02/octubre/1992
La luna se alzaba sobre los jardines, no de un castillo. Un palacio colosal a las afueras de la ciudad de Nueva Rosita. Una mansión tan obscenamente majestuosa que podría haber salido del bolsillo mugriento de cualquier político corrupto. Sus muros blancos de mármol resplandecían bajo el cielo nocturno, como si la belleza de aquel lugar pudiera tapar la podredumbre que latía dentro.
Las puertas delanteras se abrieron con coreografía precisa, sostenidas por dos mayordomos de guante blanco. Por la entrada principal se deslizó una caravana de dos blindados, en medio una limusina que parecía un féretro de lujo.
Desde el asiento del copiloto descendió un hombre trajeado, tan impecable y letal como un Yeins Bond. Caminó hacia la puerta trasera y la abrió con reverencia.
De allí emergió él.
ANTONIO AURELIUS.
Medallas relucientes colgaban como trofeos sobre su pecho, glorias pasadas. Su uniforme de gala crujía con elegancia. Medía 1.90m, pero su presencia era aún más grande que su estatura. Un cinquecento con el cabello negro ya canoso pintado para ocultar su edad, cortado al ras con disciplina, y un bigote dorado tan perfectamente esculpido que no querer comértelo seria un pecado.
En la guerra fría fue cazado por agentes Cubanos. Fue el azote de los soviéticos en México, el látigo de los pobres, enemigo declarado de todo lo que oliera a rojo, a hambre, o a indígena. Nacido en México, si… pero con sangre francesa, y no dejaba que nadie lo olvidara. Era un hombre que no creía en las fronteras —solo en la sangre y el poder.
A unos cuantos metros lo esperaba el alcalde de la ciudad. Un hombrecillo bajo, sudoroso, con calvicie prematura y dignidad 0. Sus manos temblaban como gelatina barata mientras trataba de contener el temblor del miedo. En cuanto divisó al general se apresuró a recibirlo con una reverencia torpe, cual perro esperando que no lo pateen.
—?Mayor Aurelius! Qué felicidad tenerlo aquí con nosotros —su voz empapada en baba, sonriendo como si se le fuera la vida en ello.
Antonio lo observó en silencio. Despreciaba su piel, su estatura, su gordura, su existencia mediocre. Para él, ese hombre no era más que un gusano. Un error genético que ocupaba espacio en un mundo que debía ser gobernado por la sangre fuerte, pero claro, alguien tenía que encargarse de estos pozos sépticos en este país de mierda, y si alguien tenía que ensuciarse los guantes, él lo haría con tal de que la nobleza no pisara fango.
—Bonjour, alcalde —dijo con frialdad cortante. Cada palabra con un silbido afrancesado.
El alcalde se inclinó varias veces, casi tropezando con sus propias palabras. —Pase, por favor… nuestro… nuestro—vaciló. Quiso decir amigo, pero se tragó la palabra. Sabía que si la decía, Aurelius le rompería algo. —Nuestro contacto ha llegado. Ya está esperando — remato, bajando la mirada.
Antes de que pudieran dar un paso, una voz suave y cristalina emergió desde la limusina.
—Père… —una dulce melodía que perforó el silencio como una gota de miel cayendo sobre un diamante.
Entonces descendió del vehículo con la gracia de una criatura celestial, ahora con 21 a?os, un pie desnudo en sandalia de satén tocó el suelo como si no quisiera ensuciarse y fue como si el mundo de pronto se arrodillara.
ELISSE AURELIUS.
Su rostro ahora tenía la delicadeza de una virgen renacentista.
Un mechón de cabello amarillo neón caía como un rayo sobre su frente. Su piel era blanca como leche recién orde?ada, tan suave y luminosa que parecía prohibida. Los labios, rojos por naturaleza, se curvaron en una sonrisa.
Medía un metro setenta. Su silueta era un reloj tallado en seda lila, envuelta en un vestido que flotaba como humo caro y sus pasos… ah, sus pasos eran una danza muda. Como si cada pisada fuera parte de un ritual sagrado.
