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Capítulo 129: La Bruja del Norte

  En Kindratt, la luz del sol se filtraba a través del gran ventanal tallado en hielo puro, donde resplandecía el emblema ancestral de la familia real. La sala del trono, un majestuoso salón de cristal, relucía bajo el fulgor de un candelabro de fuego azul suspendido en lo alto, cuyas llamas danzaban como espíritus antiguos. Alfombras tejidas con hilos de plata y terciopelo cubrían el suelo, amortiguando los pasos con su suavidad real. Al final del tapiz ceremonial, se alzaba un trono esculpido en el hielo más puro, con cristales que titilaban desde su base hasta los afilados picos que coronaban el respaldo.

  Sobre él, sentada con el mentón en alto, se encontraba la figura imponente de una mujer de porte regio. Su cabello níveo, al igual que su piel de porcelana, evocaban la esencia misma de la nieve eterna, y sobre su frente reposaba una tiara de hielo tallado, símbolo frío y pesado de su autoridad. La reina de Kindratt examinaba con indiferencia una joya exótica, regalo reciente de su caballero favorito, hasta que el sonido leve de unos pasos interrumpió el silencio helado.

  —Mi reina… —dijo una sirvienta con la voz apenas audible —La princesa Aurelia ha llamado de nuevo. Parece que el maestro Bardrim le ha entregado otra pieza de joyería exquisita…

  —Muy bien… —respondió la reina, con una voz cortante como el hielo que la rodeaba —Tráelo aquí.

  La sirvienta, con movimientos medidos al milímetro, se acercó portando una caja de cristal refinado. Caminaba como si cada paso definiera su destino. No se atrevía a respirar con fuerza. La reina despreciaba el error. Cualquier falla, por peque?a que fuera, merecía castigo.

  La caja fue colocada con reverencia sobre una mesa que otros criados trajeron a toda prisa. La reina aguardó, sin mostrar interés, a que la imagen comenzara a formarse dentro del cristal.

  Cuando la proyección cobró vida, lo primero que captó su atención fue la figura de un joven de piel morena, cabello casta?o y una mirada dura como obsidiana. Fue él quien respondió primero.

  —Aurelia… ?Qué significa esto?

  La princesa, que hasta entonces había mantenido un semblante de hielo, sintió un escalofrío recorrerle la espalda al oír su nombre en esa voz implacable. Desde el suelo, con la rodilla hincada, dijo:

  —?Madre! Espero que estés teniendo un día grato…

  La reina frunció el ce?o, como si las palabras de su hija fueran una ofensa al protocolo.

  —Ve al grano, ni?a.

  Los labios de Aurelia temblaron. Pero contuvo el miedo, y con un esfuerzo colosal, logró enderezarse sin perder la compostura.

  —S… sí, madre… El maestro Bardrim ha traído una nueva joya. Esta vez, asegura que cumple con todos los requisitos que exigiste como compensación por la última entrega… Espero sinceramente que sea de tu agrado.

  Aurelia alzó una peque?a caja brocada con ambas manos, como si portara el destino de Bardrim entre sus dedos. En la mente del maestro joyero resonaban, como martillazos, los incontables reproches que había recibido por sus obras anteriores.

  ?Ahora no podrás quejarte, bruja…?

  La reina observó la caja sin emoción aparente. Sus ojos, dos fragmentos de hielo eterno, se posaron con lentitud sobre el objeto. Al abrirse, surgieron unos pendientes azules de belleza sobrenatural. En el interior del cristal pulido parecía habitar un mar de estrellas danzantes, suspendidas en un cosmos líquido. Por primera vez, la mirada de la reina titiló, apenas perceptiblemente.

  Pero Cáliban lo notó. El movimiento fue mínimo, pero suficiente para encender una chispa de tensión en la sala. Bardrim, sintiendo que ese breve gesto era una oportunidad, se incorporó con lentitud y habló:

  —Reina del Hielo… Estos pendientes han sido elaborados con todo mi conocimiento, con cada gramo de mi maestría. No solo cumplen con cada uno de los estrictos requisitos, sino que han sido refinados para alcanzar el mayor nivel de perfección posible. Te aseguro que son una obra sin igual.

  Un silencio glacial descendió como una niebla espesa sobre la sala. La reina vio los pendientes y los examinó con minuciosidad. Cada centímetro, cada corte, cada destello fue juzgado con ojos implacables. Bardrim contenía el aliento. Sus manos temblaban ligeramente, ocultas bajo su túnica. Rezaba, en silencio, para que la mujer que todos temían lo dejara en paz de una vez por todas.

