Resultó que el río no estaba demasiado lejos, tal y como había prometido Sigrid, solo tuvimos que volver sobre nuestros pasos una vez llegamos a la carreta de Donoban, hasta el camino original. Lo primero que percibí cuando nos acercábamos, resultó ser el sonido del agua chocando contra las rocas, que nos llegó como un murmullo antes que la vista del cauce, un susurro constante que prometía librarnos de la pestilencia de los fluidos del mimético. Cuando finalmente llegamos a la orilla, no perdí el tiempo. Me despojé de las botas y me deshice de la ropa, quedando en pa?os menores, me sumergí en la corriente helada soltando un grito ahogado, apenas me llegaba a las rodillas el agua, pero estaba deseando quitarme aquella masa pastosa de la cabeza de una maldita vez.
—?Maldita sea! —exclamé, frotándome la cabeza con desesperación para quitarme el lodo.
—Es agua, mago. El agua suele estar fría y por si tampoco lo sabes, moja.—se burló Sigrid mientras se alejaba unos metros río arriba, buscando una zona con más profundidad tras unos matorrales.— ?No te ense?aron eso en tu torre?
Donovan, con la parsimonia digna de su clase, ya se había quitado la túnica e introducido a una zona lo suficiente profunda como para poder frotar su pelaje con una paciencia infinita, ignorando mis quejas y las burlas de la herrera.
Tras unos minutos de lucha contra el frío y el olor a podrido, el agua empezó a bajar limpia. Me senté sobre una roca plana para secarme un poco al sol del atardecer aprovechando el poco tiempo de su calor que nos quedaba. Fue entonces cuando me fijé en Sigrid. No sabia si ella pensaba que estaba lo suficientemente lejos o, más probablemente, le importaba un bledo nuestra presencia. Se había quitado la parte superior de su chaleco de cuero para lavarse la espalda.
Algo llamó mi atención, sin poder evitarlo, me quedé helado, y esta vez no fue por el río.
A través de la distancia, la luz anaranjada del sol poniente recortó su figura. En su espalda, casi oculto por su cabello rojizo, cruzando desde los omóplatos hasta la zona lumbar, resaltaban unas cicatrices extra?as. No eran cortes de espada ni marcas de látigo, tenían la apariencia de protuberancias rugosas, marcas profundas y fibrosas que interrumpían la musculatura de su espalda como si algo hubiera sido arrancado de cuajo de su columna.
—Gustab.
La voz profunda de Donovan me sacó de mi estupor. El minotauro estaba a mi lado, ya fuera del agua y escurriendo su pelaje con una toalla de lino basto. Había seguido mi mirada.
—Entiendo que te pueda parecer interesante, pero no es bueno mirar así a... Bueno... Incluso ella es una dama me temo—murmuró, su tono, aunque parecía despreocupado, percibí una nota de advertencia, no había ira en él, solo un aviso.
En ese momento pensé que si la molestaba, por que no se habría alejado más, pero me gire para darla intimidad y miré al minotauro.
—Esas marcas... —susurré, bajando la voz tratando de no parecer un entrometido—. No son normales. He visto heridas y quemaduras, pero eso parece...
—Pasado, Gustab —me interrumpió, clavando sus profundos ojos oscuros en los míos—. Sigrid es una mujer que se ha metido en demasiados líos y viene de un lugar donde la vida no vale ni una moneda de cobre. Como casi todos en Leokvaar.
Tragué saliva y desvié la mirada hacia el horizonte. El minotauro restó importancia a sus palabras con un gesto, con un gesto me invitó a seguirlo de vuelta al carro donde nos vestimos con ropas secas.
Poco después, con la ropa extendida sobre una improvisada estructura de madera hecha con ramas para que se secara, Donovan se puso manos a la obra colocando las prendas alrededor de la hoguera que yo mismo había encendido con magia, me resultaba satisfactorio poder volver a manejar peque?os hechizos de forma efectiva. El minotauro se desenvolvía con una agilidad que contrastaba con su enorme tama?o, tomó unas extra?as herramientas alargadas que terminaban en una especie de red y se acercó a un remanso del río y, tras unos minutos de silencio absoluto en los que el sol ya casi había desaparecido por el horizonte, regresó con tres hermosas truchas que daban coletazos desesperados entre sus dedos.
Montamos un peque?o campamento bajo el abrigo de un saliente de roca. Apagamos la peque?a hoguera donde secábamos nuestras pertenencias y extendimos la ropa sobre el carro, empecé a apilar la le?a para asar los peces mientras el monje las limpiaba y miré en dirección al rió, Sigrid aún no había vuelto, pensé en aquellas marcas, pero me deshice de mis pensamientos repitiéndome que no es asunto mío y seguí con mi tarea. El fuego pronto empezó a crepitar, y el aroma del pescado asándose sobre las brasas sustituyó al hedor del mimético que nos había acompa?ado toda la tarde. Era la primera vez en días que el silencio no se sentía tenso, sino casi... acogedor.
