuró Lyra, saliendo con un estiramiento que parecía de gato satisfecho.

  —?Cómo va el tratamiento? —preguntó Zein, que los esperaba sentado en el pasillo, jugueteando con la empu?adura de una espada de práctica.

  —Todo va bastante bien —respondió Meliora, acomodándole un mechón rebelde a Lyra y dándole una caricia cari?osa—. Si seguimos así, puede que se recupere por completo.

  Lyra sonrió de oreja a oreja, inflando el pecho con orgullo.

  —?Lo oíste, hermanito? ?Te dije que iba a lograrlo! —exclamó, alzando los brazos con una energía contagiosa.

  —Claro que sí —dijo Zein con una sonrisa suave, revolviéndole el cabello.

  Meliora, incapaz de contener la ternura, los atrajo a ambos y los abrazó con fuerza bajo sus brazos.

  —Felicidades, peque?os —dijo con una calidez que llenó el aire—. Ya saben todo lo necesario para entrar a la academia.

  Los dos la miraron con curiosidad, y Meliora esbozó una sonrisa traviesa, bajando un poco la voz como si compartiera un secreto.

  —Puede que los espere una gran sorpresa.

  Zein forcejeó un poco hasta que logró liberarse de los brazos de Meliora, riéndose con alivio.

  —Bueno, tengo que ir a entrenar. Solo vine a ver cómo iba todo —dijo, recogiendo su chaqueta y ajustando la empu?adura de su espada.

  —Salúdame a Zyteg —pidió Meliora con una sonrisa cómplice.

  —?Y a mí también! —gritó Lyra, todavía atrapada en el abrazo de su maestra.

  Zein levantó una mano despidiéndose antes de salir por el pasillo. El aire fresco lo recibió al cruzar las puertas de la iglesia. Las hojas secas crujían bajo sus botas mientras caminaba por las calles de Ilmenor, ya tan familiares que podía recorrerlas con los ojos cerrados. Saludaba a los comerciantes que abrían sus puestos, a los ni?os que corrían entre los callejones y a los ancianos que lo miraban con afecto. Hasta los guardias de la puerta le sonrieron al verlo pasar.

  Más allá de la ciudad, el paisaje se abría en una vasta planicie ba?ada por el sol de la ma?ana. El viento movía la hierba alta en oleadas verdes y doradas. Allí, dos figuras lo esperaban: Lucian, con su porte sereno, y Zyteg, moviendo sus alas con un leve zumbido metálico.

  —Hola, Zein. Cuánto tiempo —saludó Zyteg con una sonrisa leve pero sincera.

  —Sí, lo es. Me alegra verte —respondió Zein, dejando su bolsa en el suelo.

  —Prepárate, empezamos pronto —dijo Lucian, dándole una palmada en el hombro antes de ir por sus cosas.

  —?Así sin más? —preguntó Zyteg, arqueando un ala.

  —Así es cuando se trata de Lucian —rió Zein, alzando los hombros resignado.

  Ambos se colocaron un gambesón y unas peque?as máscaras de entrenamiento que les cubrían parte del rostro. El sonido del cuero ajustándose y del metal al desenvainar las espadas llenó el aire. Se pusieron frente a frente, con el viento soplando entre ellos.

  —Bien, estas son las reglas —anunció Zyteg, levantando una de sus alas como si fuera una bandera—. Nada de magia ni trucos sucios. Solo espadas. El combate termina cuando uno quede en jaque o se rinda.

  Hizo una pausa, asegurándose de que ambos estuvieran listos, y bajó el ala con fuerza.

  —?Comiencen!

  Zein se lanzó sin dudar, un destello plateado surcó el aire. Su espada apuntó directo al cuello de Lucian, pero este desvió el golpe con una facilidad casi insultante, rozando la hoja de Zein con un giro limpio. El choque de acero resonó entre la hierba. Zein se recuperó rápido, alzando la espada justo a tiempo para detener un golpe descendente que lo hizo retroceder unos pasos.

  Lucian era implacable, su fuerza lo empujaba hacia atrás como si enfrentara una corriente. Pero Zein, recordando los movimientos de los últimos meses, soltó la presión de repente. La fuerza del impacto desequilibró a Lucian, creando una breve apertura. Zein giró el cuerpo y lanzó un corte diagonal que silbó en el aire.

  Sin embargo, antes de que la hoja alcanzara su objetivo, algo frío tocó su cuello. Lucian ya tenía su espada apoyada contra él.

  Zein parpadeó, sorprendido. Luego sonrió con resignación.