  De pronto, algo interrumpió su análisis. Un reflejo leve, un brillo extra?o. La reina movió sus ojos lentamente, y dejó de observar los pendientes. Su atención se desvió a la mu?eca de Cáliban. Ahí había una pulsera. Reconoció al instante que era un artefacto de acero frío, único en su tipo.

  Luego examinó su rostro. Había algo en sus facciones… la forma de su mandíbula, esa nariz, los labios. Le resultaban inquietantemente familiares.

  ?Esa cara… ?Dónde la he visto antes?... No importa.?

  —Tú… —dijo con una voz cargada de sospecha, se?alándolo —?Quién eres, para sentarte junto al Maestro del Martillo Negro?

  Cáliban no titubeó, el silencio lo rodeaba como una soga al cuello pero no vaciló. Giró la mirada hacia Catherine, que con los ojos le suplicaba que midiera sus palabras. él suspiró, hastiado y resignado.

  —Me llamo Cáliban. Soy socio del maestro Bardrim. Lo ayudé a forjar esos pendientes. No soy alguien digno de mención.

  La reina se sintió, por un instante, fuera de lugar. Era una sensación que no conocía desde hacía a?os. Jamás nadie tan joven le había hablado con ese tono. Firme, directo… como si el peso de su corona le fuera indiferente.

  —Esa pulsera que llevas… —dijo con voz baja, pero cortante —?Está hecha con acero frío?

  Las palabras cayeron como cuchillas de hielo. El ambiente se tensó hasta el límite. Xander, de pie junto a él, giró lentamente el rostro hacia Cáliban, escudri?ándolo con atención. Sin embargo, el joven seguía igual de sereno, como si no percibiera el abismo que se abría a sus pies. Catherine, por el contrario, no logró contener el temblor que recorrió su cuerpo. Por más que intentaba ocultarlo, sus piernas apenas la sostenían.

  Desde la galería del segundo piso, Juliana, Randa, Edmund, Elizabeth, Astrid y Liviana observaban con atención contenida. Todos conocían bien la reputación de la reina, y algunos incluso habían tenido el infortunio de tratar directamente con ella. Más allá, Nhun, Reinhard, Joseph y Dimerian seguían la escena con ojos atentos, aunque no podían ocultar la inquietud. Confiaban en el juicio de su líder… pero ?Podría siquiera él mantenerse firme ante una presencia como la de la Reina del Hielo?

  Nadie tenía una respuesta clara. Nadie, excepto Aurelia.

  La princesa se incorporó del suelo con lentitud. Su voz rompió el silencio como una cuchilla de plata. Este era el momento de actuar, con la presencia de su madre, el símbolo del poder real y la nobleza. Ya no tenía nada que temer.

  —Tiene razón, madre… esa pulsera fue forjada con el acero que le proporcionamos a Bardrim.

  —?Tú! —bramó el herrero con furia contenida —??Quién te dijo eso?!

  Aurelia sonrió, orgullosa, como si cada palabra que pronunciara tuviera la fuerza de un desafío directo.

  —Investigué la desaparición de ciertos lotes de suministro. Seguí los registros, crucé fechas, y descubrí que el acero faltante fue destinado a un artículo muy específico… una pulsera. No pude confirmarlo… hasta que vi a este joven entrar con ella en la mu?eca. La misma que aparecía en los libros de forja.

  Cáliban entrecerró los ojos. Miró a Bardrim de reojo y preguntó con calma:

  —?Libro de registros?

  El herrero frunció el ce?o en una gesto mezcla de rabia y frustración.

  —Sí. Cada pieza forjada en mi tienda queda registrada con un número de serie y una descripción detallada. No te lo mencioné porque pensé que era irrelevante. Jamás imaginé que ella tendría acceso a esos libros. Son muy pocos los autorizados a verlos. Me pregunto quién fue la rata que te permitió husmear en ellos…

  Aurelia soltó una leve carcajada, elegante, sin perder en ningún momento la compostura.

  —No es necesario que investigues, maestro Bardrim… Como miembro de la sangre real de los Winters, es natural que tenga mis propios métodos.

  La reina, aún sentada en su trono, entornó los ojos. Su voz emergió cargada de una ira contenida, como lava bajo una capa de hielo.

  —?Eso es cierto?

  Bardrim se rascó la barba con fuerza, maldiciendo su suerte. El peso del juicio real le aplastaba el alma. Ya no podía ocultarlo más.

  —Sí… Digamos que surgió una situación de vida o muerte. No tuve más opción que venderle el material a este muchacho. De lo contrario...