Detrás de ella bajó, sin el dramatismo de su hermana, pero con una belleza fría que no necesitaba adornos.
LOUIS AURELIUS.
Veintisiete a?os, el hijo del león.
Su porte era el de un modelo sacado de una portada de perfumes importados, pero sus ojos… sus ojos estaban rotos. Apagados. Un gris ahogado por melancolía.
Llevaba la disciplina militar en la columna vertebral, pero no por voluntad. Era evidente que alguien lo había vestido con esa actitud. Alguien se la impuso como castigo.
—?Este es el lugar donde nos quedaremos…? —Elisse miraba alrededor.
—Sí — respondió Antonio, sin siquiera girarse.
Elisse miró la fachada con una mueca contenida, como quien ve un cadáver maquillado.
—Se ve muy… humilde —susurró con desdén, y soltó un suspiro.
El alcalde, que apenas podía respirar ante tanta presencia, se apresuró a justificar su existencia.
—Mis más sinceras disculpas, se?orita… Es todo lo que este humilde servidor puede ofrecerles.
Pero ninguno de los dos le respondió. Solo caminaron, indiferentes.
Se internaron en la mansión sin mirar atrás. Los choferes empezaron a bajar el equipaje en silencio, acostumbrados a servir sin recibir una sílaba.
El alcalde tragó el insulto con una mueca torcida. La grosería le caló hondo, como un golpe invisible en el estómago.
Se giró hacia el mayor Aurelius, desesperado por volver a sentirse útil.
—Por favor.. venga conmigo, se?or —dijo, con un nudo en la garganta.
Antonio no respondió. Solo le siguió.
El alcalde abrió la pesada puerta del despacho.
La expresión de Antonio cambió como un relámpago: de su habitual frialdad marmórea a una sonrisa.
Ahí estaba un hombre caucásico, alto, elegante, sonrisa de comercial, sentado con total desparpajo en la silla del alcalde, como si fuera due?o.
—Mr. Antonio. —saludó, con una sonrisa.
El hombre se levantó, extendiendo la mano con firmeza. —Es un gusto volver a verlo, Mr. Antonio.
Antonio limpió la silla con un trapo doblado que sacó del bolsillo de su saco, como si se negara a sentarse sobre algo manchado por sudor ajeno, y luego se acomodó con elegancia.
—Lo mismo digo, comandante —Se cruzó de piernas con calma. — ?Por qué aquí? Pude haber ido a su país sin problemas. Al menos a un sitio menos… rural.
El alcalde, arrinconado al fondo como un mueble olvidado, se removió incómodo ante la pu?alada verbal.
—Sí, es cierto… pero vamos, míster —el norteamericano ignoró la incomodidad ajena. —Me hacía falta respirar un poco de aire fresco.
Comenzó a caminar por el despacho, observando las figuritas de soldados sobre el escritorio del alcalde. Las levantaba con los dedos, como si evaluara. —Bueno, General Brigadier —se detuvo frente a una de las vitrinas. —Como usted sabrá, los Estados Unidos están teniendo problemas serios.
—He oído sobre la agitación que está intentando Andras en Texas.
—Claro, pero lo que no le cuentan es que esa misma gente… esos agitadores, están metiendo la mano aquí. Me entiende ?no? Ese es el verdadero problema, míster. —Sacó un sobre lacrado y se lo entregó. —Información suministrada por alguien muy noble y muy bien posicionado — torció la sonrisa.
Antonio lo abrió y lo leyó en silencio. Luego habló sin levantar la voz.
—Sí… estoy al tanto de estos rojillos. Y de esta tal Selenia pero, no hay indicios reales de que ella esté trabajando con Andras, son un grupo de los tantos que hay en el norte. Ella solo ha ganado notoriedad por ser amiga de Mateo Casta?eda. Sabemos que pertenece al llamado “los 3 de Coahuila” pero hasta ahora solo hemos identificado a un tal Christian López. Del otro se desconoce por completo su identidad.