  —Me rindo.

  Lucian bajó la espada, y Zein se dejó caer sobre el pasto, riendo entre jadeos.

  —Y yo que creí que esta vez te ganaría.

  Lucian soltó una leve risa, agachándose junto a él.

  —No lo hiciste nada mal. Has mejorado más que nadie en estos seis meses.

  —Supongo que el contrato con Kio tiene sus ventajas —dijo Zein riendo, estirándose en el suelo.

  —Puedes estar orgulloso, Zein —dijo Lucian, ofreciéndole la mano—. A partir de ahora podrías considerarte un aprendiz de la espada.

  Zein arqueó una ceja mientras se incorporaba.

  —?Aprendiz de la espada? Suena como un título ridículo.

  —Oh, pero no lo es —intervino Zyteg, cruzando los brazos—. Es uno de los rangos más altos para un guerrero. Una marca de cuánto has crecido, pero a la vez uno de los últimos.

  Zein lo miró, incrédulo.

  —Si es el último rango, ?no significa que estoy en lo más bajo?

  Lucian soltó una carcajada suave mientras se quitaba el gambesón.

  —Digamos que es el más bajo… dentro de los mejores. En la clase alta, ser aprendiz de la espada es el primer paso hacia la maestría.

  Zein sonrió, dejando que el viento le revolviera el cabello. Por primera vez, sintió que estaba avanzando de verdad.

  —Pero no se consigue tan fácil. He de decir que las personas que lo lograron a tu edad podrían contarse con los dedos de tu cuerpo —dijo Zyteg.

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  Tras eso, los tres decidieron descansar un poco en medio del pasto mientras comían.

  —Y dime, Zein, ?cómo va tu aprendizaje? —preguntó Lucian mientras se comía un sándwich.

  —Bastante bien. Ayer terminamos todo lo necesario, y Kio ya casi nos ha ense?ado la mayoría de los hechizos que, según ella, “debemos saber”.

  —?Cómo cuáles? —preguntó Zyteg.

  —Hmm, en su mayoría, los de tipo agua, aire y fuego. Algunos de tipo tierra también. Aunque, claro, se centra más en ense?arle a Lyra que a mí —dijo Zein, mordiéndole molesto a su sándwich—. Eso sí, Lyra aprende magia mucho más rápido que yo.

  Lucian soltó una carcajada. —Eso es bueno. No necesitas ser perfecto en todo para ser alguien —le dijo, dándole unas palmadas en la espalda.

  —Quedémonos otro rato entrenando, por favor —pidió Zein al terminar su sándwich.

  —Justo eso iba a decirte —respondió Lucian, acabando el suyo.

  Pasaron la tarde entrenando sin descanso, mientras Zyteg dormía tranquilamente cerca de ellos. Después de varias horas, el sol comenzó a ocultarse, ti?endo el cielo de tonos naranjas y violetas, así que decidieron regresar a la ciudad.

  —Bueno, creo que aquí es donde nos despedimos otra vez —dijo Zein mirando a Zyteg.

  —No, esta vez los acompa?o —respondió el dragón, bostezando.

  —?Pero cómo? Eres demasiado grande como para… —Zein no terminó la frase.

  El cuerpo de Zyteg comenzó a brillar intensamente, encogiéndose poco a poco hasta alcanzar la altura de Lucian. Cuando la luz se disipó, frente a ellos se alzaba un hombre de cabello blanco, alto, delgado y de piel pálida, que bostezaba con total naturalidad.

  —Bueno, vámonos —dijo Zyteg como si nada.

  —Bien —a?adió Lucian recogiendo sus cosas.

  Zein, en cambio, se quedó mirándolo con la boca abierta.

  —??Puedes convertirte en humano?! —exclamó incrédulo.

  —Claro —respondió Zyteg con tranquilidad—. ?No lo sabías?

  —?NO! —gritó Zein, se?alándolo—. ?Tú sabías esto, Lucian?

  —Claro, soy su amigo —dijo Lucian con total naturalidad mientras caminaban.

  Durante el trayecto de regreso a Ilmenor, Zein seguía confundido, intentando procesar lo que acababa de ver. Cuando llegaron a las puertas de la ciudad, los guardias saludaron a Zyteg como si lo conocieran desde hace tiempo.

  ???Soy el único que no sabía que Zyteg podía transformarse?!? pensó, frustrado.

  Al llegar a la iglesia, encontraron a Lyra sentada en la parte principal, ba?ada por la luz plateada que se filtraba a través de los vitrales.