  —Eso no importa. —interrumpió la reina, tajante, con esa frialdad suya que convertía la atmósfera en cristal quebradizo —Los materiales que te confié no eran para dárselos a cualquiera…

  En medio de aquella tormenta, Cáliban alzó la voz, con un matiz de indignación.

  —?Aun sabiendo que había vidas inocentes en juego?

  La reina lo miró, y lo que respondió no fue un argumento: fue una sentencia.

  —?Por qué debería preocuparme por la vida de los demás? Ninguna vida tiene el valor de mis joyas.

  El silencio que siguió fue espeso, casi sólido. Cáliban bajó la mirada, pero no por sumisión. Estaba calculando. Dentro de su mente se tejía ya un nuevo rumbo, una nueva estrategia. Bardrim lo notó. No necesitaba ver su rostro para sentir el calor de la furia que se contenía tras sus ojos.

  Y antes de que esa ira se desbordara, el herrero se adelantó. Tenía que apagar ese fuego antes de que alguien terminara calcinado.

  —Eh… Mira, sea como sea, el pago por el material está aquí. Esta joya es única. Fue forjada con todo el esmero posible. ?Por qué no la aceptas y cerramos este asunto de una vez?

  Por un instante, un atisbo de esperanza floreció en el corazón de Bardrim. Pero olvidó ante quién hablaba.

  La reina del Hielo entrecerró los ojos, y una mueca de desprecio curvó sus labios pálidos.

  —Primero me mientes… luego me traes este pedazo de porquería mal hecha, y ?Esperas que lo acepte como si nada?... No.

  Su voz se volvió como una daga bajo cero.

  —Ahora quiero cuatro piezas de joyería. Cada una debe ser tan exquisita como esta… o mejor. Si no las tengo en el plazo que yo determine, Duvengard puede ir despidiéndose de las minas gélidas… para siempre.

  Bardrim apretó los pu?os con fuerza. Habían sido días enteros sin descanso, sin una hora de sue?o verdadero. Cada pulgada de esos pendientes había sido forjada entre el dolor y la extenuación. Y ahora… una vez más, era rechazado. Su ira subía como vapor atrapado en una caldera a punto de estallar.

  Su mirada se cruzó con la de Aurelia, cuya sonrisa siseante se expandía con una satisfacción venenosa. La reina, por su parte, permanecía inmóvil en su trono, sin una pizca de compasión, sin intención alguna de cambiar de parecer.

  Justo cuando Bardrim estaba a punto de explotar, algo lo detuvo. Recordó quién estaba a su lado. Recordó su última carta. Se inclinó ligeramente y murmuró con voz baja y tensa:

  —Oye… esto es culpa tuya. ?No vas a hacer algo?

  Cáliban alzó una ceja, sin perder la compostura.

  —?Estás seguro de que quieres que intervenga?

  —Esto me está volviendo loco… Haz algo, y te lo recompensaré.

  —Bueno… —dijo con una sonrisa torcida —En ese caso, sígueme la corriente. En todo lo que diga.

  La reina, desde su trono, observaba la conversación silenciosa entre ambos. Sus ojos se entrecerraron, no por molestia, sino por genuina curiosidad.

  ?Bardrim nunca ha escuchado a nadie… y ahora está atento a este joven. ?Quién demonios es él??

  Entonces, Cáliban se levantó. Su andar era tranquilo, como el de alguien que no temía al frío, ni a la muerte. Caminó hasta situarse frente a la pantalla de cristal. Aurelia lo observó con renovada alegría, convencida de haber ganado. En su mente, ya comenzaban a sumarse los beneficios políticos para su linaje. Nadie, en su sano juicio, se enfrentaría a la Bruja del Norte.

  Pero, por desgracia para ella, ese no era un juicio sano. Y era Cáliban quien tenía la palabra.

  —Reina de Kindratt… —comenzó con voz clara —Tras conversar sobre la situación, hemos llegado a una conclusión…

  La reina se acomodó con elegancia, recostándose sobre un brazo con los ojos cerrados, como si esperara escuchar lo evidente. Cáliban, sin embargo, dejó ver una sonrisa franca, peligrosa, y genuina. Joseph, al verlo, sintió un escalofrío recorrerle la columna.

  —Oye, Reinhard… —murmuró —Creo que necesitaremos ropa de invierno para el próximo a?o…

  —?Por qué lo dices?

  Cáliban respiro hondo. Un silencio total se apoderó de la sala. En el segundo piso, Edmund se llevaba una mano al rostro, preguntándose en qué punto exacto todo se había salido de control.

  Y entonces llegó la respuesta.

  —Por favor… váyase a la mierda.