—Dime, Donovan —dije, rompiendo el silencio mientras vigilaba mi trucha—, ?cómo acaba un minotauro con tu paciencia siendo el aprendiz de un moje Druida? No es lo que uno espera de tu raza.
Donovan removió las brasas con una fina rama, el reflejo del fuego bailando en sus gafas.
—Fui separado de mi pueblo cuando apenas era un joven —comenzó, su voz fue fluyendo como el río—. Me criaron unos monjes en las monta?as del norte. Ellos me ense?aron que la fuerza no reside en el músculo, sino en el equilibrio, también aprendí los secretos de la sanación. Más tarde, según crecí, empece a ser un problema para el monasterio, un Druida errante pasó por allí, no sé si vio algo en mí o simplemente llegó a un acuerdo con los monjes, pero me tomó como su aprendiz y viajamos durante a?os por aquí y por allá, aprendí nuevas maneras de sanar, el secreto de las raíces, los frutos, las flores... la sangre...
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Hizo una pausa, sus ojos perdidos en los recuerdos, las sombras de las llamas se proyectaban en su rostro y me quedé expectante a que continuara.
—Cuando el viejo murió, hace unos a?os, me sentí cansado de viajar. Leokvaar parecía un lugar tan bueno como cualquier otro para dejar de viajar y simplemente... existir. Hasta que aparecieron esos goblins, todos esos aventureros que desaparecían hasta que finalmente apareció tu extra?o grupo...
Su mirada si posó en mí mientras sacaba una manzana de uno de sus bolsillos, en ese momento me di cuenta que no estaba comiendo pescado y caí en la cuenta ?que comen los minotauros?
—?De qué habláis, par de marujas viejas? —la voz de Sigrid me sobresaltó.
Apareció entre las sombras, ya vestida y con el cabello rojizo todavía húmedo, goteando sobre sus hombros. Se sentó junto al fuego dejando caer su peso a plomo, nos miró con suspicacia.
—?Hablabais de mí? ?Gustab, me miraste el culo mientras me lavaba? Porque lo sé, sé que lo mirabas, es resistible, ?eh? —soltó una carcajada ronca que me hizo enrojecer hasta las orejas.
—?No te estaba mirando el culo! —exclamé, quizás demasiado rápido, mientras Donovan soltaba un bufido que juraría que era una risa contenida—. Solo... me quedé distraído.
—Ya, ya. Lo que tú digas, "Varita Mágica" —Sigrid agarró su trucha directamente con la mano, ignorando el calor que desprendía, y le pegó un bocado digno de un lobo—. A ver, suelta la sopa. ?Qué es ese libro que le has robado al muerto ese? ?Vale algo o es otro manual de cómo peinarse la barba para magos pomposos?
Saqué el grimorio de debajo de mi túnica limpia. Las tapas de cuero oscuro vibraban ligeramente al contacto con mis dedos, una se?al inequívoca de que el conocimiento que contenía era de una rama activa y agresiva de la magia.
—Es un grimorio de Taumaturgia Eléctrica —expliqué, y no pude evitar que un deje de orgullo asomara en mi voz—. Magia de rayo. Es extremadamente curioso, extra?o, no es una rama que se ense?e a cualquiera. Los infelices que acabaron dentro del mimético debían de ser un mago de alto rango y su escolta. Seguramente se dirigían a la Universidad de Farenwerl.
Donovan, que observaba el libro con sus ojos entrecerrados tras las gafas, murmuró entre bocado y bocado.
—Por las marcas de los restos de sus capas y el metal de sus botas, yo diría que eran mercenarios. Gente peligrosa. No llevaban las ropas oficiales del ejército o la guardia de la capital.
Me encogí de hombros, pasando los dedos por el relieve de una runa de descarga que destacaba en el deteriorado lomo.
—La Universidad hace las cosas a su manera. A veces contratan escoltas externas para transportar objetos sensibles. Saben que los bandidos temen más a un mercenario con que se dedica a matar día y noche a un soldado que pasa la mayor parte del tiempo haciendo guardia. Sobretodo si su origen o destino, no es lo suficiente respetable de lo que se espera de la universidad.— Me encogí de hombros.— Realmente, no lo sé.
Sigrid arqueó una ceja, limpiándose la grasa del pescado con la manga hasta ese momento, limpia.