  —?Hermanito! —exclamó, corriendo para abrazarlo.

  —Ya volví —respondió Zein con una sonrisa.

  Lyra se separó un poco y saludó con una sonrisa a Zyteg.

  —Hola, Zyteg.

  —??Tú también sabías?! —preguntó Zein sorprendido.

  —?Saber qué? —replicó Lyra, confundida.

  —?Que Zyteg puede volverse humano!

  —Ah, eso. Claro —respondió ella, volviendo a sentarse mientras le hacía una se?a para que se acomodara junto a ella—. Ven, Meliora dijo que esperáramos aquí un rato.

  —Está bien —respondió Zein, sentándose a su lado.

  Ambos esperaron pacientemente a que Meliora regresara. Zein, sin embargo, no podía dejar de pensar en lo que había pasado, aún en shock por ser el único que no sabía que Zyteg tenía una forma humana.

  En ese instante, Meliora fue por ellos, les vendó los ojos y los guió hacia la parte trasera del complejo. Al llegar, retiró las vendas y dejó ver un patio completamente decorado e iluminado. Había guirnaldas de luces, mesas llenas de comida, flores por todos lados y, al centro, todos sus amigos y varias monjas del lugar.

  —?Felicidades por entrar a la academia! —gritaron todos al unísono.

  Los ojos de Zein y Lyra se iluminaron por completo. Aquella celebración no solo marcaba el inicio de una nueva etapa, sino también el aniversario del día en que habían llegado a la iglesia. La noche transcurrió llena de risas y juegos; las luces danzaban entre las ramas, la música flotaba en el aire y cada rincón del patio se llenaba de vida. Poco a poco, las risas se fueron calmando, dejando un ambiente cálido y tranquilo.

  —Oeee… Kioooo… —balbuceó Lucian, completamente borracho—. Tengooo una dudaaa…

  —?Ya estás borracho? No aguantas nada —dijo Kio, dándole un sorbo a su botella mientras sus orejas se movían perezosamente.

  —Porque cuando hablass… ?tu voz se escucha normal? —preguntó Lucian, echándose sobre la mesa.

  —?A qué te refieres? —respondió ella, ladeando la cabeza mientras su cola se movía de un lado a otro.

  —Siii… he conocido a pocooos de tu especieee, así con orejitas de gato y todo eso —dijo casi inconsciente—. Pero todos hablan así como… con un “nya” al final de lo que diceeen… ?Es por magia o algo así?

  —No —respondió Kio, mirando su botella—. He vivido tanto tiempo que ya me acostumbré a hablar de manera más natural… pero no, no creo que sea magia.

  Cuando volteó a verlo, Lucian ya estaba dormido sobre la mesa. Zyteg, al notar la escena, lo cargó con una sonrisa y lo llevó dentro de la iglesia.

  —Eso me recuerda algo —dijo Kio poniéndose de pie—. Ven, Zein. Aún tengo una última cosa que ense?arte.

  Zein la siguió con curiosidad. Kio lo llevó al centro del patio, donde la brisa nocturna soplaba suavemente entre las lámparas que aún colgaban.

  —Mira bien. Este es el último hechizo importante que te ense?aré. Lo vas a necesitar más de una vez en tu vida —dijo, y en un instante comenzó a elevarse suavemente—. Te voy a ense?ar a volar.

  —??En serio?! —exclamó Zein, con los ojos brillando de emoción.

  —Sí —respondió ella con una sonrisa—. Primero debes concentrar tu maná en todo el cuerpo, como si te envolviera una capa protectora. Cuando sientas que fluye, empújate fuera del suelo con ese mismo poder. Esa es una forma. Otra es usar magia de viento para impulsarte, aunque suele ser más inestable. Y la última… consiste en crear un vacío a tu alrededor para moverte con completa libertad.

  Zein intentó seguir las instrucciones, pero solo logró elevarse unos centímetros antes de caer aparatosamente. Kio rió levemente y lo ayudó a levantarse.

  —Deberías probar con la magia de viento —le dijo, dándole un golpecito en el hombro—. Piénsalo antes de entrar a la academia. Te lo dejo como tarea.

  Kio se alejó con una sonrisa tranquila, mientras Zein seguía intentando una y otra vez. No se rendía, aunque cada caída dolía más que la anterior. Y mientras él seguía insistiendo, notó que Lyra, observando a la distancia, ya había logrado elevarse con gracia, equilibrándose en el aire como si lo hubiera hecho toda su vida.