  Click.

  Cáliban presionó el botón de la caja, finalizando la comunicación con un gesto sereno. Luego regresó a su asiento, sin mostrar la más mínima alteración. La sala quedó en silencio. Aurelia, por primera vez, se quedó sin palabras. Catherine, superada por el peso del momento, se desmayó apenas oyó las últimas palabras del joven. Xander y Adelina intercambiaron una mirada breve, como si ya supieran que todo terminaría así, tarde o temprano.

  En medio del mutismo, Bardrim tomó papel y pluma, y comenzó a escribir con movimientos decididos.

  —?Qué haces? —preguntó Adelina, arqueando una ceja.

  —Oh… —respondió Bardrim sin levantar la vista —Le escribo al rey de Duvengard. Le diré que compre todo el acero frío del mercado… y que retire a nuestros mercaderes de Kindratt. Eso… si la reina no los ha despellejado vivos para entonces.

  Aurelia reaccionó con un grito histérico y se abalanzó contra Cáliban.

  —??Cómo te atreves a hablarle así a la reina?! ?Guardias! ?MáTENLO!

  La princesa extendió los brazos y una ráfaga de energía helada cubrió el ambiente. Su espíritu guardián emergió. Un majestuoso búho gigante, de alas extensas y ojos gélidos, invadió la sala con un frío que calaba hasta los huesos. Los guardias invocaron también sus espíritus. Un oso de pelaje blanco como la escarcha y un lobo de ojos inyectados en poder ancestral. Las tres bestias espirituales se lanzaron sobre Cáliban con furia desatada.

  Pero ninguno de ellos pudo moverse.

  Aurelia miró, desconcertada. Su búho titubeaba. Sus plumas se erizaban, como si un temor antiguo lo dominara. El oso bajó la cabeza, gimiendo, mientras el lobo retrocedía paso a paso, con los colmillos temblorosos.

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  ??Qué sucede? ?Por qué no se mueven??

  ?Aurelia… corre…? —susurró su guardián en su mente —??Corre ahora!?

  El búho lo veía con claridad. Detrás de Cáliban, una energía oscura y colosal tomaba forma. Una figura se erguía desde su sombra, tan gigantesca como aterradora. Un caballero de armadura negra, de mirada incandescente y aura de muerte, los observaba. No con ira, sino con juicio. Como un ejecutor que no conoce el perdón.

  Cáliban alzó una mano. De su sombra brotó el caballero oscuro con espada en mano. Con un solo trazo horizontal, veloz y preciso, partió el hielo espiritual que los rodeaba. Los espíritus guardianes se desvanecieron con un chillido etéreo.

  Los guardias apenas tuvieron tiempo de entender lo que había pasado. Adelina y Xander ya se habían movido. Con rapidez, redujeron a los soldados antes de que pudieran siquiera volver a invocar su poder.

  Aurelia quedó de pie, paralizada. Su espíritu desapareció. Sus rodillas temblaban. No comprendía. No entendía qué había sucedido. No sabía quién era realmente aquel joven al que acababa de intentar matar.

  —?Espíritu...? —susurró Aurelia, sin aliento —?Un gólem? ?Eso no es posible! ??Puedes usar las tres energías?!

  Esta vez, Cáliban actuó sin contención. En menos de un segundo apareció frente a ella. Su mano, envuelta en llamas vivas, impactó contra el mentón de Aurelia con brutal precisión, elevándola del suelo por unos instantes.

  —Te gusta jugar con el hielo negro... Veamos qué se siente ser consumida por el fuego.

  Sin compasión alguna, Cáliban la sujetó con ambas manos y canalizó su aura ígnea directamente hacia su rostro. Las llamas se concentraron con una intensidad aterradora.

  —?Detente! ??Esto arde!! —gritó Aurelia, retorciéndose en su dolor invisible.

  —Sí, arde… duele. ?Pero qué le vamos a hacer? Este… —dijo con voz gélida, mirándola fijamente —es el destino de los débiles. ?No es así?

  Las llamas lo envolvieron todo. Un mar rojo abrazó el cuerpo de Aurelia, consumiéndola sin tocar su carne. El fuego no dejaba huellas visibles, pero el sufrimiento era real. Similia observaba la escena con una mezcla de asco y resignación.

  —Ese bastardo sigue siendo un sádico…

  —Deberías estar agradecida. —replicó Joseph, cruzado de brazos —Está vengando a tu amiga.

  —No lo entiendes. Esto solo las enfurecerá aún más… cuando Catherine regrese a casa, es probable que se desquiten con ella.

