No me había dado cuenta del tiempo que llevábamos recorriendo el estrecho camino, sumidos en un incómodo silencio, hasta que un bache traicionero me hizo dar un brinco en mi improvisado asiento. Mi espada, que reposaba mal apoyada contra la madera, cayó al suelo del carro con un estruendo metálico que pareció un grito en mitad de la nada. Me incorporé como pude, agarrándome a la parte trasera del asiento del conductor.
—?No deberíamos ir más despacio? —pregunté, tratando de sonar más tranquilo de lo que estaba.
Ni Donovan ni Sigrid pronunciaron palabra alguna. Sus espaldas estaban rígidas, tensas como cuerdas de arco a punto de partirse. Volví la mirada hacia atrás, el camino era una línea de tierra vacía. Ya no había ni rastro de los oficiales del ejército, la guardia se había quedado en su punto de control. No entendía por qué habían puesto un retén en una ruta tan olvidada por los dioses, pero entendía aún menos la repentina y gélida actitud de mis compa?eros.
De repente, una sombra inmensa cruzó el camino, eclipsando el sol por un segundo. Levanté la mirada, cegado por el resplandor.
—?Qué co?o es eso? —gritó Sigrid.
No tardé mucho en reconocer la silueta. Las había visto en la capital, sobrevolando las torres de marfil. Las familias nobles las usaban como escolta de lujo o para mandar a sus hijos a la Universidad. Criaturas fieles a sus due?os hasta la muerte, pero temibles en libertad.
—Es un grifo... —dije, y la palabra se me secó en la boca.
Ya sabéis, es bestia, mitad águila, mitad león, trazó un arco perfecto sobre nosotros, plegó las alas y se lanzó en picado. El aire silbó a su alrededor.
—?Viene hacia nosotros! —gritó la herrera.
Donovan espoleó aún más a los caballos. Los animales relincharon de pánico y el carro dio un bandazo violento. De no ser por la suspensión especial que Sigrid había dise?ado, habríamos reventado los ejes en el primer bache a esa velocidad.
La criatura emitió un chillido agudo que me taladró los tímpanos y aceleró su caída. De golpe, sentí el frío recorrer mi cuerpo como una descarga eléctrica. Al exhalar, una nube de vaho blanco salió de mi boca. La temperatura había descendido drásticamente en cuestión de segundos, congelando el sudor de mi frente. Entonces lo entendí.
—Mierda —susurré.
Me moví por puro instinto. Lancé un escudo mágico sobre la parte trasera del carro justo una fracción de segundo antes de que un torrente de aire gélido nos golpeara. No era solo viento, contenía miles de agujas de hielo microscópicas que repiquetearon contra mi barrera como granizo sobre un techo de chapa.
A pesar del miedo, una parte de mi cerebro académico no pudo evitar fascinarse. Era un hechizo extremadamente refinado. En la Universidad, muy pocos magos se dignaban a aprender magia de área a gran escala con ese nivel de control. Ese conjuro se usaba para detener ejércitos o revueltas civiles sin causar bajas inmediatas, no era letal por sí mismo, pero nos habría dejado congelados y a merced de nuestro atacante sin ningún esfuerzo.
—?Quién co?o es? —preguntó Sigrid, girándose hacia mí.
Cuando la miré para responder, sus ojos cortaron mis palabras en seco.
—?Sigrid! —exclamé, pero la palabra murió en mi garganta.
Sin darse cuenta, o tal vez porque el instinto de supervivencia había anulado su prudencia, la herrera había cambiado. Sus ojos, habitualmente oscuros y burlones, se habían tornado de un blanco intenso, sin iris ni pupila. Y su piel... joder, su piel ya no era carne. Se había transformado en una superficie facetada, traslúcida y dura como el diamante.
El horror me inundó. Estaba seguro de haber protegido el carro con mi escudo, pero el hechizo no podría haberla congelado a ella sin afectarnos a los demás. No estaba congelada. Ella era el hielo. O algo mucho peor.
Sentí que mi escudo mágico fluctuaba bajo la presión del ataque aéreo. Devolví mi atención al cielo para seguir protegiéndonos del incesante torrente de agujas gélidas, sintiendo cómo las marcas de mi cuerpo ardían al desplegar la segunda piel al máximo. No contrarrestaba la presión de hacer magia, pero sí el retroceso que amenazaba con destrozarme los músculos.
Cuando devolví la mirada a Sigrid, su piel y sus ojos volvían a ser normales, pero su expresión de pánico me lo dijo todo, “Lo has visto”.
