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El Gobernador de San Marcos (Parte 2)

  Verónica estaba terminando de enrollar su saco de dormir y miró a su sobresaltado compa?ero.

  —?Rex? ?Pasó algo? —preguntó. Había aprendido a confiar en los instintos del pistolero.

  El hombre se tomó un segundo más para procesar y negó con la cabeza.

  —No. Solo… —Observó la ligera preocupación en el rostro de la mujer—. Sentí un bichito.

  Verónica sintió alivio y formó media sonrisa.

  —Hoy llegamos a San Marcos. Dormirás en una cama normal —aseguró ella—. No más tierra.

  Víctor se despertó lentamente, estirándose con un fuerte bostezo mientras se erguía sentado. Aún llevaba vendajes en la cabeza porque Verónica había insistido en que se los dejara hasta el siguiente pueblo para que “no les diera el aire de la intemperie”.

  —Buenos días —dijo medio adormilado aún—. ?Manejo yo?

  Rex y Verónica intercambiaron una mirada. Había pasado casi una semana desde su golpe en la cabeza y ya se le veía mucho mejor. Los primeros días dormía mucho y decía tener jaquecas, pero ya no había presentado complicaciones.

  —Claro —accedió Verónica—. Con que no nos tires a una zanja.

  Víctor rio ante la broma y ayudó a alzar el campamento.

  Ahora que se habían quedado con la carreta de los hermanos Severino, viajar era mucho más cómodo. Dos de sus caballos tiraban y el tercero simplemente acompa?aba. Los tres jinetes cabían en el asiento y guardaban su botín en la parte de atrás: cuerdas, utensilios, perfumes de las hermanas y, sobre todo, ropa. Enya había tenido más o menos las mismas tallas que Verónica; la ropa de Jerónimo y Liz había sido muy grande para los hombres, pero, con el dinero que Antigua Luna les ofreció como recompensa, compraron camisas y pantalones nuevos de todos modos.

  Mientras Rex se cambiaba, miró su pecho. Estaba lleno de cicatrices. La mayoría eran líneas de cuchillos o botellas rotas, pero la que captó su atención fue la que estaba en su pectoral izquierdo: un círculo de bala.

  —?Listo, compa?ero? —preguntó Víctor, sacándolo de su contemplación.

  —Ey —afirmó Rex, abotonándose y colocándose sus cananas—. Habrá que comprar balas cuando lleguemos a San Marcos.

  Verónica estaba sentada entre Víctor y Rex, como se había vuelto costumbre con su nueva carreta.

  —?Se nos acabaron?

  Rex sacudió la cabeza.

  —No, pero no podemos arriesgarnos a tener pocas. Además, necesitas tus propios cartuchos ahora.

  ★

  San Marcos era considerado por los locales como una peque?a ciudad, pero los alrededores lo denominaban un pueblo grande. Aunque tenía uno que otro edificio de tres o cuatro pisos, no tenía tantos negocios como Antigua Luna y no era ni la mitad de grande.

  Cuando la carreta de los viajeros llegó por el camino este, Verónica observó que solo había una torre de reloj y rechistó.

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  Había docenas de personas afuera, pero el día parecía ser lento. Los vendedores estaban sentados en las bancas frente a sus tiendas ante la falta de clientes y el salón estaba casi vacío a estas horas. Todos los caballos estaban atados y solo el due?o del establo pareció interesarse en la carreta forastera —más por negocio que por curiosidad.

  La única persona a quien verdaderamente le interesaba la llegada de los viajeros era el alcalde Guillermo, quien observaba desde su oficina a través de unas persianas rotas. Reconoció a la mujer de la trenza de inmediato: Verónica Lombarde.

  Recordó también las palabras el se?or Gunn, las cuales repetía en voz baja para sí mismo. “Detenerla. No matarla”.

  —Se?or Méndez —lo interrumpió su secretaria.