  Joseph guardó silencio. No tenía cómo rebatir aquello. Hizo una mueca leve, aceptando la amarga verdad.

  Aurelia cayó al suelo como un saco vacío. Su cuerpo no presentaba quemaduras, pero el dolor era tan real que empezó a convulsionar. Sus labios temblaban y sus ojos desorbitados no podían enfocarse. Cáliban, sin pesta?ear, sacó unas cadenas imbuidas con su energía y la ató con firmeza. Luego la arrastró hacia donde se encontraban Kylios y las gemelas, como si fuera un simple prisionero más.

  —Vaya, pobres idiotas… —murmuró Nhun con una sonrisa triunfal.

  Desde lo alto, Juliana giró hacia Randa con un aire orgulloso. La general, sin embargo, soltó un gru?ido leve, sin apartar la mirada.

  —No cantes victoria tan rápido, ni?a. Tu amigo acaba de hacerse enemigo de una fuerza que no conoce piedad. Temo que no vivirá mucho tiempo.

  Juliana sonrió con serenidad y los ojos brillando de convicción.

  —No lo sé… Nuestro líder siempre encuentra una manera.

  Randa soltó un suspiro pesado. Sabía que no lograría hacerla cambiar de parecer. Pero la inquietud no desaparecía de su pecho. No cuando la Reina del Hielo era quien estaba en el otro extremo de esta historia.

  Cáliban se sentó de nuevo con tranquilidad, tomando un sorbo de té de su taza como si nada hubiese ocurrido. A su lado, Bardrim soltó un largo suspiro, la fatiga marcó cada línea de su rostro.

  —?Esto era lo que tenías planeado hacer desde el principio?

  —No te preocupes. Volverá a buscarnos.

  —?La acabas de insultar! ?Por qué demonios crees que volvería a-

  El tintineo metálico de la caja interrumpió sus palabras. La piedra de comunicación vibró levemente.

  Al otro lado del continente, en la helada y resplandeciente sala del trono, la Reina del Hielo exhalaba una intención asesina tan densa que la temperatura descendió varios grados.

  —?Conecten la comunicación! ?Ahora mismo!

  —?S-sí, sí, mi se?ora! ?Estoy en ello!

  La imagen se restauró con un destello. Allí, proyectado con nitidez, estaba el mismo joven. Sentado, calmado y sosteniendo su taza de té con elegancia insultante. Aquella paz desquiciaba a la reina más que cualquier afrenta directa.

  —Tú… ?Comprendes lo que acabas de hacer?

  —Pensé que había sido claro. Te sugerí que te fueras al infierno. ?Por qué llamas de nuevo?

  —?Maldito seas! ?Aurelia, ejecútalo ahora mismo!

  —Oh… me temo que eso será un problema.

  Cáliban giró la caja para mostrar una escena que congeló la sala. Aurelia, su hija, yacía encadenada en una esquina, con su cuerpo tembloroso y el rostro marcado por el fuego invisible. Era como un costal abandonado, sin fuerza ni voluntad.

  —En fin… como decía, puedes continuar tu camino hacia las profundidades más miserables del infierno, copo de nieve… Así que-

  —Escúchame bien, ni?o. —interrumpió la reina, su voz bajó como el susurro del viento entre cuchillas —Te estás metiendo con fuerzas que no puedes comprender…

  Cáliban bajó la taza, la dejó con cuidado sobre la mesa y, por primera vez desde que empezó todo, sonrió con sinceridad. No había burla en su expresión. Solo certeza.

  —?Aún te quedan fuerzas para amenazar, copo de nieve?

  El silencio que siguió fue absoluto. Como la calma que precede a una tormenta devastadora.

  La reina frunció el ce?o, incapaz de comprender del todo las palabras de aquel joven. Pero no se inmutó. Para ella, no era más que un ni?o jugando con fuego, sin entender el tama?o de las sombras que había despertado.

  —?De qué hablas? —preguntó, con desdén —Maestro Bardrim, ?Es este el joven en el que has depositado tanta confianza?

  Bardrim endureció el gesto, pero antes de que pudiera responder, fue Cáliban quien tomó la palabra una vez más.

  —Sabes… estuve revisando la lista que le entregaste a Bardrim. Y encontré algo… interesante. “Conexión estable”. “Encantamientos transmisores para núcleos de energía”. “Material anticorrosivo”. Pero lo que más me llamó la atención fue… el “Enlace espiritual”.

  La reina lo miró con desdén, como a un alumno que no entiende una lección básica.