—Mire, míster Antonio, —le interrumpió el yankee, ya impaciente.—Ahora tienen un problema más grande. —Se inclinó un poco sobre la mesa, encendió un puro grueso y habló entre bocanadas.
—El presidente está empezando a considerar medidas… muy fuertes contra Andras por sus intenciones en Texas. Usted, y los suyos —los militares mexicanos— van a tener que ayudarnos distrayendo a los Texanos. Es inevitable un enfrentamiento contra este estado secesionista, pero Estados Unidos ya sabe que Andras no nos atacará por ahí, sino por el norte, por Canadá. Texas es solo una forma de dividirnos el frente. Y ustedes son nuestra carta contra esta jugarreta de él. —Antonio seguía en silencio. Firme, como piedra. —Ya me reuní con otros generales de su país, ya que Motari sigue jugando a dialogar con Andras y tenemos sospechas que, esta intentando que México forme parte de este nuevo mundo que el rey de reyes intenta construir. Ya dieron el visto bueno. Solo falta you.
Antonio lo miró fijo. Entonces hablo. —?Quiere que haga lo mismo que hicimos hace unas décadas en Nicaragua. ?No?
El gringo sonrió. —Exacto. Ahora me está entendiendo. Tiene que limpiar este terreno primero. Barrerlo. Necesitamos que ustedes preparen el tablero para que nosotros podamos ocuparnos de los europeos sin distracciones. Sé que usted es de familia francés, mon ami, pero supongo que lo que le pase a los Estados Unidos… le importa más que a sus raíces, ?verdad?
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El silencio pesado se instaló, ambos se quedaron quietos. Antonio no parpadeó. Solo asintió. —Claro.
El comandante sonrió satisfecho. Se recostó en la silla y levantó un mu?eco de soldado del escritorio. —Eso es lo que quería oír, míster.
Motari ha estado renuente, pero esperemos que ustedes, ?cómo dicen aquí? Los hombres con verdaderos huevos, sepan comportarse como unos verdaderos chingones. Hemos hablado con la se?orita Lucy Purnell para poder enviar suficiente equipo militar en el transcurso de este a?o. Ella se pondrá en contacto con ustedes lo más pronto posible. —Dejó el mu?eco sobre la mesa —Logre esto, míster Antonio… y yo mismo me encargaré de que nuestro presidente le devuelva el favor. El verdadero líder del mundo. No ese idiota de Andras. —?Josh! — gritó con un tono aburrido.
A los pocos segundos, entró un soldado afroamericano, joven, recto como una viga, con un fólder repleto de papeles bajo el brazo. Los dejó sobre la mesa, sin decir una palabra.
—Thanks so much, Josh. Puedes irte ahora.
El soldado salió, dio media vuelta y se marchó.
—Esto es lo que nuestra inteligencia ha logrado reunir sobre los 3 de Coahuila y sus movimientos guerrilleros propios, así como sobre los varios movimientos revolucionarios con los que están colaborando. Esa agitadora por excelencia, Selenia, ha sabido esconderse, pero todo indica que esta por esta zona.
—No entiendo porqué perè le hace tanto caso a merè y siempre me arrastra a estas reuniones, si al final me deja tirada en una habitación —escupió Elisse mientras se dejaba caer en un sillón de terciopelo, cruzando las piernas con dramatismo.
—Sabes bien qué merè no le gusta cuidarte —le respondió Louis sin apartar la mirada del libro, su tono plano, como si respondiera en automático.
—Que fácil decirlo para ti, Cherie, que ya estás activo en el ejército. No entiendo porque el General Rodrigo me lo dice siempre, si ni siquiera puede darme una compa?ía como lleva meses prometiendo, tú viste como me elogió y hasta acogió en su casa cuando merè me echo por salvarte el pellejo en la academia militar. No entiendo porqué papá sigue haciéndole caso a las paranoias de merè de que unicamente debo casarme con alguien importante. —Elisse se apretó la cara —?Por qué me trata tan mal? —se descubrió los ojos y dejo caer los brazos en el mueble.