  El sistema nervioso del gobernador fue atravesado por un espasmo repentino. Lo hizo maldecir, aunque, a medias. Le faltaba coraje para maldecir enteramente.

  —?Jennifer! ?Cuántas veces te he dicho que…?

  La secretaria esperó a que el hombre terminara su oración; más impaciente que curiosa.

  —Que no te me aparezcas así.

  El hombre se acomodó el cuello de la camisa.

  —Traje su encargo —dijo la chica.

  Se apartó del umbral de la oficina de Guillermo para dar paso a dos malhechores corpulentos; ambos eran igual de intimidantes, pero uno muchísimo más que el otro. Jennifer cruzó los brazos y puso la mirada en blanco.

  —?No cree que sería mejor pedir la ayuda de su padre?

  “?No necesito…!” Guillermo comenzó a gritar. Nuevamente se detuvo.

  Siempre que estaba cerca de soltar un reclamo, una parte de sí lo frenaba a rega?adientes. Desviando la mirada al piso, exhaló su peque?a furia por la nariz. Colocó una mano en su cintura y se?aló con el dedo índice al cielo.

  —No necesito ayuda de ese hombre. Mi padre está felizmente retirado en Echeverría y él confía en mí.

  —Necesitaré un aumento de salario —observó la secretaria.

  —?Qué? ?Por qué?

  —Para mantener la boca cerrada. Usted está contratando matones. Eso es ilegal.

  “Ey” calmó el gobernador sonriendo nerviosamente.

  —Esto no es ilegal, Jennifer. ?Al contrario! Estoy haciendo un servicio a la ciudad de San Marcos. Esta mujer… eh, Verónica… es una amenaza para el Se?or Gunn.

  —No veo cómo esto ayuda al Se?or Gunn.

  El gobernador, emocionado, dio un aplauso y extendió los brazos para presumir su plan.

  —Mira, yo podría mandar a arrestar a esos tres cazarrecompensas por entrar a la ciudad en un vehículo robado. Sin embargo, levantaría sospechas.

  Guillermo empezó a agudizar su voz para imitar a los habitantes de San Marcos. “?Oh! ?Por qué el gobernador sabía que se trataba de un vehículo robado?”. Jennifer puso una cara de asco.

  —Pero si atraigo a Verónica de manera pacífica, la pondré en un lugar muy, muy recóndito y... ?Tras! Mi amigo, el caballero de aquí.

  Se?aló a uno de los hombres corpulentos, como esperando a que éste se presentara ante la habitación. Sin embargo, el malhechor sólo se irritó y comenzó a apretar los dientes. El otro hombre tuvo que intervenir para explicar que su compa?ero no hablaba mucho. También explicó que se llamaba Brutus.

  —?Brutus! Por supuesto. Brutus le pondrá una bolsa en la cabeza. Los otros dos cazarrecompensas ni siquiera se darán cuenta de que su compa?era ha desaparecido, al menos no hasta que sea demasiado tarde.

  —Ajá —afirmó Jennifer, escéptica.

  Sin embargo, el gobernador ignoró esto, impaciente por continuar declamando su estrategia. Recordó que había dejado una taza de café frío descansando sobre su escritorio y pensó que le vendría bien remojarse la boca durante tanta palabrería.

  —Ahora. ?Cuál es la mejor forma de llegar al corazón de una mujer? —preguntó mientras daba un sorbo.

  —Tener el pito hecho de diamante.

  El gobernador escupió su café, pero asintió con la cabeza.

  —Y la segunda mejor forma es: conquistándole el corazón.

  Jennifer había perdido la habilidad de seguirle la lógica. Habló con una pronunciación estricta, sonando fuerte cada consonante.

  —?Y cómo, si me permite preguntar, planea conquistar el corazón de la se?orita?

  Guillermo se emocionó más, pues anticipaba la incógnita de su audiencia. Repitió los gestos de aplausos y pausas innecesarias, preparándose para revelar la parte final, mejor y más infalible de su discurso, según él.

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