  —Sí, bueno… no creo que lo entiendas. El enlace espiritual es un encantamiento de manejo que permite establecer una conexión óptima con el espíritu guardián. Por supuesto… es algo demasiado avanzado para alguien de tu nivel.

  Cáliban soltó una carcajada seca y sonora, que resonó en la sala como un trueno. No esperó respuesta; simplemente se rió de ella.

  —?Conexión espiritual? ?Ja! Imagino que esa explicación funciona con los nobles y técnicos cabeza hueca que se tragan cualquier cosa que les digas…

  Su mirada cambió. Una frialdad carmesí iluminó sus ojos, como brasas encendidas en medio de una tormenta de nieve.

  —Pero no lo olvides, bruja… yo no soy tu súbdito.

  Sin dejar de mirarla, extendió la mano hacia la caja donde estaban los pendientes. Canalizó su energía y tocó el encantamiento con una precisión que ningún técnico habría podido lograr. Los pendientes reaccionaron de inmediato, reconocieron a Cáliban como su verdadero due?o.

  Entonces, un frío atroz barrió la sala. Un viento glacial, antinatural, se apoderó del lugar. Incluso aquellos con grandes reservas de poder comenzaron a temblar levemente.

  —H-hace frío… —murmuró Reinhard, estremeciéndose.

  Juliana se recostó contra la armadura forrada en piel de Randa, buscando calor.

  —Ah… siento que se me congelan los pechos…

  —Te falta entrenamiento. —respondió Randa con indiferencia, sin moverse.

  —Discúlpame si no salto desnuda a un lago congelado cada ma?ana…

  Liviana, con reflejos rápidos, envolvió a Astrid con su capa para protegerla. Los dientes de la joven casta?eteaban sin control. De forma inesperada, Edmund y Elizabeth parecían estar perfectamente bien. El frío no parecía afectarlos.

  —?Cómo es que a ustedes no les afecta? —preguntó Juliana, envuelta hasta el cuello en la áspera capa de piel de Randa, con los labios ya azulados por el frío.

  —Nuestra raza regula la temperatura de forma natural… —respondió Elizabeth con calma, mientras una peque?a nube de vaho escapaba de su boca al hablar.

  Edmund se quitó el saco sin decir palabra. Lo colocó con delicadeza sobre los hombros de Elizabeth.

  —Aun así, debería cuidar su piel, se?orita… El frío no perdona, ni siquiera a los resistentes.

  Cáliban, en silencio, llevó sus dedos a los pendientes que colgaban de sus orejas. Con un leve giro, los desactivó. La escarcha que cubría las paredes comenzó a derretirse, y el aliento helado que habitaba la sala desapareció en un suspiro.

  —Estos pendientes son más que simples adornos… —dijo, rompiendo el silencio con voz grave —Separados, son útiles. Pero juntos… forman un efecto amplificador. Un simple cuarto rango como yo puede, por momentos, tocar el dominio de la magia espiritual del séptimo… incluso del octavo orden. Imaginen lo que haría alguien más poderoso...

  La reina, hasta entonces estaba reclinada entre almohadones de terciopelo, se irguió con brusquedad. Sus ojos, fríos como el acero, se clavaron en Cáliban como dagas.

  —?Qué insinúas?

  —Una apuesta… —respondió él, con una sonrisa que no alcanzaba los ojos —?Por qué una reina, en la cima del poder del continente, necesitaría un efecto amplificador? ?Es para la guerra? ?Contra un enemigo oculto… o tal vez… para ocultar algo?

  —??Ocultar qué?! —exclamó la reina, con una risa que no logró borrar la tensión de su rostro —?Por qué habría de esconderme?

  —Porque has perdido la conexión con tu espíritu…

  El aire se volvió denso. Ningún guardia se movió, nadie respiraba. Solo la reina, inmutable, se mantuvo erguida, como si nada de lo dicho la afectara.

  —Sabes… tu frialdad infinita me confirma lo que sospecho. —prosiguió Cáliban —Pensé que estallarías en furia al ver a tu hija golpeada, quemada y arrinconada como un perro callejero… pero no. Permaneciste como una estatua. ?Es que ocultas tus emociones tan bien? No lo creo. Cualquiera mostraría al menos un temblor, un gesto mínimo, al ver sufrir a alguien amado… salvo que ya no puedas sentir nada… salvo que hayas perdido la capacidad de amar.

  —?Y eso qué prueba? —intervino Bardrim, con un tono tenso —Siempre ha sido así. Siempre ha sido fría…

  —Puede ser… pero no con esa magnitud —respondió Cáliban —Uno de los síntomas de la desconexión con el espíritu es la retención emocional. Un espíritu no solo comparte parte de nuestro poder… también comparte nuestra conciencia. Perder ese vínculo es como perder una parte de ti mismo.