Louis sonrió, esa sonrisa burlona y resignada de alguien que cada viaje escuchaba la misma cantaleta y reproches, pero sí, tenía razón. Elisse siempre lo superaba en todo, Más, una mujer no sería la que cuidara la casa Aurelius. Al menos eso decía Antonio.
—Vaya capitana, je… parece que ya va siendo hora —Louis cerró el libro con elegancia. Se puso de pie y alisó su saco. —Recuerda ser una buena ni?a, ?eh? Sí todo sale bien, con suerte te casas con ese comandante —agregó con una risa suave. —No querrás enojar a père.
—No me importa casarme con alguno de esos ancianos, pero ?Por qué papá no me deja al menos elegir? —Desde que comenzó a tener recuerdos, siempre buscaba cómo agradar a sus padres por una razón que no entendía, pero al parecer lo único que le agradaba a ellos era que fuera una ni?a obediente. Y eso chocaba con su naturaleza de líder.
Cuando Louis había reprobado dos a?os seguidos, fue ella quien le salvó el pellejo. Su padre, desesperado por no perder el legado, no tuvo más remedio que pedirle ayuda a su hija y ella aceptó, pero con una condición: entrar en la misma escuela militar que su hermano.
Y no solo entró, se graduó con honores. Dirigió ejercicios, dominó tácticas, humilló a sus instructores con su precisión inclusó fue apadrinada y galardonada por uno de los mejores amigos de su padre y aún así, cuando fue el momento… Antonio la sacó. La mandó de regreso a casa en la ciudad de México, con un general llamado Rodrigo, el mejor amigo de su padre, al su madre no querer tenerla cerca desde que se convirtió en mujer por un motivo que no entendía.
Cenaban los cincos. En una mesa obscenamente larga, dise?ada para banquetes de treinta, se reunieron en apenas una esquina: Antonio, Louis, Elisse, el comandante. Al otro extremo, casi tragado por la sombra, el alcalde comía en silencio, con los codos pegados al cuerpo, incómodo, metiéndose el tenedor a la boca, sin saborear nada.
El comandante le hizo una se?a para que se acercara, sonriendo, pero Antonio le clavó una mirada fría y filosa como una bayoneta. El mensaje fue claro: ni se te ocurra moverte, escoria.
—?Oh my god! Antonio… —el comandante cortaba un trozo de carne roja y jugosa. —Me dijiste que tu hija se había vuelto linda, pero… fuck, esta muchacha se convirtió en un ángel.
Elisse fingió un sonrojo infantil. Bajo la mirada con modestia, luego le lanzó una de esas miradas por debajo de las pesta?as, como si fuera tímida.
—Es mi flor—Antonio con tono solemne, tomó la mano de su hija. Le apretó el dedo índice. Un código silencioso.
Desde peque?os, les ense?o una lengua muda con los dedos:
Indice: continúa
Medio: detente
Anular: niega
Me?ique: afirma
Pulgar: retírate ya.
Elisse tocó su copa con elegancia y habló.
—Un gusto volver a verlo, se?or comandante. Es un honor para mí que me vea así. Mi padre no deja de hablar maravillas de usted…
Sus ojos lo cazaron en un parpadeo.
La incomodidad de ser observado por alguien demasiado bella, demasiado joven… demasiado de todo no se hizo esperar.
—Well…—balbuceó mientras buscaba su copa. —Escuché que te graduaste en la academia militar. ?Tú? Wow… no tienes ni una cicatriz, ni una quemadura, tu piel está impecable. Uno pensaría que me están timando.
—Si mi se?or —Elisse tenía una voz lo más suave que pudo fingir. —La mejor de mi generación. Graduada honoris causa.
El comandante arqueó las cejas sorprendido. —Wey, Antonio. Rodrigo tenía razón: tienes un diamante en bruto aquí.
—Gracias —Antonio sonrió. —Me he asegurado de que mis hijos sean mi legado. Cuando yo no esté, espero lleven mi apellido más lejos que yo. —Por dentro, Antonio ardía. Le repugnaba oír esos modismos mexicanos en boca de un yankee y que alguien como él dijera “Wey” y además muy mal usado frente a su hija, pero sonrió.