—?Y tú no sabes cómo funcionan los tuyos? Se supone que eres uno de ellos, ?no?
Involuntariamente, me puse a la defensiva. Sentí cómo la mandíbula se me tensaba.
—A mí no me querían allí, Herrera. Me fui por mi propio pie antes de que me echaran a patadas por mi falta de disciplina. Si quieres saber cómo son de verdad, pregúntale a Agatha. Ella es una Maga Blanca, una de las pocas personas puras que que acceden a esas lecciones.
Donovan levantó la vista, dejando el corazón de su tercera manzana a un lado. Su mirada era pesada, cargada de esa extra?a calma tensa que te hace sentir como un ni?o que no sabe de qué habla.
—Gustab... ?De verdad piensas que una Maga Blanca estaría viviendo por voluntad propia en un agujero como Leokvaar?
Me quedé callado. La pregunta flotó entre nosotros como el humo de la hoguera. Lo cierto es que me lo había pensado alguna vez. Una Maga Blanca en Leokvaar era como un cisne en una alcantarilla.
—No le di muchas vueltas —admití en voz baja—. Supuse que estaba allí por penitencia o... algo así.
—O quizás el origen de las personas no es algo a lo que dar muchas vueltas, confío en ti, por tus actos, no por tu pasado—sentenció el minotauro.
Justo en ese momento, un movimiento entre los arbustos rompió el momento haciendo que las palabras se diluyeran en el viento. A unos doce metros, cerca de un grueso arbol, apareció una nariz moviéndose frenéticamente. Era él. O al menos, uno idéntico. El conejo de la tarde, con su trasero insolente y su mirada de superioridad lagomorfa.
Me levanté de un brinco, tirando la raspa al suelo. La humillación de la tarde regresó como una bofetada.
—Ahora serás mío, bicho asqueroso.
Abrí el grimorio con un movimiento dramático. Las páginas pasaron solas hasta detenerse en una fórmula de rezaba “Arco Voltáico Simple”. La energía empezó a hormiguearme en las yemas de los dedos, una sensación de miles de agujas de hielo me hormigueaba los brazos.
—?De verdad vas a usar un grimorio para cazar a esa cosa? —preguntó Sigrid, apoyando la barbilla en la mano, divertida.
—No es por la comida —siseé, concentrando mi maná—. Es por el honor.
Empecé a recitar el hechizo. Las palabras en léxico antiguo sonaban como cristales rotos. El aire alrededor de mi mano empezó a oler a metal, el vello de mis brazos se erizó mientras las marcas pasaron del hormigueo a la quemazón y una luz azulada empezó a bailar entre mis dedos. Visualicé al conejo, visualicé el impacto, visualicé mi inminente victoria.
—?Fulmen Elextris! —grité.
Un rayo blanco y azulado salió despedido de mis dedos con un estallido sónico que me hizo retroceder un paso. Por un milisegundo, pensé que lo tenía. Pero la magia de rayo resultó ser caprichosa, no viaja en línea recta, busca el camino de menor resistencia. El conejo, en un alarde de reflejos divinos, saltó hacia un lado justo cuando el arco de energía, en lugar de seguirlo, se sintió atraído por la humedad del árbol más cercano.
?KRAK!
El impacto contra el tronco fue brutal. La corteza saltó por los aires, dejando una quemazón negra y humeante en la madera. Los pájaros que se encontraban tranquilos en los alrededores salieron volando en todas direcciones, piando aterrorizados. ?El conejo? El conejo ya estaba a tres colinas de distancia, probablemente riéndose en lenguaje de conejo de mí.
El silencio que siguió fue interrumpido por la carcajada más estrepitosa que le había oído a Sigrid en todo el viaje. La herrera se golpeaba la rodilla, casi sin aire mientras sus ojos se llenaban de lagrimas.
—?Madre mía! ?Casi matas al árbol por mirarte mal! ?Menudo archimago tenemos, Donovan!— Gritó.
Me senté de nuevo, malhumorado, humillado, sintiendo el brazo entumecido por la descarga y el ego por los suelos. Me metí el grimorio bajo el brazo, ignorando las burlas de la herrera mientras ella seguía riéndose hasta que se le terminaron de saltar las lágrimas trazando profundos surcos en su rostro.
—El conejo vive —murmuró Donovan, volviendo a cerrar los ojos mientras se masajeaba el grueso puente de su nariz—. El árbol sufre. Gustab cero, conejo dos...
Me envolví en mi túnica medio seca, mirando las brasas. A este paso, el viaje iba a ser muy, muy largo.
?Conseguirá Gustab no electrocutarse a sí mismo con el nuevo grimorio?