  La reina rió con suavidad, una risa hueca, carente de calidez.

  —?Eso es todo lo que tienes? ?Teorías arrancadas de libros malinterpretados? ?Cuentos para asustar aprendices?

  —Como dije… es una apuesta. —Cáliban se encogió de hombros, con una sonrisa ambigua —Yo no tengo nada que perder. Pero tú… tú eres una reina con poder, aliados… y enemigos. Con tu temperamento, estoy seguro de que tienes muchos. Bastaría con un simple rumor, una chispa en medio de tu corte de hielo, para desatar un incendio que no podrías controlar.

  Se inclinó ligeramente hacia adelante, sin quitarle los ojos de encima.

  —Si fuera mentira, podrías desmentirlo fácilmente. Pero si es verdad… si finges estar aún en la cima mientras ocultas que has perdido tu espíritu… entonces la situación cambia. Un espíritu representa al menos un tercio del poder de un mago espiritual. Y si solo tenías solo uno, que no me sorprendería con tu carácter, eso te deja con apenas dos tercios de tu fuerza. ?Qué te queda entonces? ?Noveno orden? ?Décimo? ?Quizás menos?

  La sala se volvió más silenciosa aún, si eso era posible.

  —Con ese nivel… no podrías defenderte. No de las dagas invisibles. No de los asesinos que aguardan cada noche detrás de tus muros… esperando que bajes la guardia.

  Cáliban avanzó con lentitud. Cada paso que daba hacia la reina resonaba como un tambor de guerra. Su mirada, más gélida que cualquier invierno, parecía perforar la coraza invisible de la soberana.

  —Una vez más… es una apuesta. ?Te atreves a jugar conmigo? ?Estás preparada para sobrevivir a los cuchillos nocturnos? ?O acaso estoy equivocado? ?Cuál es la verdad?

  La reina echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada que hizo eco por toda la cámara.

  —?Y pensar que creí que dirías algo interesante! ?Y resulta que todo se reduce a un "quizás"! —se volvió hacia Bardrim, fulminándolo con la mirada —?De verdad depositaste tu confianza en alguien así? ?Lo que acabas de escuchar es una ridicu-!

  Click.

  El sonido seco del botón, seguido del zumbido de la pantalla al apagarse, rompió la tensión como un hacha sobre el hielo. Nhun, sin levantar la mirada, comenzó a escribir sin cesar en una hoja que tenía guardada en su ropa.

  —?Qué estás haciendo? —preguntó Dimerian, sin disimular su inquietud.

  —Oh, solo a?ado un peque?o recordatorio… —respondió Nhun, sin levantar la vista —Buscar materiales para sobrevivir a los largos inviernos. Cuando esa bruja llene este lugar de témpanos, voy a necesitarlos.

  —Yo también quiero algunos. —a?adió Reinhard, acercándose con una sonrisa relajada.

  —Y yo. —dijo Dimerian, cruzando los brazos con gesto serio —Agrégame unas raciones, y si puedes, algo que no sepa a cartón helado.

  —?Eh! ?No se olviden de mí! —rugió Juliana desde el fondo, alzando una mano envuelta en su manta.

  —Supongo que también debería traer abrigos. —comentó Astrid, con fingida indiferencia mientras miraba de reojo a Liviana.

  —Mi se?ora… ?Por qué no regresa a casa? —suplicó Liviana, dando un paso al frente —Este lugar puede volverse aún más peligroso si la cólera de la Bruja del Norte se desata aquí…

  —?No! —replicó Astrid, cruzando los brazos con una mezcla de obstinación y rabia —Prefiero que se me congelen los pies y morir de hipotermia antes que regresar con mi padre.

  Elizabeth soltó una carcajada, contagiada por lo absurdo de la escena. Las tonterías de sus compa?eros le daban un calor que ni la magia ni las mantas podían ofrecer.

  —Se?orita… —murmuró Edmund, en voz baja, acercándose a ella —No subestime la furia de la Reina de las Nieves. Esa mujer… es capaz de cometer una estupidez solo por venganza.

  —Lo sé. —respondió Elizabeth con serenidad —Pero confío en el líder. Sé que él podrá resolverlo.

  Edmund se acarició la barba, desconcertado por la seguridad en sus palabras. Su mirada se desvió hacia Cáliban, que, al otro lado de la sala, discutía con Similia y Argos, aparentemente sin prestarle atención al caos creciente.

  ?Solo espero que no sea como la última vez…? —pensó con inquietud.