El comandante se giró hacia Louis. —Macho, es un placer verte otra vez. No te veía desde que eras un… eh… ?chamaco? Sí, chamaco. Te ves fuerte.
—Gracias, se?or —respondió Louis, con una sonrisa de manual.
La cena se deslizó entre conversaciones políticas, estrategias diplomáticas, y carcajadas controladas. El vino corría, pero nadie bebía demasiado. Todo era apariencia.
En un momento, el comandante clavó la mirada en Elisse mientras cortaba su carne. Sonrisa ladeada. Ojos que decían mas de lo que debían.
—A propósito, Elisse. —Se limpiaba el borde del labio con la servilleta —?Alguna vez has pensado en casarte?
Elisse alzó la copa de vino con gracia. No bebió, bailó con la copa. La inclinó en sus labios carnosos con una sensualidad medida al milímetro. Y tras ese sorbo, sonrió.
—Por su puesto, se?or —respondió, segura. —Mi padre siempre dice que una mujer como yo… es una mujer que debe reservarse. Una joya para el hombre que traiga gloria al mundo.
La frase quedó flotando como incienso. Su rostro tenía ese aire de satisfacción de una mujer que se sabe deseada. El americano soltó una risita, encantado. Se inclinó un poco sobre la mesa, los ojos brillando.
—Cierto, cierto… pero… —hizo una pausa dramática. —Un peque?o pajarito en el alambre me comentó que alguna vez dijiste que estas reuniones te aburren mucho. ?No es verdad, se?or alcalde?
El alcalde se atragantó con el vino, literalmente.
Tomó su copa con manos temblorosas, bajó la cabeza y desapareció tras el cristal como un ni?o pillado robando galletas.
Elisse cambió su expresión con la precisión de una actriz de Shakespeare. Del sonrojo infantil a la reina diplomática. —En realidad, me encantan, se?or, pero, papá me ha ense?ado que el tiempo no se gasta. Se usa. Y yo no desperdicio nada.
El comandante soltó una carcajada, genuina. Se limpiaba los labios mientras negaba con la cabeza, encantado. —Cierto. Cierto, pero aún eres joven ?no crees, Antonio?
Antonio tomó la mano de Elisse, su gesto era suave, casi paternal, pero sus dedos buscaron el anular de su hija, y lo presionó apenas. él anular: negar.
—No seas tan duro con ellos, mon ami. Déjalos salir un poco, ver el mundo, ensuciarse. La vida no es solo deber y disciplina.
Antonio soltó una risa fingida. De cortesía y con un gui?o seco respondió —Supongo que tienes algo de razón, pero no hay mucho con que divertirse en un lugar como este. Además, mis muchachos tienen la última palabra.
Justo cuando Elisse se preparaba para negarse, como había sido instruida, el alcalde se levantó de golpe, con un carraspeo nervioso.
—?Hay un circo, se?or! —dijo apurado —viene desde los Estados Unidos. Está en la ciudad por estos días. Podría ser un buen sitio para… sus muchachos.
El comandante aplaudió con una sola mano contra la mesa, animado. —?Perfecto, Antonio! Y además es un show de mi país. Tienes que ver cómo lo hacemos a lo americano, ?eh? —Alzó el pu?o, casi como un ni?ato emocionado en navidad. — Si gustan, claro.
Elisse y Louis se miraron. No dijeron nada. Sabían bien el juego. No iban a dejar mal a su padre enfrente de un socio tan importante. Asintieron con una sonrisa falsa.
Entonces entraron las sirvientas con los postres. —Bueno, ahí está… mi parte favorita de estas reuniones —El comandante le gui?ó un ojo a las muchachas.
—Ey, que el postre más rico se lo den a la se?orita. Nunca sabes cuando será el último bocado. Je.
Una de las sirvientas, cabizbaja, colocó una baklava frente a Elisse. Miel, nuez, canela. Brillaba como un pedazo de oro dulce.