—Eres una Vítrea... —susurré, incrédulo.
—?No es el momento! —rugió Donovan, tirando de las riendas con tal violencia que las venas de sus brazos parecieron cuerdas a punto de estallar.
El carro dio un bandazo. Nuestro atacante había congelado el camino delante de nosotros, levantando un muro de hielo sólido en cuestión de segundos. Los caballos, aterrorizados, perdieron tracción sobre la escarcha y el vehículo derrapó, girando sobre su eje sin control.
Traté de desviar el escudo para amortiguar el golpe inminente, pero la física fue más rápida que mi magia.
El impacto nos sacudió como a mu?ecos de trapo. Salí despedido por el lateral. De no haber tenido activa la Segunda Piel, me habría roto todos los huesos contra la capa de hielo que cubría el suelo. En su lugar, sentí el dolor sordo del impacto y el chasquido estático de la electricidad recorriendo mis nervios. Rodé varias veces hasta detenerme, escupiendo tierra y sangre.
Love this novel? Read it on Royal Road to ensure the author gets credit.
A unos metros, Sigrid impactó contra el suelo con la pesadez de una roca. Se incrustó en el hielo con un sonido seco, brutal, gracias a la densidad de su cuerpo transformado.
Me incorporé, mareado, buscando con la mirada a mis compa?eros. Donovan yacía en el suelo, inconsciente cerca de los restos del pescante. Los caballos habían roto los tiros y huían despavoridos hacia la espesura, arrastrando el eje delantero con ellos.
Escuché el hielo resquebrajarse. Sigrid emergió del cráter que su propio cuerpo había cavado. Al verla sacudirse los cristales de los hombros, ya no me cabían dudas. Era una Vítrea. Carecía de alas, sí, pero entonces mi mente conectó los puntos: las cicatrices terribles en su espalda que vi en el río. Los Vítreos podían recubrir sus cuerpos de diamante orgánico, pero sus alas... sus alas eran su mayor orgullo. Sin ellas, podía pasar por una humana anormalmente fuerte, las pruebas habían estado ante mí todo este tiempo...
—?Ya viene! —gritó la herrera, desviando mi atención de sus secretos hacia nuestra muerte inminente.
El grifo descendió no muy lejos de nosotros, aterrizando con una pesadez que hizo temblar el suelo. Sus garras de león rasgaron el hielo del camino. Busqué por instinto algo con lo que defenderme. El arco de Beonir se confundía entre la madera astillada del carro destrozado y, aunque hubiera estado en buen estado, mi puntería con las manos temblando no habría servido de nada.
Entonces Sigrid rugió y se lanzó a la carrera en dirección a la bestia, sin armas, solo con sus pu?os.
—?Gustab! —me gritó sin detenerse. Se agachó en plena carrera, cogió algo del suelo y me lo lanzó con fuerza.
Mi espada giró en el aire, brillando bajo el sol. La cogí de forma torpe, abrazándola contra mi pecho, dando gracias a todos los dioses de que no se saliera de su vaina y me cortara los brazos en el intento.
Cuando la herrera chocó contra el grifo, el impacto sonó como dos monta?as colisionando. La bestia no tuvo tiempo de esquivarla. Su jinete aprovechó el caos para saltar hacia el camino con una agilidad sobrenatural.
Vi la túnica blanca ondear en el aire, inmaculada, junto a una cascada de cabello largo y rubio. Aterrizó con suavidad, como si la gravedad no fuera con ella.
—Mierda... —murmuré, sintiendo que la sangre se me helaba más rápido que con cualquier hechizo.
Reconocí esa postura, reconocí esa fría confianza, era Wenny.
Por el rabillo del ojo vi a Donovan incorporándose, aturdido pero vivo. Me preparé, lanzando todos los hechizos potenciadores que mi cuerpo podía soportar, rezando para que aquella mujer que se acercaba con la mirada cargada de odio hubiera perdido el tiempo tanto como yo desde que escapé de la Universidad.
—?Gustab! —gritó ella.
Al mismo tiempo, generó una enorme lanza de hielo, demostrando cuán errado estaba mi deseo. Joder, se había hecho mucho más fuerte de lo que cualquier mago de la corte podría so?ar. La lanza impactó contra mi escudo con la fuerza de un ariete. El aire vibró y lancé una bola de fuego instintiva, no para herirla, sino para evaporar los fragmentos de hielo que salieron disparados hacia mi cara como metralla.