  Aun así, Zein no se desanimó. Siguió practicando cada día en el bosque, con el viento golpeándole el rostro, intentando una y otra vez alcanzar el cielo.

  Hasta que, una tarde, mientras lo intentaba por enésima vez, una voz femenina lo interrumpió:

  —Lo estás haciendo mal.

  Zein miró a todos lados buscando la fuente de la voz, hasta que, al alzar la vista, la vio. En una rama alta, colgada boca abajo, había una chica elfa mirándolo fijamente con una sonrisa divertida.

  Era joven, más o menos de la misma edad que Zein. Llevaba pendientes dorados que colgaban de sus orejas puntiagudas, y su cabello, largo, liso y de un tono rojizo encendido, caía en una coleta alta que se movía suavemente con el viento. Sus ojos, del mismo color que el fuego, lo observaban con una mezcla de curiosidad y despreocupación.

  Vestía una prenda corta de manga larga que dejaba al descubierto su abdomen, combinando tonos claros y oscuros con un cinturón marrón del que colgaba una cadena dorada. Sus pantalones holgados se ajustaban perfectamente al movimiento ágil de su cuerpo.

  —Tienes que mantener la espalda recta —dijo, se?alándolo con firmeza—. Sin eso, el vuelo nunca te saldrá bien.

  Zein no respondió; solo lo intentó de nuevo. Esta vez logró mantenerse en el aire por más tiempo.

  —?Wow! Pero ahora… ?cómo lo controlo? —preguntó, moviéndose con torpeza mientras trataba de no caer.

  —Simple —respondió ella con una leve sonrisa—. Piensa que el cielo siempre ha sido tuyo… y que solo estás reclamando lo que te pertenece.

  —?Cómo dices? —preguntó Zein, aún más confundido.

  —Mira, ven. Te ense?aré —dijo ella bajando del árbol. Le tomó la mano con decisión y, sin previo aviso, se lo llevó volando.

  Ambos se elevaron hasta que la ciudad de Ilmenor se volvió un tapiz de luces lejanas bajo sus pies. Zein, aunque al principio temblaba por el vértigo, empezó a relajarse bajo la guía paciente de la joven. El aire era fresco, y el sonido del viento al pasar por sus oídos se mezclaba con las risas que escapaban entre los dos.

  Mientras flotaban sobre el horizonte, comenzaron a hablar. Descubrieron que compartían muchas cosas: la curiosidad por el mundo, el gusto por los retos, e incluso una forma parecida de ver la vida. El tiempo pasó volando, como ellos mismos. El sol se hundía en el horizonte, ti?endo el cielo de tonos naranjas y violetas.

  —Por cierto… —dijo Zein entre risas—, hemos hablado todo este tiempo y ni siquiera sé tu nombre.

  —Kiomi —respondió ella con una sonrisa ligera—. Me llamo Kiomi. ?Y tú?

  —Yo me llamo Zein.

  En el instante en que ella escuchó su nombre, su expresión cambió. La sonrisa desapareció, reemplazada por una mirada fría. Sin decir nada, lo empujó con fuerza, haciendo que Zein perdiera el equilibrio y comenzara a caer.

  El viento silbó con violencia mientras descendía. Justo antes de tocar el suelo, Zein logró estabilizarse en el aire, jadeando. Cuando alzó la vista, Kiomi seguía flotando sobre él, con los ojos enrojecidos por la ira y las lágrimas.

  —?P-perdón? ?Dije algo que no debía? —preguntó, confundido.

  —Sí. Por tu culpa mi mamá ya no vuelve a casa.

  —?Tu mamá? —repitió Zein, desconcertado.

  —Meliora —respondió ella, con la voz quebrada—. Meliora es mi madre. Y desde que te conoció, ya casi no la veo. Siempre está contigo, ense?ándote, cuidándote… y se olvida de venir a cenar.

  Zein dio un paso hacia ella, intentando explicarse.

  —Lo siento… P-pero Meliora no pasa todo el tiempo conmigo. Apenas entrenamos unas horas al día, y el resto estoy con Lucian o con—

  No alcanzó a terminar. Una esfera de agua se formó frente a Kiomi y salió disparada contra su rostro, empapándolo por completo.

  —?Q…?— alcanzó a decir, escupiendo agua.

  —Eres un idiota, Zein Ravenscroft —gritó ella antes de desaparecer volando entre las nubes.

  Zein quedó tendido sobre el pasto, con el rostro mojado, mirando hacia el cielo que poco a poco se oscurecía.

  El viento sopló suavemente entre los árboles.

  ?Jamás le dije mi apellido?, pensó.

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