Elisse empezó a comer. Lento y delicado. Sus ojos no se apartaban del extranjero.
03/octubre/1992
La luna estaba clavada en lo más alto del cielo, como un farol. Toda la ciudad dormida bajo su resplandor. La hora más silenciosa de la noche. El cascabel de alguna serpiente sonaba a lo lejos.
—Radio fm… la última estación del día —murmuró la voz en la radio. Thiago, quien estaba en el asiento trasero, estiró la mano para apagar el aparato con un suspiro. Apoyó la frente contra la ventana. El cristal estaba helado. La estática todavía zumbaba. La sábana que lo cubría parecía más un trapo viejo que una manta. Estaba deshilachada, con olor a polvo, sudor y frío de callejón. Intentó dormir, pero no del todo. Se quedó atrapado en ese punto entre el sue?o y la vigilia. El frío sí que era duro.
Encima del auto, recostada entre sus mantas, estaba Miranda.
Envuelta como un regalo. La luna que iluminaba con suavidad su piel, se reflejaba en sus ojos.
—Hoy fui a una función… —susurró.
Tenía la voz aun con el azúcar del algodón en sus labios. —Creo que me la pasé bien. Fue divertido… Je —rio apenas. Su aliento salió en forma de vapor.
Entonces alzó la mano. Entre los dedos sostenía un anillo brillante dorado —Oh, sí. Mira, mira… ?Lo ves abuelita? Se parece a uno tuyo… —sus ojos brillaron. —Creo que el tuyo era una copia… pero se parecen tanto. Wow, cómo brilla….
Se quedó mirándolo con ternura. Lo giraba entre los dedos. Luego lo frotó con la punta de su manga, tratando de sacarle más luz. —Esto debe valer una fortuna, ?no crees? Tal vez me lo quede. Mira. —sacó otro anillo —Vienen en par.
La sonrisa se le fue borrando poco a poco. Volvió a mirar al cielo, pero esta vez sus ojos se nublaron.
Desde aquella noche… desde esa maldita noche… lo que pasó.
Había algo que so?aba muy a menudo. Una luna verde y una figura femenina. Miri dedujo que era Meredi.
Casi todas las noches subía al auto a ver si aparecía, pero no. Nunca volvía. Una brisa la hizo taparse rápido.
—Brr tengo que irme Avo, en la ma?ana iremos al circo, pero ya no a robar, solo a trabajar. Creo que tal vez, Thiago y yo podríamos quedarnos ahí ?no crees? Te imaginas Abuelita, yo, cirquera je. —una brisa mas fuerte la hizo taparse —Brbrbr que frio. Mándale mis saludos a mi papá. —Bajó del techo con movimientos lentos. Se deslizó al asiento trasero.
—No vayas a roncar, Thiago —susurró con una sonrisa peque?a, mirándolo.
—Brbrbrbrbr —fue lo único que dijo Thiago sintiendo la brisca del exterior cuando Miri abrió la puerta. —Cierra, ?quieres? Apenas se calentaba aquí. Miri. —Intentó cubrirse con más tela que no tenía.
Al cerrar. Miri se arropó con su manta y se abrazó a sí misma. Tardó varios minutos en silencio, esa noche su panza rugía pero no de hambre, sino por agruras de tanto azúcar.
Ambos temblaban demasiado, las sábanas eran en serio viejas y rasgadas. Ella se giró para mirar si se había dormido, y notó que él igual la miraba.
—?Sabes? Me divertí mucho en el circo. Fue divertido, sí.
—Sí, yo también.
Pasó un silencio un tanto incómodo, hasta que Thiago abrió la sabana para invitarla a abrazarse juntos.
Ella sonrió apenas tirándose sobre él. Se taparon y se miraron a los ojos sin pesta?ear, el corazón les latía con fuerza. Thiago respiro profundo viendo el ser angelical que tenia a su lado. Le sonrió acomodándole el pelo. Ella rio sintiendo sus manos frías.
—?Ya, je, estas helado! —se acomodo en su pecho mejor, poco a poco quedándose dormidos.