—?Qué haces aquí? —pregunté gritando, con mucho más miedo del que pretendía mostrar. El frío que desprendía su magia era antinatural, se me colaba por los poros, entumeciéndome los dedos.
Donovan se había unido a Sigrid en una danza brutal contra el grifo. Me quedé fascinado un segundo al ver al minotauro luchar con tanta agilidad, usando su peso para desequilibrar a la bestia mientras la herrera golpeaba con pu?os de diamante. Pero mi distracción casi me sale cara.
—?Así me recibes? —me gritó Wenny con la voz rota por la rabia—. ?Después de abandonarme?
Titubeé. Tenía razón, pero la culpa no me iba a salvar la vida ahora.
—?Cómo me has encontrado? —insistí, tratando de recuperar el aliento.
—Es fácil interceptar comunicaciones cuando sabes qué buscar —respondió, cerrando el pu?o frente a ella.
Entonces me fijé en el detalle que lo cambiaba todo. Me habría esperado un anillo, una varita o un báculo como catalizador, pero Wenny llevaba una armadura de combate mágica bajo la túnica. Su guantelete relucía con un brillo rúnico tan puro como su propio hielo. Aquello era equipo de élite, de los que solo se ven en las guerras fronterizas.
Un rugido me obligó a apartar la vista. Donovan acababa de lanzar a Sigrid por los aires, impulsándola con sus gruesos brazos hacia el grifo. La herrera impactó contra la cabeza de águila de la bestia, que respondió intentando despedazar la piel diamantina de la mujer con sus garras de león. En este reparto de golpes, me di cuenta de que yo me había quedado con la peor parte.
Senti las agujas de hielo impactar de nuevo contra mi escudo de Segunda Piel. La electricidad chisporroteó ante la gélida corriente de aire que Wenny enviaba hacia mí. Clavé la espada en el suelo, usándola como ancla para no salir despedido hacia atrás por la presión del viento, y conjuré un nuevo escudo frontal.
Cuando recuperé la línea visual, Wenny había desaparecido de mi frente. Un movimiento rápido a mi izquierda me hizo reaccionar por puro instinto. Levanté la espada envainada justo a tiempo, un filo de hielo sólido impactó contra ella con un chasquido metálico que resonó en mi cráneo. Wenny me obligó a clavar la rodilla en el suelo por la fuerza del golpe. Joder, también había practicado esgrima.
—Me abandonaste, Gustab... —me acusó. Estaba tan cerca que pude ver que sus ojos no solo brillaban con furia, sino con algo que dolía más, decepción.
—Tenía que marcharme —respondí a duras penas. Cambié la magia eléctrica de mi Segunda Piel por una llamarada de fuego que emanó de mi cuerpo, obligándola a retroceder para no quemar su túnica.
—?Yo te habría protegido! —gritó ella, alzando un brazo al cielo.
Se me paró el corazón al ver cómo una enorme placa de hielo, del tama?o de un carruaje, se generaba sobre nosotros. Sentí el pánico atenazarme la garganta, ese ataque me aplastaría si la dejaba caer. Su mano descendió. Desplegué dos escudos superpuestos y comprimí la energía con todas mis fuerzas.
En un destello de esfuerzo agónico, la placa impactó contra mi barrera en forma de una peque?a esfera, pero con la suficiente fuerza como pare resquebrajarlas. Las marcas de mi cuerpo resonaron con un pitido agudo y sentí la sangre hervir. Un calor nauseabundo subió por mi esófago y vomité un líquido negruzco sobre el hielo. Por suerte, Wenny estaba demasiado sorprendida por mi respuesta a su ataque, como para percatarse de mi estado.
A pocos metros, el grifo soltó un alarido de dolor al caer bajo la embestida de Donovan. Wenny gritó una orden en un lenguaje antiguo y la bestia, herida, se reunió con ella. Para cubrir su retirada, lanzó un último torrente de aire helado contra mis compa?eros. Apenas tuve tiempo de extender mi escudo para cubrirles.
Cuando el aire paró, el silencio regresó al camino, roto solo por el crujido del hielo rompiéndose. Pude ver que, por poco, les había salvado, pero mi visión empezó a te?irse de un rojo borroso. Me toqué la cara y sentí el calor de la sangre, mis ojos habían empezado a sangrar por el esfuerzo del retroceso mágico.
—Mierda... —murmuré, sintiendo que las fuerzas me abandonaban—. Estamos jodidos.