  —?Debes disculparte! ?Ahora! —gru?ó Argos, mostrando los dientes en un gesto feroz.

  —Guarda esos colmillos, Argos. —le advirtió Cáliban con una sonrisa torcida —O haré que te los comas… igual que tu hermano.

  —?Cáliban! —exclamó Similia, interponiéndose rápidamente —Argos tiene razón. Si haces enojar a la reina de Kindratt, todos vamos a pagar las consecuencias. Incluso si tenemos el apoyo de otros reinos… eso no evitará que cometa una locura.

  —Cálmate, orejitas… —Cáliban levantó las manos, como si quisiera apaciguarla —Todo está bien. Es solo que...

  El sonido pesado de las puertas interrumpió la discusión. Todos se giraron al mismo tiempo. Una figura cruzó la sala a toda velocidad, ignorando las miradas, y se lanzó directamente hacia Cáliban.

  Lo envolvió con sus brazos, apretándolo con una fuerza que parecía brotar de la desesperación más profunda.

  —?Cáliban! ?Estás bien! ?Me alegra tanto verte! —exclamó Valeria, fundiéndose en un abrazo que parecía querer reconstruir los días perdidos.

  Mientras la sostenía, Cáliban giró la cabeza hacia sus dos guardias, frunciendo el ce?o.

  —Ustedes… ?Por qué no la detuvieron?

  —Jamás detendría a alguien que busca reencontrarse con su familia. —respondió Xander, esbozando una sonrisa satisfecha, como si disfrutara cada segundo del momento.

  —Esa mujer me puede mandar a volar de un solo golpe… —murmuró Adelina, alzando apenas una ceja.

  Loana dio un paso al frente, ajustándose las gafas con un gesto solemne.

  —Lo siento, Cáliban… Te vi pasar por el distrito Hilloy. Tuve que avisarle a mi maestra de inmediato. Ella se alegró mucho al saber que estabas bien…

  Mientras Madame Lothrim besaba con ternura la mejilla de Cáliban, los ojos de Similia y Argos se abrieron como dos grandes lunas. La incredulidad se apoderó de sus rostros.

  —Ma… ma… ?Madame Lothrim? —tartamudeó Similia, con la voz quebrada por el asombro.

  —?Una de los Tres Sabios? —susurró Argos, casi sin aire.

  —Oye, bruja. —espetó Bardrim desde el fondo —Estamos en medio de algo. Vete de aquí.

  —Viejo gru?ón… —replicó Madame con desdén —?Qué es tan urgente como para interrumpir la reunión de esta anciana?

  Cáliban apartó los brazos de Valeria con suavidad y volvió a sentarse, cruzando las piernas.

  —El maestro Bardrim tiene razón. En este momento, estoy en medio de una amenaza de muerte…

  —??Amenaza de muerte?! —saltó Madame Lothrim, alzando la voz con furia maternal —??Quién osa amenazarte?!

  Solo Bardrim y Xander comprendían por completo el peligro que implicaban esas palabras. El resto, paralizado por el peso de la presencia de Lothrim, no atinaba a reaccionar.

  ??No solo llamó la atención de Lord Hilloy! ?Ahora también la de Madame Lothrim! ?Esto es imposible!? —pensaba Similia, viendo incrédula a Cáliban, incapaz de aceptar lo evidente.

  En el trono de hielo, al otro lado del canal de comunicación, el salón entero temblaba. Un rugido apenas contenido emergió de la garganta de la Reina de Hielo, provocando que sus sirvientes huyeran en estampida. Solo su doncella personal permanecía a su lado, maldiciendo por dentro su mala suerte.

  —?Establece la comunicación! —gritó la reina, fuera de sí.

  —?S… sí, mi se?ora! ?Enseguida!

  La pantalla mágica parpadeó entre brumas de maná hasta que lentamente comenzó a revelar la imagen de la sala del otro lado.

  —?Voy a matarte, mocoso engreído! ?Haré que tú y toda tu familia se congelen en una tormenta mientras los devoran lobos salvajes! ?Voy a-!

  Su voz se quebró en seco al ver la escena completa.

  Allí, sentada junto a Cáliban con porte regio y una expresión tan firme como el mármol, se encontraba Madame Lothrim. La mujer no necesitó alzar la voz. Su mirada bastó.

  —Ma… ?Maestra? —balbuceó la reina, retrocediendo ligeramente.

  —Discípula mía… —dijo Madame Lothrim, con una sonrisa tan falsa como cruel —Me alegra volver a verte.

  Sus ojos, sin embargo, eran dagas de hielo puro cargadas de desprecio.

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