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Capítulo 5 - La cena de los ausentes

  —Bienvenidos a casa.

  El eco se fue apagando lentamente, devorado por el silencio.

  Grek dio un paso atrás, con las orejas gachas y el bastón temblándole entre los dedos.

  —?Casa de quién? Porque no es la mía —murmuró.

  Nadie se rió.

  La puerta detrás de ellos se cerró sola con un estruendo sordo. El sonido se sintió más como un latido que como un golpe.

  Elarith alzó su símbolo sagrado, pero la luz que brotó era débil, pálida, como si el aire mismo la absorbiera.

  El vestíbulo estaba cubierto de polvo, sin embargo, el suelo bajo sus pies parecía recién pulido. Había retratos en las paredes: hombres y mujeres con ropas antiguas, todos con los mismos ojos inexpresivos, todos mirándolos.

  El fuego de las antorchas se inclinaba hacia una puerta al fondo del pasillo, como si algo los estuviera invitando a entrar.

  Kael fue el primero en moverse.

  —Si la casa quiere que pasemos hambre, tendrá que intentarlo mejor. —Su sonrisa era tenue, pero sus ojos... no sonreían.

  Empujó la puerta, y un olor cálido y familiar los envolvió.

  Comida.

  Pan recién horneado, vino, carne asada.

  Un banquete imposible.

  El comedor estaba impecable, la mesa puesta con vajilla de plata y platos llenos de manjares humeantes. Había seis sillas, aunque ellos eran solo cuatro.

  Dorian miró alrededor, tambaleante, con su bastón apoyado en el hombro.

  —Esto me recuerda una taberna de Calhedor... solo que sin ratas y sin música.

  —Y sin gente —agregó Elarith.

  Kael se acercó al extremo de la mesa. Ahí, una nota reposaba sobre un plato vacío.

  Tomó el papel.

  —"Tomen asiento. La cena está servida."

  Grek gru?ó.

  —Ni loco. Ya aprendí a no aceptar comida de extra?os invisibles.

  Dorian sonrió de medio lado.

  —?Y si solo quieren buena compa?ía? —dijo, levantando una copa con vino oscuro—. Aunque el vino sí que huele bien...

  Elarith le arrebató la copa.

  —Basta. Esto no es real.

  Entonces el reloj del salón dio la primera campanada.

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  Uno.

  Dos.

  Tres.

  A la cuarta, las velas se encendieron solas.

  A la quinta, la puerta se cerró de golpe.

  A la sexta, las copas comenzaron a vibrar.

  El vino se alzó del cristal, formando columnas rojas que giraban y se retorcían, tomando forma humana.

  Eran los rostros de los retratos.

  Los mismos ojos vacíos.

  Las mismas sonrisas torcidas.

  Elarith retrocedió, invocando palabras antiguas. Un resplandor emergió de su símbolo, pero titiló y se apagó, como una llama sofocada por el viento.

  —?Atrás! —gritó.

  Las figuras comenzaron a deslizarse fuera de la mesa, cayendo al suelo como líquidos vivos. Pero esta vez no se disolvían.

  El vino se fue espesando, endureciendo, tomando textura de carne.

  Huesos falsos sobresalían por debajo de piel traslúcida. Venas negras palpitaban en su interior, bombeando ese mismo vino espeso.

  Un ruido húmedo, casi orgánico, llenó el comedor.

  Dorian giró su bastón entre las manos y lo hizo chocar contra el suelo.

  —Bueno —murmuró con su voz ronca—. Si quieren bailar, que sea con ritmo.

  El primer ser se abalanzó sobre él con un chillido burbujeante.

  Dorian esquivó, girando como si tropezara con su propio cuerpo, pero en el movimiento, el bastón golpeó el cuello de la criatura con una fuerza que hizo crujir el aire.

  El líquido rojo saltó en todas direcciones, salpicando los platos.

  Otra criatura lo atacó desde el costado.

  El monje la recibió con una patada giratoria, el impacto hizo sonar sus huesos falsos como vidrio quebrándose.

  Cada golpe era una mezcla de destreza y descontrol, una danza ebria y brutal.

  —?Vamos, mu?ecos de carne! —gritó, riéndose con furia.

  Grek lanzó una llamarada que prendió fuego a uno de los cuerpos. El olor a carne cocida llenó el aire de la habitación.

  Kael intentó abrir la puerta, pero no se movía.

  Elarith alzó su maza luminosa, el metal vibraba con energía sagrada.

  El reloj marcó la duodécima campanada.

  Doce.

  Y justo cuando el último cuerpo cayó al suelo, derritiéndose en charcos de vino y sangre, una silueta oscura se materializó en la cabecera de la mesa.

  Alta.

  Delgada.

  Llevaba un velo negro cubriendo el rostro, pero debajo se distinguían los ojos: brasas cubiertas de ceniza.

  —La cena... —dijo con voz quebrada casi gutural, mitad suspiro, mitad rugido— ...apenas comienza.

  El suelo vibró.

  Los platos temblaron.

  Y de las paredes, de las grietas y del suelo, brotaron nuevas formas, hechas de carne y vino, medio humanas, medio estatuas.

  Elarith levantó su símbolo una vez más.

  Dorian giró su bastón con un grito ronco.

  Kael retrocedió, el rostro iluminado por la luz temblorosa.

  Y entonces las sombras —esta vez con cuerpo, con dientes, con hambre— los rodearon.

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