**Punto de vista de Víctor**
Acostado en este cuarto, acompa?ado por el sonido incesante de la lluvia, las ideas sobre lo que podría salir mal ma?ana no me dejaban dormir. Al sentarme en la cama, soltaba un suspiro; al poner los pies en el suelo, el frío me hizo escupir una maldición.
—?Maldición! —susurro—. Rey del viento, necesito toda la ayuda posible… por favor.
Al terminar esa súplica, el silencio descendió como un peso abrumador. Lo sabía; él quería comprobar de lo que era capaz, pero… ?es esto algo que podré lograr? Antes del último reto que me planteé en la vida, no estaba preparado. Mi poder... mis talentos no fueron suficientes. Tomando la única almohada que tenía en la cama, la arrojé al otro lado de la habitación, como si pudiera lanzar la verdad que me carcomía por dentro.
—?Hijo de perra! —susurro.
Maldito rey, si supieras que mis palabras no servirían de nada. El que conocí en aquel momento no es el mismo que hoy; si lo supieras, podrías matarme sin dudar.
—?Carajo! No te estoy pidiendo que me salves; te ruego ayuda para salvar a estas personas… yo… nunca he podido salvar a nadie, ni siquiera en la otra vida —suplico una vez más.
No puedo... no quiero repetir ese camino. De pronto, un trueno estalló en el horizonte, como si la ira que consumía mi desesperación se desatara en la tormenta. Pasados unos minutos, el ruido de la puerta me sacó de las emociones que me ahogaban. Al acercarme, un aroma familiar llegó hasta mí. Al abrir la puerta, el aire húmedo de la lluvia entró suavemente y dos figuras conocidas hicieron su aparición.
—Te dije que estabas despierto —se burla Kanea, mirando de reojo a Falu.
—Toma... supongo que ninguno de ustedes conoce el concepto de descansar —se resigna Falu, entregándome una especie de pelotita rosa.
—Disculpen, ustedes no deberían… —trato de aclarar.
—Está casi todo listo; las instrucciones fueron extremadamente precisas… fue raro —interrumpe Kanea, entrando sin pedir permiso.
—?No deberían estar descansando? —agrega, alzando una ceja y mirando a Falu.
—Yo... no podía dormir, y Kanea pidió venir a ver si estabas despierto —a?ade él, con un tono de disculpa.
—Supongo que sí —me resigno, haciendo un gesto con la mano para que Falu entrara.
Poniéndose cómodos, les ofrezco algo para secarse y me siento justo en el mismo lugar donde estaba antes. Kanea comienza a hablar:
—Sabes, antes de golpearte, te escuché gritar… ?estás loco? —pregunta con tono burlón.
Con un tono algo incómodo, respondo:
—Solo estaba pidiendo ayuda a los espíritus.
—No pensé que tuvieras afinidad con los espíritus —cuestiona Falu.
—Ja... es algo así; digamos que el Rey del Viento tiene interés en mí.
—Eso es bueno, ?no? Digo, necesitaremos toda la ayuda posible cuando salga el sol —agrega Kanea.
—?Sí! Y con el poder de Nehari, su nuevo contrato con el espíritu del viento, sería una gran ayuda —contesta Falu, entusiasmado.
Viéndolos con algo de esperanza, mi corazón se aprieta como si quisiera cortar el aire que entraba en mi cuerpo; las palabras que quería decir se atoraron en mi garganta, y, en cambio, lo que salió fue lo contrario:
—Esperemos que sea suficiente.
Con una sonrisa y un festejo de Kanea, fuimos interrumpidos por otro golpe en la puerta, lo que nos hizo fruncir el ce?o, hasta que una voz habló:
—Soy Daina... ni?os, abran; quisiera hablar con ustedes.
Al abrir la puerta, la figura de Daina, tan imponente como la primera vez que la vi, asintió al entrar. Llevaba una botella en la mano y una mirada compleja. Sentándose en la cama, se instauró un silencio incómodo entre nosotros hasta que ella habló.
—Hablé con los líderes; todo está listo... y por eso traigo una botella para que pasen esta última noche. Por experiencia, sé que es complicado relajar los nervios, especialmente para personas de su edad y en esta situación, así que traje esto y algunas conversaciones —expone, extendiendo la botella.
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Al ver la botella en su mano, respondo:
—No bebo —digo secamente, mientras me niego con la mano.
Con una mirada confundida, Daina observa la botella y comienza a reír; cada vez más fuerte, hasta que su risa se vuelve igual de ensordecedora que la lluvia que caía. Después de un rato, dejó de reír y respondió:
—Víctor, no soy tan vieja como para ofrecer trago a alguien tan joven como ustedes.
Al tomar la botella en mis manos, un aroma fresco con un toque de eneldo llegó a mi nariz. Al probar un poco del líquido, la sensación fresca se acentuó en mi boca y un toque ácido descendió hacia mi estómago.
—?Y qué tal? —pregunta Kanea.
—Y… —completa Falu.
—Está rico —respondo secamente.
—Deberías decírselo a tu cara —bromea Kanea, mientras me quita la botella—. Bueno, eso ya es algo; si no fuera por la risa, serías un completo amargado.
—Tienes buenos amigos —opina Daina.
Con sorpresa en el rostro, Kanea toma un poco de esa botella y agrega—: Sabes, a pesar de todo, confío en él; es algo que no pensé decir después de todo lo que he vivido.
—Eres una de las víctimas de hace quince a?os, ?verdad? —pregunta Daina.
—?Desastre? —preguntamos Falu y yo.
—Es un cuento para otro momento —responde Kanea, tomando otro trago.
Tras unos intercambios más, el tiempo pasó y, junto con él, el estrés que se acumulaba en mi pecho. Las risas se fueron apagando y todos salieron por la misma puerta por la que habían llegado. El silencio que se había ido con ellos volvió junto con la lluvia que aún caía.
Cayendo en mi cama, encendí aquellas hierbas para controlar el mana que poseía en mí, hasta que el sue?o pudo vencer a mis problemas.
Al abrir los ojos, el golpe de la puerta me recordó mi objetivo. Al abrirla, la figura de Kanea, con un rostro algo cansado, se hizo presente.
—Sabes, me quedé conversando con Falu un rato más cuando salimos de aquí —expresa Kanea, mientras comienza a caminar.
—Estás pasando mucho tiempo con Falu, ?no crees? —pregunto con un tono burlón.
—Bueno, a diferencia de ti, siento que estoy conversando con alguien de mi edad —contesta, burlándose.
Caminando en calma, con la lluvia sobre nosotros, la voz de Kanea se tornó preocupante y temerosa, lo que me sorprendió. Expresó, temblorosa:
—Por favor, Víctor, no mueras... no quiero ver morir a nadie... te lo pido —suplica, agachando la cabeza.
—...Sabes, yo... —me detengo, tratando de reunir las palabras que se me escapan.
—Miente... aún no soy lo suficientemente fuerte para enterrar a alguien —interrumpe, con un ligero temblor en sus hombros.
—Qué bueno... Kanea.
—?Qué? —cuestiona, confundida, al borde de las lágrimas.
—Kanea... te lo digo, cuando te acostumbres a enterrar a alguien... no, no necesitas valor para enterrar a alguien; necesitas valor para seguir adelante. Tú lo tienes, Kanea, yo lo sé.
Mirándome con unos ojos que ocultan algo más que temor, suelta una risa que es difícil de identificar.
—Como dije, tengo tu edad —expone.
Caminamos sin hablar mucho más. La lluvia cubría todo con el mismo gris pesado que llevaba en el pecho.
Al llegar a la sala de reuniones, el grupo de soldados de la guardia y los guerreros del pueblo se unieron para un objetivo común. Se preparaban fuera de la sala; al notarnos, el bullicio animado se transformó en una calma incómoda que se dirigía directamente a mí.
—Víctor, tal vez... —trata de hablar Kanea.
—Vamos, el tiempo es valioso —interrumpo, empujándola ligeramente hacia adelante.
Caminando entre ellos, su mirada se sentía como un peso que siempre cargué en mi otra vida. Al entrar por la puerta, todos los líderes se encontraban alrededor de la mesa; en ella yacía el cráneo limpio de un animal, con un peque?o agujero en la parte de la cabeza.
—Sabes, ni?o, espero que sepas lo que estás pidiendo —suplicó Tovael.
—Repite lo que esto hace —pide Daina.
—Por sí solo, es solo un cráneo sin nada especial, pero con ese agujero podría causar un rugido lo suficientemente parecido al de un dragón caído y con ello...
—...con ello llamar al vacío —completa Zael.
—Sí, y con las heridas causadas por nosotros, podríamos tener una oportunidad —a?ado.
Con un asentimiento de todos, Daina toma el cráneo cuidadosamente y lo coloca en una caja de madera.
—Víctor —llama Zael.
—?Sí?
—Será un día complicado; coman algo, todos —ordena, mirando a todos—. Y nos vemos en unas horas en la puerta principal.
Pasadas las horas...
Al llegar a la puerta, las figuras de los líderes y de los grupos que nos asistirán estaban presentes, todos con esa preocupación grabada en sus rostros. Al verme, se acomodaron.
—Tarde —habla Daina.
—Lo... lamento —me disculpo.
—Ve con Nehari; te dará un hechizo que te protegerá de la lluvia —ordena.
Asintiendo con la cabeza, voy en busca de Nehari. Al verme, una ligera sonrisa se dibuja en su rostro y, con un gesto, se sienta junto a mí. Al revisar mi cuerpo, me mira.
—?Dónde puedo grabar el hechizo? —pregunta.
—En el brazo está bien —respondo.
Con un asentimiento, toma una especie de pluma de una peque?a mochila y saca un peque?o recipiente junto a una pluma de color rojo con toques azulados, casi hipnóticos. Al abrir el recipiente, el contenido negro contrastaba fuertemente con lo hermoso de la pluma.
—?De verdad vas a usar algo como esto para manchar algo así de hermoso? —pregunta Nehari.
—Supongo que todos lo han pensado alguna vez —expreso.
—Digamos que sí, pero... no importa. Esto será temporal; solo sentirás un ligero pellizco —explica Nehari.
—?Y qué hará el hechizo? —pregunto.
—Solo es un hechizo que te cubrirá del agua. Podrás moverte mejor y evitará que la ropa se moje rápidamente —contesta.
—Sería más útil algo que mejore mi agilidad o detenga los golpes —opino.
—Bueno, tu caso es algo especial. Estos hechizos usan el mana del ambiente y del propio usuario, y en tu caso, con ese mana inestable, podría hacer que se altere y cause más da?os de los que tratamos de cubrir... lo lamento —se disculpa Nehari.
Sosteniendo mi brazo con un poco de fuerza, toca ligeramente la pluma en el recipiente negro. Cerrando los ojos, se toma un momento; al abrirlos, un ligero ce?o fruncido y un destello casi imperceptible de luz en sus ojos comienzan a marcar mi brazo con cada puntada. El dolor se acumulaba, suficiente para hacerme fruncir el ce?o.
Pasados unos minutos, cuando la marca terminó, revisé mi brazo; el peque?o símbolo de color azul se hacía presente y, sin tiempo para admirarlo, Zael se presentó ante mí.
—?Listo? —pregunta.
Mirando a mi alrededor, todas las personas con miedo y preocupación, y un toque de esperanza, esperaban expectantes. Respondo:
—Sí. —dejo atrás las preocupaciones, como tantas veces he hecho en la guerra que viví en la vida pasada.

